Matrinomio Sin Eleccion

CAPITULO 2

Apenas entré a la mansión, una de las empleadas se acercó rápidamente hacia mí.

—Señorita Valeria, su madre la está buscando.

Claro que lo estaba.

Respiré hondo intentando prepararme mentalmente mientras le entregaba mi bolso. Varias empleadas caminaban apresuradas por toda la mansión acomodando flores, limpiando mesas y encendiendo las enormes lámparas del comedor principal. Dos sirvientes terminaban de colocar los cubiertos perfectamente alineados mientras otros llevaban bandejas con copas de cristal y botellas de vino de un lado a otro.

Toda la casa parecía moverse al ritmo de mi madre cuando organizaba una cena importante.

Todo tenía que verse impecable. Perfecto. Como si la familia Santillán jamás tuviera problemas.

A veces sentía que esa casa era como un teatro enorme donde todos actuaban ser felices mientras se destruían en silencio.

Caminé lentamente por el pasillo hasta escuchar la voz de mi madre.

—¿Finalmente decidiste aparecer?

Me detuve en seco.

Ella estaba de pie cerca de la entrada del comedor usando un vestido oscuro impecable. Su expresión parecía tranquila, pero yo conocía demasiado bien esa mirada fría. Eso significaba problemas.

—Mamá, yo…

—¿En dónde estabas? —preguntó entre dientes, aparentando calma, aunque parecía estar haciendo un enorme esfuerzo por no explotar frente a todos.

Tragué saliva intentando mantenerme tranquila.

—Con Isabella…

—¿Con Isabella? —repitió lentamente. Después sonrió apenas, una sonrisa fría que me hizo sentir incómoda al instante—. Qué raro… porque llamé a su casa y no estabas ahí, ¿verdad?

Sentí el corazón acelerarse.

Mi madre se acercó despacio hasta quedar frente a mí y comenzó a acariciar mi cabello suavemente, como si estuviera intentando tranquilizarme. Pero yo sabía perfectamente que eso nunca era una buena señal.

—No me gusta esto, Valeria —murmuró sin dejar de sonreír—. Sabes perfectamente que no puedes salir sin que yo lo sepa.

Apreté la mandíbula sintiendo la frustración subir poco a poco por mi pecho.

—Ya no soy una niña. Sé perfectamente cómo cuidarme.

La expresión de mi madre cambió de inmediato.

Sus dedos se aferraron con más fuerza a mi cabello y me jaló ligeramente hacia ella.

—Mira, Valeria —susurró cerca de mi rostro—, si me entero de que estás haciendo una estupidez, te va a ir muy mal. ¿Me escuchaste? Así que piensas lo que haces.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo, pero esta vez no bajé la mirada.

Estaba cansada de sentir miedo todo el tiempo.

—¿Sabes qué es lo que me alegra? —dije retándola finalmente—. Que pronto voy a cumplir dieciocho y ya no vas a poder mandar sobre mi vida.

Por un segundo sus ojos brillaron con algo parecido al enojo puro. Pero rápidamente volvió a sonreír como si nada.

—Yo no mando sobre tu vida, princesa —respondió acomodándome un mechón de cabello detrás de la oreja—. Solo me aseguro de que tomes las decisiones correctas.

Sentí ganas de reírme. Decisiones correctas. Claro. Las que ella quería.

—Sabes que no me gusta que me desobedezcas —continuó con voz suave—. Deberías aprender a ser un poco más como tu hermano. Él sí entiende cómo funciona esta familia.

Eso dolió más de lo que quería admitir.

Porque sin importar cuánto lo intentara, para mi madre nunca iba a ser suficiente.

—Y sobre tu mayoría de edad… —añadió finalmente soltándome el cabello mientras acomodaba su vestido con elegancia— créeme que las dos estamos esperando lo mismo.

La observé confundida por un instante, pero ella no explicó nada más.

—Muy bien. Olvidaré este… incidente. Ahora sube y cámbiate porque pareces cualquier cosa menos una Santillán.

Bajé la mirada sintiendo un nudo doloroso en la garganta.

Quería discutir. Quería decirle que estaba cansada de vivir bajo sus reglas. Que estaba cansada de sentirme prisionera en esa casa. Pero ya sabía cómo terminaban siempre las peleas con mi madre.

Así que solo asentí lentamente.

—Sí, mamá.

Y me di la vuelta para subir las escaleras mientras sentía su mirada clavada en mi espalda. Subí las escaleras lentamente sintiendo las piernas pesadas. Cada paso parecía más difícil que el anterior. Apenas entré a mi habitación cerré la puerta detrás de mí y apoyé la espalda contra ella soltando un suspiro tembloroso.

Por un momento solo me quedé ahí, en silencio, intentando contener el nudo que tenía atorado en la garganta. Odiaba sentirme así. Odiaba que mi madre siempre encontrara la manera de hacerme sentir pequeña. Miré hacia mi cama donde una de las empleadas ya había dejado el vestido vino que mi madre quería que usara. Perfectamente acomodado. Como si incluso mis decisiones ya estuvieran tomadas antes de que pudiera pensarlas. Me acerqué lentamente y tomé la tela entre mis manos. Era hermoso, claro. Ajustado, elegante y caro. Exactamente el tipo de vestido que una “Santillán” debía usar. Pero no se sentía mío. Entré al baño y me cambié en silencio. Después me maquillé frente al espejo como tantas veces me habían enseñado: discreta, elegante, perfecta. Finalmente comencé a peinar mi cabello intentando ignorar el vacío que sentía en el pecho.

Cuando terminé, me senté frente al gran espejo de mi habitación y me observé por unos segundos. La chica del reflejo se veía hermosa. Perfecta. Exactamente como mi madre quería. Entonces, ¿por qué me sentía tan triste? Mis ojos recorrieron lentamente mi maquillaje impecable, el vestido elegante, las joyas… y aun así sentía que no podía reconocerme del todo. Parecía una extraña usando mi rostro. Una versión de mí creada para agradar a todos menos a mí misma. Pensé en Gabriel inmediatamente. En cómo me miraba cuando estaba despeinada por el viento en la playa. Sin maquillaje. Sin vestidos caros.

Y por primera vez en toda la noche sentí ganas de llorar de verdad.

—Wow… casi no te reconozco.




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