Matrinomio Sin Eleccion

CAPITULO 1

El sonido de las olas siempre lograba calmar el ruido dentro de mi cabeza.

A veces imaginaba cómo sería mi vida si hubiera nacido en otra familia. Una normal. Una donde pudiera salir sin pedir permiso, donde no revisaran cada mensaje de mi celular o criticaran la ropa que uso. Una familia donde pudiera enamorarme sin sentir miedo.

Pero yo era Valeria Santillán.

Y en mi mundo nada era sencillo.

Desde pequeña aprendí que las personas como nosotros no vivían para ser felices; vivían para mantener las apariencias. Mi madre repetía constantemente que una mujer Santillán debía comportarse “correctamente”, casarse con alguien importante y jamás dar motivos para hablar mal de la familia.

Ni siquiera podía recordar la última vez que tomé una decisión completamente sola. Todo en mi vida estaba planeado: mis estudios, mis amistades, las fiestas a las que debía asistir e incluso la forma en que tenía que sonreír frente a los demás.

Por eso amaba tanto el mar.

Porque aquí nadie me observaba. Nadie esperaba perfección de mí. Aquí podía sentarme sobre la arena, abrazar mis piernas y fingir, aunque fuera por un momento, que era libre.

Solo faltaban unos meses para cumplir dieciocho años.

Y me aferraba desesperadamente a esa idea. Porque tal vez entonces podría escapar del control de mi familia. Tal vez podría irme lejos… con Gabriel.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios apenas pensé en él.

Gabriel Herrera era todo lo contrario a mi mundo. No tenía dinero, ni influencias, ni un apellido reconocido. Trabajaba largas horas en un restaurante cerca del puerto y aun así siempre encontraba tiempo para hacerme sentir especial. Con él no tenía que fingir ser perfecta.

Cerré los ojos dejando que la brisa moviera mi cabello, hasta que sentí unos brazos rodeándome por detrás.

Di un pequeño salto antes de sentir unos labios suaves sobre mi mejilla.

—¿Pensando en mí? —susurró divertido cerca de mi oído.

Sonreí inmediatamente.

—¡Gabriel!

Me volteé feliz y lo besé. Él acarició mi cintura mientras me observaba con esa mirada cálida que siempre lograba ponerme nerviosa.

—¿Por qué te demoraste tanto? —pregunté.

Gabriel se dejó caer a mi lado sobre la arena soltando un suspiro cansado.

—El restaurante estuvo lleno. El jefe quería todo perfecto porque llegaron unos empresarios importantes.

—¿Y cómo te está yendo ahí?

—Bien… cansado, pero bien —respondió sonriendo un poco—. Estoy aprendiendo bastante.

Lo observé orgullosa. Gabriel siempre encontraba la manera de seguir adelante incluso cuando las cosas se ponían difíciles.

Por unos segundos permanecimos en silencio mirando el mar. Hasta que él habló nuevamente, esta vez más serio.

—Valeria… he estado pensando algo.

—¿Qué cosa?

Gabriel tomó mi mano entre las suyas.

—Quiero hablar con tus padres.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué? No.

—Escúchame primero —dijo intentando tranquilizarme—. No quiero seguir escondiéndome como si lo nuestro estuviera mal. Te amo y quiero hacer las cosas bien.

Negué rápidamente con la cabeza.

—No entiendes cómo son ellos.

—Tal vez si hablo con respeto—

—¡No, Gabriel! —lo interrumpí nerviosa—. Tú no conoces a mi madre.

Él me miró confundido mientras yo sentía el miedo crecer dentro de mí.

—Para ellos tú nunca serías suficiente —susurré—. Les importa demasiado el dinero, las apariencias… el apellido.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Entonces tendrán que aceptarlo tarde o temprano.

Solté una pequeña risa amarga.

—No lo harán. Y si descubren lo nuestro harán todo lo posible para separarnos.

Gabriel rodeó mis hombros con su brazo mientras el cielo comenzaba a oscurecer. Las luces de la ciudad se encendían a lo lejos, brillando como estrellas falsas sobre los edificios.

Gabriel rodeó mis hombros con su brazo mientras el cielo comenzaba a teñirse de naranja. Las olas rompían suavemente frente a nosotros y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía olvidarme del resto del mundo.

—¿Sabes qué haría si nos fuéramos? —preguntó él de repente.

Lo miré curiosa.

—¿Qué cosa?

Gabriel sonrió un poco antes de acostarse sobre la arena, mirando el cielo.

—Buscaría un departamento pequeño cerca del mar. No algo elegante… solo nuestro.

Solté una pequeña risa.

—¿Y cómo pagarías eso, señor soñador?

—Trabajando el doble si es necesario.

Lo observé en silencio. Gabriel siempre hablaba del futuro como si realmente fuera posible. Como si escapar juntos no fuera una locura.

—Yo podría estudiar diseño de interiores —dije pensativa—. Siempre quise hacerlo, pero mi mamá dice que no es una carrera “adecuada”.

Gabriel giró el rostro hacia mí.

—¿Ves? Eso es exactamente lo que odio. Nunca te dejan decidir nada.

Suspiré abrazando mis piernas.

—Toda mi vida ha sido así. Mi madre planea hasta las cosas más pequeñas. A veces siento que ni siquiera sabe quién soy realmente.

Gabriel se incorporó lentamente y tomó mi mano.

—Entonces deja de vivir la vida que ella quiere y empieza a vivir la tuya.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

—Suena tan fácil cuando tú lo dices.

Él sonrió apenas.

—Porque contigo me imagino cualquier cosa, Vale.

Y seguimos hablando.

Del futuro. De viajes. De cómo sería despertar juntos sin escondernos.

Gabriel me contó que quería abrir algún día su propio restaurante y yo le prometí que sería la primera en probar cada plato horrible que cocinara mientras aprendía. Él bromeó diciendo que cocinaría tan bien que me volvería insoportable de lo enamorada que estaría.

Nos reímos durante horas. Tantas… que el tiempo simplemente desapareció.

Cuando mi celular comenzó a sonar dentro de mi bolso, ambos dimos un pequeño sobresalto. Saqué el teléfono distraídamente, pero en cuanto vi la pantalla sentí que la sangre se me iba del rostro.




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