La mansión dormía entre los abetos como un secreto demasiado antiguo para ser contado. Se alzaba en el corazón de un valle noruego, allí donde el viento del norte siempre soplaba cargado de sal y de una fragancia mineral, casi eléctrica, como si el aire recordara las tormentas de siglos atrás. Las torres góticas rasgaban el cielo gris con la sobria seguridad de lo imperecedero, envueltas en una hiedra gruesa que parecía aferrarse a la piedra más por costumbre que por afecto.
Para Máxima, aquello era simplemente su casa. O lo más parecido a un hogar que alguien como ella podía permitirse.
Estaba sentada en el jardín trasero. Su silla de hierro forjado conservaba un cojín de terciopelo escarlata, tan gastado en los bordes que ya no recordaba cuándo había comenzado a deshilacharse; quizás en el siglo dieciséis, quizás antes. El tiempo era para ella una corriente lenta y sin orillas; aprender a no contarlo había sido su única manera de sobrevivir.
Su cabello negro caía sobre los hombros en rizos suaves que siempre escapaban hacia los lados con una voluntad propia que Máxima, en sus momentos más honestos, encontraba simpática. Tenía la piel pálida de una magnolia y una postura erguida, esculpida por el frío, que no traicionaba ni uno de los setecientos años que habitaban detrás de sus ojos. Solo en su mirada vivía el paso del tiempo.
El té de jazmín humeaba entre sus dedos, despidiendo un aroma antiguo. Mientras esperaba el desayuno, disfrutaba de la quietud del jardín, que olía a tierra húmeda y resina. Sin embargo, Máxima conocía bien esa clase de silencio absoluto: no era paz, sino el preludio de algo. La naturaleza nunca callaba sin razón.
Un crujido leve y torpe provino del seto oriental.
Máxima no giró la cabeza. Levantó la taza hacia sus labios con su parsimonia habitual.
—¿Interrumpirán mi desayuno hoy? —murmuró para sí misma, con la fastidiada distracción de quien nota una mosca en la ventana.
Del seto brotó una criatura con un salto que pretendía ser letal y resultó ridículo. Era un duende de apenas un metro veinte, de piel verde y enfermiza como una hoja muerta de noviembre. Sus orejas eran largas y arqueadas, y sus ojos brillaban con una furia construida puramente sobre el miedo.
En la mano derecha blandía una daga curva.
Máxima la vio relucir bajo la pálida luz del sol y la reconoció de inmediato: una hoja de sombras, forjada en los hornos de algún rencor antiguo. La magia negra que la recubría apestaba a ceniza fría. Era una combinación predecible y desagradable, digna de los villanos de las óperas baratas que había visto en Viena hacía doscientos años.
—¡Muere, bruja! —chilló el duende, haciendo temblar los pétalos de las rosas tardías.
Cuando se lanzó sobre ella, Máxima alzó la mano con la elegancia de quien lleva siglos sabiendo exactamente de cuánto tiempo dispone. El contacto entre los dedos de la bruja y la piel verdosa del duende duró apenas una fracción de segundo.
Fue suficiente.
El entorno se desdibujó. Máxima no caía en las visiones; las visiones la atravesaban como agua helada colándose por las grietas de sus huesos. Vio un bosque lejano atrapado en un incendio voraz. El mismo duende estaba en el centro, acorralado por llamas que lo reducían a cenizas en un instante. Su rostro colérico se deformaba bajo el calor hasta volverse irreconocible. Lo vio morir de una manera pequeña, trágica y sin testigos, en un rincón del mundo que ni siquiera figuraba en los mapas.
Parpadeó y el jardín regresó. El té seguía humeando y las rosas aún temblaban.
La daga estaba a tres centímetros de su cuello cuando una sombra cruzó el jardín. Karlos apareció desde el umbral sin hacer el menor ruido, a pesar de su imponente estatura. Se movía con la fluidez de un depredador entrenado no para parecer peligroso, sino para serlo. Su piel, oscura como el ébano pulido, contrastaba con la rapidez de sus manos, que atraparon al duende en el aire.
Un solo movimiento seco y un crujido definitivo pusieron fin a la agresión.
El cuerpo cayó sobre la hierba. Karlos ni siquiera jadeaba. Se inclinó con su formalidad habitual, como si acabara de recoger un objeto caído de la mesa.
—¿Está bien, señora?
Máxima contempló el cuerpo inmóvil antes de volver a mirar su taza.
—¿Qué opinas, Karlos? ¿Me he movido siquiera?
Él no sonrió; ambos conocían ese guion de memoria. En su lugar, sacó de su bolsillo una servilleta de lino perfectamente doblada y se la ofreció. Había una pequeña mancha de sangre en el dobladillo del vestido de la bruja. Ella la aceptó con la expresión contrariada de quien ha estropeado una prenda querida.
—Muy profesional —murmuró—. Pero esto no fue un azar, Karlos. Un duende con una daga de sombras no aparece de la nada. Alguien lo envió. Alguien que conoce mis rutinas.
—Puedo interrogarlo —sugirió Karlos, mirando el cuerpo—. Aún respira. Apenas.
—Déjalo —Máxima se puso de pie, y el aire pareció asentarse a su alrededor, reconociendo a su dueña—. No necesito preguntarle nada. Ya sé cómo muere.
Karlos la miró, formulando una pregunta silenciosa con la mirada.
—Sí, lo toqué —respondió ella, doblando la servilleta—. Su final es una muerte absurda en un bosque sin nombre. No vale el tiempo que nos tomaría el interrogatorio. ¿Puedes hacer desaparecer esto antes de que llegue el transporte?
—Por supuesto. Y evitaré que Veruzka lo vea, por si llega temprano.
Poco después, el helicóptero privado sobrevolaba la costa noruega hacia el aeródromo metropolitano. Desde la ventanilla, Máxima observaba el paisaje urbano con la indiferencia de quien ha visto nacer y morir demasiadas civilizaciones. Sin embargo, la forma en que las luces de la ciudad comenzaban a encenderse bajo el crepúsculo le resultaba, todavía, extrañamente hermosa.
La Torre Thörvald recortó el horizonte: un coloso de cristal negro de ciento diez pisos que se alzaba hacia las nubes. Ella misma la había mandado a construir cuarenta años atrás, cuando los críticos aún discutían si el proyecto era arquitectura o una provocación. Ambas cosas, reafirmó en su mente mientras el helicóptero tomaba tierra en el helipuerto de la azotea.
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Editado: 25.04.2026