Matrimonio por Venganza

Capítulo 26

—El arte que perdura —dijo Leónidas, su voz serena pero cortante— suele nacer del conflicto, sí. Pero es el control sobre ese conflicto lo que separa el arte del simple caos. Algo que usted, Viktor, aún está aprendiendo, si sus últimos préstamos son una indicación.

La sonrisa de Viktor se congeló. El golpe, disfrazado de comentario mundano, había encontrado su blanco. Shiara esbozó una leve sonrisa. Leónidas siempre atacaba donde más dolía: el bolsillo.

—Bueno, disfruten de la noche —farfulló Viktor, retrocediendo—. La barra está abierta.

Mientras se alejaban, Shiara murmuró: —¿Era necesario?

—Siempre es necesario recordarles a los chacales quién es el león —respondió él, guiándola hacia la instalación de los espejos—. Y esta pieza me intriga.

El laberinto de espejos distorsionados era inquietante. Al entrar, sus reflejos se multiplicaban, se alargaban, se encogían, se partían. Era imposible ver una imagen clara de uno mismo. Solo fragmentos grotescos y cambiantes.

—¿Qué opinas? —preguntó Leónidas, observando cómo una versión de su cabeza se estiraba como un globo en un espejo cóncavo.

—Es honesto —dijo Shiara, viendo cómo su propio cuerpo se comprimía en otro—. Nadie nos ve como somos. Solo ven fragmentos, distorsiones. Lo que quieren ver. Lo que temen ver.

—¿Y tú? —preguntó él, volviéndose hacia su reflejo real, el único que no se deformaba, en el cristal plano que hacía de entrada—. ¿Qué ves cuando me miras?

Shiara lo miró directamente, ignorando los espejos. —Veo al hombre que arruinó a mi familia. Que me compró. Que me usa como moneda de pago y como campo de batalla. Veo un monstruo.

Él asintió, como si esperara esa respuesta. —¿Y nada más?

Ella hizo una pausa. El aire dentro del laberinto era más quieto, más privado. El bullicio de la galería era un murmullo lejano.

—Veo a alguien que no sabe estar solo —dijo finalmente, su voz más baja—. Que construyó una fortaleza para aislarse y ahora no soporta el silencio que hay dentro. Por eso me tienes aquí. No solo por la venganza. Por el ruido. Por la guerra. Porque prefieres mi odio a tu vacío.

Leónidas la miró fijamente, y en sus ojos grises pasó algo parecido a un relámpago de dolor, rápido y luego ahogado.

—Una percepción astuta —murmuró—. Y quizás cierta. Pero no cambia los hechos. Sigo siendo el monstruo.

—Lo sé —dijo ella—. Pero los monstruos también pueden ser… interesantes. Incluso, en sus propios términos, consistentes.

Se acercó a un espejo que los reflejaba a ambos, pero partidos por una grieta en el cristal. Sus imágenes estaban separadas por una línea negra.

—Esto es lo que somos —dijo, señalando el espejo roto—. Dos mitades de una imagen fracturada. Nunca podremos unirnos para formar algo completo. Algo sano. Pero podemos aprender a coexistir en la grieta. A incluso… apreciar la vista desde este lado roto.

Leónidas se colocó a su lado, mirando también el espejo partido. Sus hombros casi se tocaban.

—¿No anhelas algo… completo? —preguntó, y la pregunta sonó extrañamente vulnerable, saliendo de él.

—Lo completo es aburrido —replicó Shiara, con un atisbo de su antigua sonrisa, la que tenía antes de que el mundo se desmoronara—. Lo completo es estático. Esto… esto está vivo. Duele, sangra, es feo a veces… pero está vivo. Y es mío. Nuestro.

Él giró hacia ella, y en el espacio estrecho del laberinto, su proximidad era abrumadora.

—Eres la cosa más extraña y más valiosa que ha entrado en mi vida —confesó, su voz un susurro áspero—. Y a veces, cuando te miro, no sé si quiero estrangular la luz de tus ojos o… o protegerla de todo, incluso de mí mismo.

Shiara sintió que el corazón le daba un vuelco. No era una declaración de amor. Era algo más confuso, más profundo. Era el reconocimiento de una paradoja.

—Tal vez no tengas que elegir —susurró ella—. Tal vez puedas hacer ambas cosas.

Él bajó la mirada a sus labios. El aire entre ellos se cargó de la electricidad familiar, la tensión sexual que siempre estaba presente, pero ahora mezclada con esta nueva y peligrosa capa de entendimiento emocional.

Fue en ese momento cuando una voz melosa y venenosa cortó la intimidad del momento.

—¡Vaya, vaya! ¡Los recién casados, perdidos en un laberinto de espejos! Qué metáfora tan perfecta, ¿no creen?

Valentina Sterling emergió de detrás de un panel de espejos convexos, su figura esbelta y vestida de plateado destrozando los reflejos. Llevaba una sonrisa triunfal. A su lado, con una expresión de curiosidad maliciosa, estaba Henrik Voss, el ex director de la fundación Rossi, el hombre cuya debilidad financiera Shiara había usado para salvar sus guarderías.

—Valentina —dijo Leónidas, su voz recuperando al instante su frialdad de acero—. Henrik. Qué… coincidencia.

—¡El mundo del arte es tan pequeño! —exclamó Valentina, acercándose—. Y Viktor es un amigo tan querido. No podía perderme esto. Sobre todo sabiendo que ustedes dos, los amantes más… controvertidos de la ciudad, estarían aquí. —Su mirada azul se posó en Shiara—. Y tú, querida, luciendo tan… dueña de la situación. ¿Has aprendido ya a dormir sin soñar con las deudas de tu padre?




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