Matrinomio Sin Eleccion

CA´PITULO 3

ADRIAN

El sonido constante del teclado era lo único que rompía el silencio de la oficina.

Eran casi las dos de la madrugada y aun así seguía sentado frente a la computadora revisando documentos que honestamente ya ni siquiera quería leer. Contratos. Números. Reuniones pendientes.

Toda mi vida parecía resumirse a eso últimamente.

Me aflojé la corbata con fastidio y me recargué contra la silla masajeándome lentamente el puente de la nariz. Necesitaba dormir. O dejar de pensar. Cualquiera de las dos servía.

La puerta de la oficina se abrió sin avisar y segundos después apareció Bruno sosteniendo dos vasos de café.

—Sabía que seguirías aquí.

Levanté apenas la mirada.

—¿Qué haces despierto?

—Podría preguntarte exactamente lo mismo.

Bruno dejó uno de los cafés sobre el escritorio antes de sentarse frente a mí.

Era mi mejor amigo desde la universidad y probablemente la única persona capaz de entrar a mi oficina a esa hora sin que lo sacara a golpes.

Tomé el café y bebí un poco mientras él observaba el desastre de papeles sobre mi escritorio.

—Definitivamente necesitas una vida.

Solté una pequeña risa seca.

—¿Y tú viniste hasta aquí a las dos de la mañana solo para decirme eso?

—No. Vine porque tu secretaria me llamó preocupada diciendo que llevas encerrado aquí desde la tarde sin comer.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Claudia habla demasiado.

—Y tú trabajas demasiado.

Rodé los ojos cansadamente.

—¿Ahora todos se pusieron de acuerdo para darme sermones?

Bruno sonrió divertido.

—No es un sermón. Solo digo que parece que intentas matarte trabajando.

Desvié la mirada hacia la ventana de la oficina. La ciudad seguía despierta allá abajo. A veces me preguntaba cuántas personas vivirían exactamente igual que yo.

Fingiendo que tenían todo bajo control cuando por dentro apenas podían mantenerse en pie.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Bruno recostándose mejor en la silla—. Que tienes literalmente todo lo que cualquiera podría querer y aun así pareces miserable.

Eso me hizo soltar una pequeña risa sin humor.

—Por favor tu solo te haces ideas en la cabeza

—Es verdad y lo sabes.

Guardé silencio. Porque discutirlo sería inútil.

Bruno me conocía demasiado bien.

—¿Qué pasa realmente contigo? —preguntó esta vez más serio—. Y no me respondas “nada”, porque llevas meses actuando extraño.

Apreté ligeramente la mandíbula. Ni siquiera yo sabía exactamente qué me pasaba. Solo sentía…cansancio. De las reuniones. De las apariencias. De mi familia intentando decidir cada paso de mi vida. De mí mismo, incluso.

—Creo que simplemente estoy aburrido de todo —admití finalmente.

Bruno levantó una ceja.

—Eso suena peligrosamente depresivo.

—No exageres.

—No exagero. Mira tu cara, Ferrer. Pareces un hombre divorciado de cincuenta años pagando pensión alimenticia.

Solté una pequeña carcajada pese a mí mismo.

—Eres un imbécil.

—Pero te hice reír.

Negué apenas con la cabeza mientras tomaba otro sorbo de café.

Bruno me observó unos segundos en silencio antes de hablar nuevamente.

—Necesitas que algo te saque de esta rutina.

—¿Cómo qué?

Él sonrió con diversión.

—No sé. Una pelea. Una locura. Una mujer problemática.

Solté una risa burlona.

—Exacto. Porque claramente eso mejoraría mi vida.

—Créeme… las personas más peligrosas siempre terminan cambiándonos la vida.

Lo miré apenas unos segundos antes de negar divertido.

—Hablas como si estuvieras en una telenovela.

—Y tú hablas como un anciano amargado.

Tomé uno de los papeles del escritorio y se lo lancé directamente. Bruno soltó una carcajada mientras lo atrapaba. Y por primera vez en varios días… sentí que podía respirar un poco mejor. Bruno soltó una carcajada mientras dejaba nuevamente el papel sobre el escritorio.

Y por primera vez en varios días… sentí que podía respirar un poco mejor.

—Mira, hasta volviste a parecer humano —bromeó él tomando su café.

—No te emociones. Solo estoy cansado de escucharte hablar.

—Claro, claro.

Negué divertido con la cabeza y volví la mirada hacia la computadora, pero antes de que pudiera responder otra cosa, la puerta de la oficina se abrió de golpe.

El sonido hizo que ambos levantáramos la vista inmediatamente. Mi madre entró usando un elegante abrigo oscuro y esos tacones imposibles que resonaban por toda la oficina.

—¿Otra vez, Adrián? En serio… —me recriminó apenas me vio—. ¿Acaso quieres pasar toda tu vida encerrado en el trabajo?

Abrí la boca para responder, pero en ese momento apareció mi padre detrás de ella acomodándose el saco.

—Cielo, por favor, no lo molestes —dijo intentando sonar tranquilo—. Debe estar muy estresado.

Mi madre giró inmediatamente hacia él.

—¡Claro que está estresado! ¿Cómo no va a estarlo si vive aquí encerrado? No sé en qué momento decidí permitir que dirigiera la empresa. Si hubiera sabido que terminaría así, jamás le habría dado tantas responsabilidades.Bruno tosió para disimular la risa y me miró con una expresión divertida que claramente decía: quiero ver cómo sales de esta.

Solté un suspiro cansado y me recargué contra la silla.

—En algún momento iba a heredar lo que me corresponde, eso no hubieras podido evitarlo —le recordé—. Además, mamá, estoy bien. No tienes por qué preocuparte. No es la primera vez que me quedo trabajando hasta tarde.

—¿Que no me preocupe? —repitió indignada—. ¿Cómo quieres que no me preocupe? ¡Soy tu madre, Adrián! Claro que voy a preocuparme cuando te veo acabar con tu vida aquí encerrado.




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