VALERIA
Miraba la entrada a cada rato, preguntándome qué tan fuerte sería mi castigo si me escapaba. Y sinceramente, como estaban las cosas, estaba dispuesta a soportar cualquier consecuencia.
Porque ya no aguantaba más a Sebastián.
No soportaba cómo me rozaba la cintura cada vez que alguien nos veía o cómo actuaba como si ya tuviera algún derecho sobre mí.
Era desesperante.
—¿Aburrida? —preguntó de repente con una sonrisa divertida mientras giraba lentamente la copa entre sus dedos.
Lo miré de reojo.
—Un poco.
—Al menos ahora sí dijiste la verdad.
Rodé los ojos, pero una pequeña risa escapó de mis labios.
—No eres tan interesante como crees.
—Eso dolió —respondió llevándose una mano al pecho dramáticamente.
Negué divertida y volví a mirar el salón lleno de personas falsas y conversaciones vacías.
—¿Por qué no vamos un rato al jardín? —propuso Sebastián inclinándose un poco hacia mí—. Ya me cansé de escuchar a gente presumir cosas que probablemente ni tienen.
Lo miré sorprendida.
—Wow… pensé que eras uno de ellos.
Sebastián sonrió de lado.
—A veces también me canso de fingir.
Dudé unos segundos antes de asentir.
—Está bien. Solo un rato.
Él se levantó inmediatamente y caminamos juntos hacia la salida mientras el resto seguía perdido en sus conversaciones superficiales.
El jardín estaba mucho más tranquilo.
Las luces pequeñas iluminaban los caminos de piedra y el sonido lejano de la música hacía que todo se sintiera extrañamente calmado.
Respiré profundo apenas salimos.
—Definitivamente necesitaba esto.
—Lo sé —dijo Sebastián mirándome—. Parecía que querías asesinar a alguien allá adentro.
Solté una pequeña risa.
—Tal vez sí.
Seguimos caminando lentamente entre los árboles decorados. Por primera vez en toda la noche, Sebastián parecía relajado y menos insoportable.
Incluso agradable.
Y eso me confundía un poco.
—¿Sabes? —dijo de repente—. Cuando sonríes de verdad te ves mucho más bonita.
Lo miré apenas.
—¿Siempre coqueteas así de mal?
—Nunca me había esforzado tanto con alguien.
Negué divertida aunque intentaba no demostrarlo demasiado.
Sebastián sonrió satisfecho al notar mi reacción.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué cosa?
—Tu sonrisa real.
Mi respiración se trabó un segundo cuando sus ojos se quedaron fijos en mí.
Había algo intenso en la forma en que me miraba.
Algo que empezaba a ponerme nerviosa.
Sebastián se detuvo lentamente y yo hice lo mismo.
—Valeria… —murmuró más serio—. Sé que probablemente esto no es la situación ideal y que nuestras familias complican todo pero… me gustas de verdad.
Parpadeé sorprendida.
No esperaba escuchar algo así.
—Sebastián…
Él soltó una pequeña risa.
—Sí, suena raro decirlo en voz alta. Pero eres diferente a todas las personas que conozco. Contigo no siento que tengo que aparentar todo el tiempo.
Bajé la mirada incómoda.
Porque por primera vez parecía sincero.
—No sé qué decir.
—No tienes que decir nada.
El silencio entre nosotros se volvió extraño. Mi corazón comenzó a acelerarse ligeramente cuando Sebastián dio un paso más hacia mí.
—Solo necesitaba que lo supieras.
Levanté la mirada lentamente y nuestros rostros quedaron demasiado cerca.
Debí alejarme.
Debí hacerlo.
Pero la confusión me dejó inmóvil unos segundos.
Y Sebastián interpretó mal ese silencio.
Porque al instante siguiente tomó suavemente mi rostro y me besó.
Mi mente quedó en blanco por la sorpresa.
Pero apenas reaccioné, lo aparté rápidamente empujándolo del pecho.
—¡¿Qué haces?! —exclamé alterada.
Sebastián abrió los ojos sorprendido.
—Valeria, yo pensé que—
—¡No! No pienses cosas que no son.
La mezcla de vergüenza, enojo y nervios hizo que el corazón me latiera con fuerza.
Él intentó acercarse otra vez.
—Perdón, es que tú también—
Y antes de que terminara la frase, le di una bofetada.
El sonido resonó seco en medio del jardín.
Sebastián quedó completamente quieto, mirándome sorprendido mientras se tocaba la mejilla.
Respiraba agitada por la rabia.
—No vuelvas a besarme sin preguntarme primero —dije furiosa—. Que haya sido amable contigo no significa que tengas derecho a hacer eso.
Su expresión cambió ligeramente, pasando de sorprendido a irritado.
—Solo intenté—
—No me importa lo que intentaste. —Lo interrumpí sintiendo la rabia quemándome el pecho—. Se acabó. No quiero saber nada de ti.
Me di la vuelta dispuesta a regresar al salón antes de que alguien notara mi ausencia, pero la voz de Sebastián me detuvo inmediatamente.
—Eso no va a poder pasar.
Su tono tranquilo y arrogante hizo que me congelara.
Giré lentamente para encararlo.
—¿Perdón?
Sebastián metió las manos en los bolsillos observándome con una calma que comenzó a darme miedo.
—Tú y yo ya estamos comprometidos, Valeria. Así que más vale que te vayas acostumbrando a la idea de que vamos a estar juntos toda la vida.
Sentí como si me hubieran golpeado en el estómago.
Lo miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—Tú… ¿de verdad enloqueciste?
Sebastián soltó una pequeña risa.
—No.
Se acercó un poco más a mí.
—Tu madre fue quien arregló todo esto.
Y entonces… todo encajó.
Las palabras de mi madre durante semanas.
"Esta noche depende de muchas cosas."
"Yo también estoy esperando a que cumplas dieciocho."
La insistencia con Sebastián.
La cena.
Las sonrisas falsas.
La forma en que me observaba como si ya le perteneciera.
Mi respiración comenzó a temblar.
No.
No podía ser verdad.
Mi propia madre…
Mi propia madre me había entregado como si fuera parte de un acuerdo.