La confrontación con Donato había trazado una línea de sangre en el suelo de la residencia Ktasaros. A partir de entonces, el fantasma de su padre dejó de ser una presencia externa para convertirse en una sombra permanente en los márgenes de la relación de Shiara y Leónidas. No se hablaba de él, pero su ausencia, su ruina, era un mueble más en cada habitación. Para Shiara, fue la ruptura final con la niña que había sido. Para Leónidas, pareció ser la confirmación definitiva de su triunfo, pero un triunfo que, curiosamente, no trajo la paz que quizás esperaba. En su lugar, había una intensificación de su atención hacia Shiara, una especie de fascinación posesiva que iba más allá del control contractual.
Dos semanas después, Leónidas anunció durante la cena un plato de venado con salsa de vino tinto que apenas probaron que habían sido invitados de honor a la inauguración de una nueva galería de arte en el distrito financiero. "Galería Espejo Roto", propiedad de un joven mecenas rumano con conexiones dudosas y un gusto por lo provocador.
—No es mi tipo de evento —dijo Shiara, empujando un trozo de carne en su plato.
—Es exactamente tu tipo de evento —replicó él, tomando un sorbo de vino—. El arte será confrontacional, político. Los invitados serán una mezcla de la élite cultural y los buitres financieros que quieren lavar su dinero o su conciencia. Es un campo de minas social perfecto para que la Sra. Ktasaros demuestre su temple. Además —añadió, con un destello en los ojos—, el mecenas, Viktor Dragan, me debe un favor. Quiero ver cómo maneja la presión.
Era otro test. Siempre había un test. Shiara asintió, resignada. La guerra tenía muchos frentes, y el social era uno en el que estaba aprendiendo a moverse con una gracia letal.
La noche de la inauguración, la "Galería Espejo Roto" era un cubo de hormigón y cristal iluminado con luces de neón verdes y púrpuras. En el interior, el arte era, en efecto, confrontacional: esculturas de chatarra que representaban el colapso financiero, pinturas abstractas con títulos como "Deuda Sanguínea" y "Fusión Tóxica", y una instalación central que era un laberinto de espejos distorsionados. El aire olía a pintura fresca, caro perfume y ambición descarada.
Shiara, en un vestido de seda color negro azabache con un escote pronunciado y un corte impecable, era un espectáculo por derecho propio. Llegó del brazo de Leónidas, que iba de esmoquin oscuro, su presencia imponiendo un silencio reverencial a su paso por las salas. Los susurros los seguían. "Los Ktasaros." "¿Has visto lo que le ha hecho a Rossi?" "Ella parece fría como el mármol..." "Dicen que la tiene loca..."
Viktor Dragan, un hombre delgado con pelo negro engominado y una sonrisa de tiburón, se abalanzó sobre ellos.
—¡Leónidas! ¡Un honor! —exclamó, estrechándole la mano con demasiada fuerza—. Y esta debe ser la famosa Sra. Ktasaros. Su belleza eclipsa incluso a mis obras más atrevidas. —Tomó la mano de Shiara y se la llevó a los labios en un gesto exagerado.
—El señor Dragan —dijo Shiara, retirando su mano con suavidad pero firmeza—. Su galería es… provocadora.
—¡Como debe ser el arte! —rió Viktor—. ¡Desafía, perturba, refleja las grietas de nuestro mundo! Como, me atrevo a decir, su propia… unión.
La insinuación era clara y burda. Leónidas no cambió su expresión, pero Shiara sintió cómo su brazo se tensaba ligeramente bajo su mano.