Maxima

La Piel Azul de los Dioses

El silencio de la cabaña no era el silencio del descanso.

Era el silencio de las cosas que contienen demasiado como el instante antes de que una presa ceda, cuando el agua ya está empujando pero la grieta todavía no ha encontrado su camino. Las lámparas pulsaban con esa luz amarilla y cálida que olía a cera vieja y a magia acumulada durante décadas, y los símbolos en las paredes respiraban con una cadencia lenta, como si el refugio mismo estuviera escuchando.

Karlos había apoyado la escopeta encantada sobre la mesa sin soltarla del todo. Sus manos descansaban cerca del arma con la naturalidad de quien ha vivido tanto tiempo en el umbral de la violencia que ya no distingue entre estar en guardia y estar en paz.

Veruzka no se había movido de su esquina. Sus ojos iban del hombre en la cama a Máxima y de Máxima al hombre, con el movimiento metódico e involuntario de alguien que busca en los rostros de otros una confirmación de que lo que está viendo es real.

No la encontraba.

Máxima estaba sentada en la silla frente a la cama, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas, y miraba al hombre, con la concentración intensa y tranquila de quien lleva setecientos años aprendiendo que las preguntas importantes merecen tiempo antes de hacerse.

No había parpadeado en varios minutos.

El sello en el pecho del hombre pulsaba en azul, lento, como un faro muy lejano.

—Dijiste murmuró Máxima, y su voz era baja, del tipo que se usa cuando se quiere que las palabras aterricen con precisión en lugar de llenarlo todo que eras lo que quedó de un mundo antiguo. Hizo una pausa. Necesito que eso signifique algo concreto.

El hombre el cuerpo que sostenía lo que fuera que estaba mirándola desde adentro inclinó la cabeza levemente. No como alguien que piensa. Como alguien que escoge.

—Mi nombre humano es Silva dijo. Lo que ves es su carne. Su alma duerme. Yo la habito, una pausa, y en ese espacio la voz tomó una textura diferente, más vieja, como si dos frecuencias distintas compartieran el mismo canal como un huésped en una celda.

Máxima entrecerró los ojos.

—¿Una celda?

—Sí. Porque este cuerpo no me contiene. Los ojos del hombre los ojos de Silva, los ojos de lo que habitaba a Silva encontraron los de Máxima con una directitud que no era agresiva sino absolutamente inevitable, como la gravedad. Me limita. Me aprisiona en una forma que no es la mía, en una escala que no corresponde a lo que soy.

El aire de la cabaña cambió en ese momento.

No de temperatura. No de olor. Cambió en algo más difícil de nombrar: como si la densidad del espacio se ajustara levemente, como si la realidad se apretara un poco más alrededor de lo que estaba a punto de decirse.

—Soy Shiva dijo la voz que usaba la boca de Silva.

Y el nombre no fue solo un nombre. Fue una vibración. Algo en las paredes de la cabaña en los símbolos bordados y grabados y pintados, en la madera que había absorbido décadas de magia respondió con un pulso único, breve, como si reconociera algo que llevaba mucho tiempo esperando escuchar.

—El destructor continuó. El danzante del final. El portador del caos que da paso a la renovación. Ninguna de esas palabras sonó grandilocuente. Sonaron factuales. El tipo de hechos que no necesitan énfasis porque son demasiado grandes para que el énfasis les añada algo. Fui encerrado en este cuerpo por aquellos que temían que mi despertar hiciera colapsar la ilusión que ustedes llaman realidad.

Karlos no dijo nada. Pero Máxima vio cómo sus manos, sobre la mesa, se cerraban un centímetro más alrededor de la escopeta. No por violencia. Por el instinto de asirse a algo concreto cuando todo lo demás se vuelve demasiado abstracto.

—¿Y los demonios que te atacaban? preguntó Karlos. Su voz era plana, profesional, del tipo que usa cuando decide que no tiene tiempo de procesar el asombro y simplemente lo archiva.

—Quieren capturarme antes de que despierte por completo dijo la voz de Shiva en la boca de Silva. Si lo logran, harán de mí un arma. Utilizarán lo que soy contra todo lo que existe. —Una pausa. Contra ustedes. Contra este mundo. Contra cualquier cosa que no sea ellos.

Máxima se recostó levemente en la silla. No por relajación sino por ese movimiento específico que ella hacía cuando estaba recalibrando: reorganizando los datos que tenía, descartando los que no servían, buscando el ángulo desde el que las cosas adquirían la forma más honesta.

—¿Y por qué no me dejaste morir en el vestíbulo? preguntó. Habrías sido más fácil de mover sin testigos.

Silencio.

Y luego Silva sonrió.

No con la sonrisa de antes esa sonrisa antigua y condescendiente y levemente terrible. Esta era diferente. Tenía ternura. El tipo de ternura que solo existe en las cosas muy viejas que han sobrevivido lo suficiente como para aprender que el afecto es más duradero que el poder.

—Porque tú eres parte del equilibrio dijo. Porque hay una balanza que lleva mucho tiempo inclinada, y tú eres uno de los pocos contrapesos que quedan. Hizo una pausa, y en esa pausa vivió algo que Máxima no supo descifrar de inmediato. Y porque Gaapel aún te recuerda.

El nombre cayó en el silencio de la cabaña como una piedra en agua quieta.

Las ondas se extendieron.

Karlos alzó la cabeza despacio. Veruzka, en su esquina, llevó la mano a la boca sin hacer el gesto del todo consciente. Y Máxima. Máxima, que llevaba setecientos años sin que nada le cambiara la expresión sin que ella lo decidiera dejó escapar algo.

Una sonrisa.

Lenta. Profunda. Cargada con el peso específico de las cosas que se han llevado mucho tiempo sin decirse. No era una sonrisa feliz. Era la sonrisa de alguien que reconoce un nombre que pensaba haber enterrado en un lugar sin señales, y descubre que el nombre no se dejó enterrar.

—Gaapel —susurró.

Y en su boca el nombre sonó como lo que era: algo demasiado grande para una sola sílaba, algo que requería el espacio completo del pecho para pronunciarse bien.




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