El amanecer noruego no trajo luz; llegó vestido de cobre. Una tonalidad densa y metálica tiñó las nubes desde abajo, como si el horizonte sangrara un fluido más espeso que el propio color, algo que el cielo no había elegido mostrar pero que ya no podía contener. La autopista se extendía ante ellos vacía y rota. No era la vacuidad tranquila de las carreteras de madrugada, sino el desamparo de los lugares abandonados con prisa, cuyos rastros aún estaban frescos: vehículos volcados en los arcenes, cristales que capturaban la luz cobriza para devolverla fragmentada y una rueda suelta que giraba junto a la barrera de seguridad con la obstinación de los objetos que todavía no han recibido el mensaje del impacto.
Olía a humo, a metal caliente y a gasolina vieja mezclada con ese aroma orgánico y definitivo que el cuerpo reconoce antes que la mente, y que el pensamiento prefiere no nombrar.
La camioneta avanzaba. Máxima conducía con esa frialdad disciplinada que no es ausencia de sentimiento, sino su forma más estricta: ambas manos fijas en el volante, la mirada en el asfalto y el cuerpo en un estado de alerta contenida que, tras siete siglos, se había convertido en su postura natural. El motor del vehículo era viejo y ruidoso, un contraste drástico con el susurro encantado del Porsche; sin embargo, esa honestidad mecánica aportaba algo vagamente reconfortante: el ruido del mundo funcionando por pura física, sin magia ni intenciones.
A su derecha, Silva parecía dormir con la cabeza apoyada en la ventanilla, aunque era un descanso aparente. Tenía los párpados cerrados y la respiración ralentizada, pero bajo su piel latía un azul tenue que se resistía a apagarse del todo. No dormía; acumulaba la energía justa para continuar.
En el asiento trasero, Karlos ajustaba sus armas con un silencio metódico. El tintineo del metal era regular y rítmico, propio de quien ha convertido la preparación militar en una forma de meditación. El silencio entre los tres era denso, el tipo de gravedad que une a los supervivientes antes de que logren procesar el coste de seguir vivos.
—¿Aún no sientes que nos sigan? —inquirió Karlos, sin levantar la vista de sus manos.
Máxima no respondió de inmediato. Dejó que la pregunta flotara, otorgándole el espacio que merecía la respuesta.
—No nos siguen —sentenció finalmente, haciendo una breve pausa—. Ya están aquí.
El cielo se volvió amarillo. La transición duró el tiempo exacto para que el ojo la registrara y el cerebro se negara a creerla. Una franja de color descendió del firmamento con la lentitud viscosa de lo que no obedece a las leyes de la gravedad ordinaria. No era el amarillo del sol ni el de la tormenta; era un tono enfermo, denso y semitransparente, con la textura de la pintura que se ha podrido tras años de abandono. Olía a algo que carecía de nombre en todos los idiomas que Máxima dominaba.
La bruja pisó el freno por puro instinto antes de procesar la orden.
La franja tocó el asfalto a pocos metros de la camioneta y se condensó. No lo hizo con la violencia de una aparición, sino con la parsimonia perturbadora de lo que sabe que su mera existencia es suficiente para horrorizar.
Lo que se materializó ante ellos desafiaba el concepto mismo de criatura. Tenía rostro, y el contraste resultaba atroz: una cara perfectamente definida, de una piel tan negra como el carbón mojado, con facciones cuya angularidad habría rozado la belleza en cualquier otro contexto. El cabello, igualmente oscuro y largo, flotaba suspendido en el aire sin necesidad de viento, como humo denso.
Sin embargo, del cuello hacia abajo no había anatomía alguna. Había una mancha.
Era una masa amarilla y fluorescente que brillaba desde su propio interior, imitando la bioluminiscencia de los seres abisales. Era tan traslúcida que Máxima podía distinguir la carretera a través de ella, distorsionada como si la mirara a través de un cristal untado con miel vieja. La forma mutaba sin tregua con una indiferencia orgánica: generaba extremidades según las necesitaba y las reabsorbía de inmediato. Una garra por aquí; una extensión similar a un tentáculo por allá que, al rozar el pavimento, dejaba un rastro ponzoñoso que el asfalto absorbía con lentitud. Dedos de un metro, una cola de serpiente que emergía y se desvanecía, o una pierna articulada en el ángulo inverso. Nada era coherente, pero todo era real.
—Ay, ay, ay —articuló la cosa.
Su voz era el rasgo más disonante: un eco polifónico que parecía provenir de múltiples direcciones a la vez, como si el sonido se fragmentara al nacer. Convivían en ella una textura infantil y un tono milenario; la risa de un infante que ha descubierto su capacidad de hacer daño y no ha decidido si es divertido o simplemente natural. Era una carcajada aguda que resonaba en espacios ajenos a cualquier mapa.
—Má… xi… maaaa…
Máxima descendió del vehículo. El asfalto crujió bajo sus tacones, los mismos que vestía el día anterior en su oficina, antes de que la normalidad saltara por los aires. Karlos se posicionó a su derecha con el rifle encarado. Silva permaneció en el chasis, rígido, con los ojos desorbitados y el fulgor azul de su piel completamente extinto, como una llama ahogada por un viento adverso.
—¿Quién eres? —preguntó Máxima, transmutando el miedo en una fría necesidad de información.
La criatura alzó una de sus extremidades fluctuantes hacia el rostro —una aproximación a lo que habría sido una mano— y de su boca negra brotó una risa múltiple.
—No soy un quién —replicó—. Soy un cuándo. Soy un porqué. —Giró en el aire, desentendiéndose de los límites físicos—. ¡Soy la hija de Gaa-a-a-ap… el dulce, dulce Gaapel!
Escuchar ese nombre en una boca semejante equivalía a oír una canción de cuna en mitad de un bombardeo. Máxima sintió una punzada detrás del esternón, pero se limitó a entrecerrar los ojos un milímetro.
—Kítrinos.
La entidad emitió un chillido de puro reconocimiento, la alegría desbocada de quien ha esperado demasiado tiempo a ser nombrado. Comenzó a rotar con la euforia de una mancha celebrándose a sí misma, desprendiendo ráfagas amarillas que trazaban estelas efímeras en el aire antes de disolverse.
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Editado: 25.04.2026