Matrinomio Sin Eleccion

CAPITULO 8

ADRIÁN

A pesar de intentar concentrarme en cualquier otra cosa y seguir soportando la gala tranquilamente… mi vista siempre volvía a ella. No importaba cuánto intentara dejar de mirarla. Desde el instante en que la vi, algo en mí parecía buscarla automáticamente entre toda la gente. Observaba cada pequeño gesto suyo.

La forma en que acomodaba el cabello detrás de su oreja cuando estaba incómoda.
Cómo jugaba distraídamente con sus dedos debajo de la mesa.
Cómo fingía sonreír mientras claramente quería estar en cualquier otro lugar menos ahí. Y mientras más la miraba… más difícil se volvía apartar los ojos. Parecía incómoda junto al idiota con el que estaba sentada.

Y se notaba demasiado. Él intentaba acercarse todo el tiempo. Hablarle demasiado cerca.
Tocarla cada vez que podía. Y curiosamente… eso comenzaba a irritarme más de lo normal. Nunca imaginé querer estar en el lugar de otro hombre. Jamás.

Pero en ese momento deseé ser yo quien estuviera sentado a su lado. Yo quien pudiera hacerla sonreír de verdad. Lo cual era absurdo considerando que ni siquiera sabía su nombre. Aun así, había algo que no entendía. Si ese tipo claramente le desagradaba… entonces ¿por qué lo soportaba? ¿Qué tenía él para que ella pareciera obligada a quedarse ahí?

—Toda la gala has estado igual.

La voz burlona de Alexa me sacó de mis pensamientos. La miré apenas un segundo antes de volver la vista hacia ella otra vez. Mi hermana soltó una risa divertida.

—Es increíble. Una mujer logró en diez minutos lo que muchas intentaron hacer durante años.

Rodé los ojos.

—Yo nunca pedí que lo intentaran. Eso es problema de ellas.

Tomé otro trago de whisky.

—Y mejor ve a molestar a alguno de tus pretendientes.

Alexa se acomodó el cabello exageradamente divertido.

—Lo haría… pero sinceramente es mucho más entretenido verte obsesionado con una desconocida.

Fruncí ligeramente el ceño.

—No estoy obsesionado.

—Claro. Y yo soy monja.

Ignoré su comentario. Pero ella siguió hablando.

—Pobre chica. No tiene idea de lo que le espera. Casi me da lástima.

Sonreí apenas divertido sin apartar la mirada de la mesa principal.

—Exageras demasiado.

—No. Te conozco perfectamente, Adrián Ferrer. Cuando algo te interesa así… te vuelves insoportable.

No respondí. Porque honestamente… ni yo entendía qué me estaba pasando. Solo sabía que no podía dejar de mirarla. Y eso era nuevo para mí. Mi madre apareció en ese momento tomada del brazo de mi padre.

—Ahí están. Los estaba buscando para presentarlos con unos amigos.

Alexa sonrió inmediatamente con malicia.

—Ya no es necesario, mamá. Ya lograste lo que querías.

—¿Qué? —mi madre abrió los ojos confundida—. ¿De qué hablan?

Mi hermana señaló discretamente hacia la mesa principal antes de que pudiera detenerla.

—Lleva toda la gala mirando a esa chica como un idiota. Creo que se enamoró.

—No estoy enamorado.

—Todavía ni la conoces y ya pareces un psicópata observándola desde lejos. Eso cuenta como algo.

Mi madre soltó una pequeña risa antes de seguir la dirección que señalaba Alexa. Y entonces la vio. Primero observó a la chica. Después a la mujer elegante sentada junto a ella. Y finalmente al hombre que ocupaba el asiento a su lado. La sonrisa desapareció lentamente de su rostro. Como si acabara de reconocer algo que no esperaba encontrar allí. Algo desagradable. Algo que la sorprendió. Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Mamá?

Ella no respondió. Seguía mirando. Analizando. Su expresión había cambiado por completo. Incluso mi padre lo notó.

—Cariño, ¿te encuentras bien?

Mi madre parpadeó varias veces antes de apartar la vista.

—Sí... sí, claro.

—No pareces muy convencida.

—Solo me mareé un poco. Nada más.

La observé con atención. Mentía. La conocía demasiado bien. Mi madre jamás se mareaba. Y mucho menos en un evento. Alexa también pareció darse cuenta.

—¿Los conoces, no? —fui directo al punto.

Mi madre no contestó. Y ese silencio confirmó más de lo que cualquier respuesta habría podido hacerlo. Vi cómo apartaba la mirada. Cómo evitaba observarme. Cómo fingía acomodar una pulsera que ya estaba perfectamente acomodada. Finalmente suspiró.

—Me parecieron conocidos, pero no son quienes pensé.

La observé fijamente.

—Tu cara decía otra cosa.

Mi padre tensó ligeramente la mandíbula. Y noté cómo sostuvo el brazo de mi madre con un poco más de fuerza, sin lastimarla, pero dejando claro que quería terminar aquella conversación.

—Mejor vamos a que te revisen —dijo él intentando sonar tranquilo—. No es normal que te encuentres así.

—Estoy bien.

—No lo parece.

—Papá...

—Elena, basta.

Fruncí el ceño.

—Están evitando el tema. ¿Por qué?

Ninguno respondió. Lo cual solo hizo que mis sospechas aumentaran. Volví a mirar hacia la mesa principal. Y entonces ocurrió. La chica sonrió. Le sonrió al hombre que estaba sentado a su lado. Me quedé inmóvil. ¿Qué? Fruncí el ceño inmediatamente. No tenía sentido. Hace apenas unos minutos parecía incómoda. Parecía querer escapar. Entonces, ¿por qué le sonreía? Intenté convencerme de que estaba exagerando. De que no significaba nada. Pero algo dentro de mí se tensó igual. Después él se inclinó hacia ella.Demasiado cerca.Le susurró algo al oído. La chica miró alrededor unos segundos. Como si estuviera comprobando algo. Y luego asintió. Entonces él tomó su mano. Sentí una punzada absurda de irritación.Apreté la copa con más fuerza.

¿Qué demonios me pasaba? Ni siquiera conocía su nombre. No sabía nada de ella. Y aun así me molestó. Mucho. Los observé levantarse de la mesa. Ella caminó junto a él. Él seguía sujetando su mano. Algo no encajaba. No sabía qué era. Pero algo estaba mal. La sonrisa. Su mirada. La rigidez de sus hombros. Todo parecía forzado.Como si estuviera interpretando un papel.




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