VALERIA
La cena transcurría “normal”… por así decirlo.
Mi madre hablaba todo el tiempo sobre apellidos importantes, negocios y el estatus de ciertas familias de la ciudad como si aquello fuera lo único realmente valioso en el mundo.
Mi padre intervenía de vez en cuando, más por educación que por verdadero interés.
Gael intentaba contener cualquier comentario imprudente que seguramente se le cruzaba por la cabeza cada cinco segundos.
Y yo…Yo simplemente hablaba cuando mi madre me dirigía la palabra.
Como siempre.
A veces me preguntaba cómo habría sido mi vida si hubiera nacido en otra familia.
Una normal.
Tal vez podría salir sin tener que avisar cada movimiento.
Vestirme como quisiera sin que alguien criticara mi apariencia.
Comer en la calle sin escuchar que “eso no era digno de una Santillán”.
Tal vez podría enamorarme de alguien sin sentir miedo.
Tal vez… podría ser feliz.
Pero la vida no siempre era justa.
Y algunas personas nacíamos dentro de jaulas tan bonitas que nadie notaba que seguían siendo jaulas.
Solté un pequeño suspiro intentando apartar esos pensamientos.
—¿Todo bien? —preguntó Sebastián observándome con curiosidad—. Pareces distraída.
Parpadeé rápidamente y levanté la vista. Entonces noté algo que me hizo tensarme de inmediato. Todos estaban mirándome. Mi madre especialmente. Y esa mirada fría en sus ojos era suficiente para advertirme que no hiciera nada “incorrecto”.
Me acomodé el cabello lentamente antes de volver a mirar a Sebastián.
—Sí… disculpa. Estoy un poco cansada. Hoy tuve clases hasta tarde.
Forcé una sonrisa suave.
—No quería parecer descortés ni incomodarte.
Incluso tomé su mano apenas unos segundos intentando actuar natural.
Sebastián sonrió satisfecho inmediatamente. Y mi madre también. Claro.
Porque para ella aquello seguramente parecía una escena perfecta.
—Disculpen a Valeria —intervino mi madre orgullosa mientras tomaba su copa—. Mi hija se esfuerza muchísimo con los estudios. Quiere seguir preparándose después de terminar la preparatoria.
La señora De la Vega levantó ligeramente las cejas interesada.
—Eso me alegra mucho escuchar. Hoy en día pocas jóvenes piensan realmente en su futuro. ¿Ya sabes qué te gustaría estudiar?
Abrí apenas la boca para responder.
—Administración de negocios —contestó mi madre antes que yo—. A Valeria le encantan los negocios. Estoy segura de que algún día dirigirá su propia empresa.
Bajé lentamente la mirada hacia mi plato intentando controlar el enojo que comenzó a apretarme el pecho. Ni siquiera me había dejado hablar. Otra vez.
Porque para Camila Santillán mi vida ya estaba escrita desde antes de que yo pudiera decidir algo por mí misma.
Y lo peor era que ni siquiera tenía fuerzas para enfrentarla.
A veces imaginaba decirle todo lo que sentía.
Gritarle que estaba cansada.
Que no quería esa vida.
Pero en el fondo sabía que nada cambiaría.
Ella seguiría controlándolo todo.
Y yo seguiría obedeciendo.
—Por cierto… —continuó mi madre sonriendo elegantemente— mañana es la gala benéfica de los Ferrer.
Sentí un mal presentimiento inmediatamente.
—Y a mi Valeria le encantaría asistir acompañando a Sebastián… si ustedes lo permiten, claro.
Mi corazón se detuvo un segundo.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Qué? Pero yo—
—Para mí sería un placer asistir con una dama tan hermosa —respondió Sebastián rápidamente sin dejarme terminar.
Mi madre sonrió satisfecha.
La señora De la Vega parecía encantada.
Incluso el señor De la Vega asintió complacido.
Como si acabaran de cerrar un negocio importante. Y quizá eso era exactamente lo que estaba pasando.
Sentí la garganta cerrarse lentamente.
—Mamá… yo no sabía nada de esto.
Intenté mantener la voz tranquila.
Pero mi madre me miró inmediatamente con esa sonrisa elegante que escondía una advertencia.
—Pensé que sería una linda sorpresa para ti, cariño.
Gael soltó una pequeña risa seca desde el otro lado de la mesa.
—Sí, porque a Valeria le encantan las sorpresas donde deciden por ella.
—Gael —advirtió mi madre entre dientes.
Pero él ni siquiera pareció intimidarse.
—¿Qué? Solo digo la verdad.
El ambiente se tensó apenas unos segundos.
Sebastián intentó romper la incomodidad acercándose un poco más a mí.
—No te preocupes. Estoy seguro de que la pasaremos bien.
Y aunque sonreía…
Algo en su tono sonó demasiado confiado. Como si ya estuviera seguro de que yo iba a aceptar.
Como si mi opinión realmente no importara. Apreté las manos debajo de la mesa intentando controlar la desesperación que comenzaba a crecer dentro de mí.
Y por primera vez en toda la noche…
Tuve ganas de levantarme e irme corriendo de ahí.
Una vez terminada la cena, donde Sebastián solo se dedicó a ponerme más nerviosa, por fin pude respirar tranquila.
Me dispuse a subir a mi cuarto, me cambié el vestido por mi pijama y me acosté en la cama con la intención de dormir y olvidarme de todo por unas horas.
Sin embargo, la tranquilidad duró muy poco.
La puerta de mi habitación se abrió y mi madre entró sin siquiera tocar. En sus manos llevaba un vestido vino largo que dejó cuidadosamente sobre la cama, como si fuera algo sagrado.
—Mañana te pondrás esto. Y deja el cabello suelto, hazte unas ondas, ¿sí? —dijo con ese tono autoritario que tanto odiaba.
Ni siquiera me dejó responder o preguntar algo. Ya estaba por salir cuando se detuvo de repente y volvió a girarse hacia mí.
—No, ¿sabes qué? Mejor llamaré a la estilista. Así quedarás mucho mejor. Y por cierto, mañana nada de desaparecer, ¿ok? Necesito que estés aquí para preparar todo.
Y con la misma rapidez con la que había entrado, salió de mi cuarto.