La torre respiraba. No era una metáfora; Máxima lo sentía en la planta de los pies y en la base de la columna, allí donde el cuerpo termina y comienza lo intangible. Un zumbido grave y sordo ascendía por los cimientos del edificio como sangre envenenada por las venas de un gigante. La Torre Thörvald —su torre, negra, cristalina y erigida como una oración pagana— vibraba con el pulso irregular de algo que había despertado sin permiso.
Máxima permanecía frente al ventanal del último piso. Oslo ardía abajo. No solo con el fuego de los incendios, sino con un caos denso que olía a metal caliente, pánico colectivo, cristal roto y al almizcle salvaje de bestias ausentes en cualquier bestiario humano. Desde las alturas, las criaturas parecían insectos, pero Máxima sabía que la distancia era una ilusión piadosa: las veía trepar por la fachada de cristal con garras curvas, abriéndose camino hacia arriba con la paciencia hambrienta de lo que no necesita apresurarse porque sabe que llegará. Eran decenas, tal vez más de un centenar.
—¿Qué clase de maldito apocalipsis es este? —murmuró Karlos.
Estaba a su izquierda, con la escopeta entre las manos y los ojos fijos en la puerta, calculando en silencio las distancias, las criaturas en el pasillo y los disparos antes de necesitar recargar. Su voz no temblaba, pero Máxima lo conocía lo suficiente para detectar la genuina preocupación oculta bajo su entereza.
A su vez, Veruzka se mantenía pegada a la pared, con el bolso apretado contra el pecho como si el cuero y el metal del cierre pudieran detener lo que acechaba al otro lado. Su respiración y sus ojos se movían con un ritmo frenético.
Máxima cerró los ojos, no para buscar calma, sino para ver. Con la mirada interna, el edificio se desplegó ante ella como una partitura: cada planta, cada corredor, cada cuerpo con latido y cada silueta inerte. Percibió la sangre derramada en el vestíbulo como una mancha cálida en su mente, los gritos de los empleados antes de que el sonido físico alcanzara el piso y el pulso errático de los invasores; un eco sucio y ancestral de vidas que ya deberían haberse apagado.
Abrió los ojos.
—No podemos bajar por los ascensores normales —sentenció con esa calma suya que, más que reconfortar, imponía autoridad.
—¿Las escaleras? —preguntó Veruzka.
Karlos, que ya examinaba los monitores de seguridad, apretó la mandíbula.
—Están llenas. No hay forma segura de descender, a menos que...
—A menos que usemos mi montacargas —concluyó Máxima. Hubo en su tono un matiz de fría satisfacción, la de quien diseñó la estructura anticipando una noche como esta hacía décadas.
La sala de archivos del piso ciento cuatro guardaba el olor a papel viejo y a la magia estática que se acumula en los espacios relegados. Máxima avanzó hacia la pared norte con la certeza de quien recorre un camino mil veces visitado en sueños. Posó dos dedos sobre un punto exacto del revestimiento. Sin conjuros ni ademanes dramáticos, el simple contacto de su piel con la piedra fría liberó un aroma a ozono, ceniza y flores antiguas.
La pared se deshizo como niebla ante el sol, revelando una cámara metálica de bordes oscuros y cubierta de runas grabadas a mano que emitían un leve fulgor.
Veruzka ahogó una exclamación, abriendo y cerrando la boca sin saber qué decir.
—¿Qué es esto? —susurró finalmente.
Máxima no respondió. La mirada de la joven denotaba una curiosidad demasiado afilada y calculadora para ser mero asombro, un recordatorio de que aquella mujer también ocultaba sus propios secretos. Todos guardamos algo, pensó la bruja, la diferencia es saber si somos conscientes de ello.
Los tres entraron en la cámara y las puertas se cerraron con el sutil deslizamiento de un mecanismo encantado. El montacargas comenzó a bajar con una fluidez que desafiaba la gravedad, como si descendiera a través de agua y no de acero. Las runas de las paredes pulsaban en secuencias lentas, parecidas a párpados. El aire en el interior se tornó gélido, impregnado de una magia de emergencia que despertaba tras siglos de letargo. La magia lo sabía antes que ellos; siempre lo sabía.
Máxima sostenía la pistola hechizada con la mano derecha. Sus músculos se mantenían en ese estado de alerta instintiva que el cuerpo aprende tras setecientos años, donde la acción y la decisión se fusionan en un solo movimiento.
Los rugidos llegaban apagados y distantes a través del metal. Tras un leve aviso sonoro, las puertas se abrieron y el caos del vestíbulo los recibió.
Aquella mañana, la recepción de la Torre Thörvald era un espacio de mármol pulido y líneas precisas, diseñado para proyectar poder a través de la austeridad. Ahora era una ruina. El cristal yacía esparcido en fragmentos que reflejaban las llamas y los muebles habían sido destrozados contra las columnas con una fuerza sobrehumana. El humo negro que brotaba de la recepción apestaba a madera quemada, azufre y muerte. Algunos empleados sobrevivientes corrían entre los pilares con el pánico de quienes descubren, demasiado tarde, que el mundo oculta horrores que nadie les enseñó.
Y en medio de todo, las criaturas. Tenían la piel negra como el carbón mojado, huesos que asomaban en ángulos imposibles y garras curvas semejantes a guadañas. Sus colmillos destilaban una baba espesa e iridiscente que corroía el mármol al caer. Se movían con una agilidad atroz, ajenas a cualquier atisbo de misericordia.
Máxima las identificó de inmediato.
—Demonios menores —murmuró, frunciendo el ceño—. Pero de linaje antiguo. Esto no es una invocación reciente.
—No han venido por azar —añadió Karlos.
El primer disparo de su escopeta destrozó la cabeza de un demonio que se lanzaba sobre una mujer paralizada junto a los torniquetes. La criatura estalló en una lluvia de ceniza y fragmentos óseos con olor a azufre. Mientras la mujer caía de rodillas, Karlos ya apuntaba al siguiente objetivo.
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Editado: 25.04.2026