Matrimonio por Venganza

Capítulo 27

La victoria en la Galería Espejo Roto no fue un punto de inflexión alegre, sino el establecimiento de una nueva y más peligrosa normalidad. Shiara y Leónidas navegaban ahora por su matrimonio como dos capitánes de un mismo barco pirata, uno cuyo mástil estaba hecho de rencor y cuyas velas ondeaban con la brisa de una complicidad oscura. El respeto entre ellos era tangible, una corriente subterránea que alimentaba sus batallas y sus raras treguas. Las noches ya no eran sólo actos de posesión; eran negociaciones silenciosas, exploraciones de un territorio emocional tan minado como el financiero que los había unido.

Una mañana, mientras desayunaban en la terraza de la residencia con vistas a un mar inquietantemente calmado, Leónidas, hojeando el Financial Chronicle, dejó el periódico sobre la mesa con un gesto brusco.

—Tu padre —dijo, sin preámbulos—. Está en el hospital. Infarto leve. Parece que el estrés finalmente ha pasado factura.

Shiara dejó la taza de té. La noticia no la sorprendió, pero sí la golpeó con una frialdad física. Lo había desterrado de su vida, pero la sangre, como el odio, era un vínculo tenaz.

—¿Está grave?

—No. Estable. Ingresado en la suite privada del Sanatorio del Rosario, pagada por los últimos restos de un seguro médico corporativo que, irónicamente, mi holding aún no ha desmantelado. —La miró—. ¿Vas a ir?

Era una pregunta, no una orden. Otra novedad.

—¿Quieres que vaya? —contraatacó ella.

—No es lo que yo quiera. Es lo que tú necesites hacer. —Hizo una pausa—. Si vas, Luciano te acompañará. No por él. Por si acaso.

"Por si acaso" era un eufemismo para Valentina, para la prensa, para cualquier amenaza que pudiera acechar en la sombra de la debilidad de Donato. La protección de Leónidas era siempre una mezcla de posesión y pragmatismo.

—Iré —decidió Shiara—. No por él. Para cerrar un círculo.

El Sanatorio del Rosario era un edificio antiguo y silencioso, con pasillos de mármol desgastado y un olor a desinfectante y desesperanza disfrazada de lujo. La suite de Donato era espaciosa pero impersonal. Cuando Shiara entró, guiada por Luciano que se quedó como un centinela en la puerta, encontró a su padre sentado en una butaca junto a la ventana, mirando un patio interior estéril. Parecía haber encogido, como si el infarto le hubiera robado no solo salud, sino masa física. Al verla, sus ojos, apagados, se iluminaron débilmente.

—Shiara —murmuró—. No pensé… no pensé que vendrías.

—Tampoco yo —dijo ella, quedándose de pie en el centro de la habitación, sin acercarse—. ¿Cómo estás?

—Vivo —respondió, con un humor negro—. Aparentemente, ni eso puedo hacer bien del todo. El médico dice que fue una advertencia. Que debo reducir el estrés. —Soltó una risa seca y quebrada—. Como si eso fuera posible. Como si el hombre que me ha condenado a esta ruina fuera a permitírmelo.

Shiara no respondió a la provocación. —¿Necesitas algo?

—¿Necesito algo? —Donato la miró, y en sus ojos había una súplica antigua y patética—. ¿Necesito a mi hija? ¿Necesito mi honor? ¿Necesito no despertarme cada noche sudando frío, pensando en las facturas, en las deudas, en la cara de Aristides Ktasaros? Sí, Shiara. Necesito muchas cosas. Pero ya no las tengo. Gracias a ti. Gracias a él.

El rencor, incluso en su debilidad, seguía intacto. Shiara sintió un cansancio infinito.

—Yo no te arruiné, padre. Tú te arruinaste solo. Yo solo fui la moneda de cambio que elegiste usar.

—¡No tenía elección! —gritó, pero la fuerza le faltó, y el grito se convirtió en un jadeo—. Él… él lo planeó todo. Me acorraló. Era eso… o la calle para los dos.

—Y elegiste venderme a mí antes que ir a la calle conmigo —dijo Shiara, su voz tan fría como el mármol del suelo—. Esa es la elección que hiciste. Y esa es la elección que yo vivo cada día. Así que no vengas ahora, desde tu cama de hospital pagada por el hombre al que odias, a decirme que no tenías elección. La tuviste. Y la tomaste.

Donato cerró los ojos, una lágrima escapando por su mejía arrugada.

—Lo siento —susurró—. Dios mío, Shiara, lo siento. Por todo. Por tu madre… por Elena… por ti.

El nombre de Elena, aquí, en este contexto, hizo que Shiara se estremeciera.

—¿Qué sabes tú de Elena? —preguntó, su tono agudo—. Aparte de que la usaste y la destruiste.

Donato abrió los ojos. Había en ellos una extraña lucidez, la del hombre que ya no tiene nada que perder.

—La amé —confesó, la palabra saliendo como un suspiro roto—. De verdad. Antes de que todo se torciera. Antes de que el dinero, el poder, la envidia… Antes de que Aristides apareciera con sus ideas brillantes y su encanto maldito. Ella me eligió a mí, al principio. Pero él… él tenía algo. Una luz. Una pasión. Y se la llevó. —Su mirada se perdió en el vacío—. Lo que hice después… robarlo, arruinarlo… no fue solo por avaricia. Fue por rabia. Por celos. Porque ella, incluso casada conmigo, incluso teniendo a Shiara… nunca dejó de pensar en él. Nunca dejó de amarlo. Y yo no pude soportarlo.

Shiara sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Esta no era la historia del hombre de negocios despiadado. Era la historia de un hombre celoso, herido, que había convertido su dolor en veneno y lo había esparcido sobre dos familias.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.