Maxima

Las Hijas de la Bruja

La colina olía a niebla y a hierba mojada y a la resina particular de los abetos que crecían en la pendiente norte, esa resina que en Noruega tiene siempre algo de permanente, algo que dice esto estuvo aquí antes que tú y estará después. El motor de la camioneta murió con un último estremecimiento mecánico, y el silencio que llegó en su lugar era del tipo que tiene textura propia el silencio de los campos abiertos al amanecer, cuando la noche todavía no ha terminado de irse del todo y la luz todavía no ha decidido quedarse.

La niebla cubría el valle por debajo de ellos como algo vivo que respirara despacio.

Y en el borde de ese paisaje, entre los arbustos que bordeaban el camino de tierra, había una figura.

Delgada. Tensa. Con el cabello castaño recogido en una trenza larga que le caía sobre el hombro izquierdo con la obstinación de las trenzas que han sido hechas con prisa. Sus grandes lentes temblaban levemente sobre la nariz cada vez que parpadeaba, que era seguido, porque los ojos de Mora hacían eso cuando contenía algo que no sabía si podía contener. Llevaba un rifle de francotirador cruzado en la espalda, una mochila de combate que era claramente demasiado grande para su figura el tipo de mochila que se lleva porque contiene lo que es necesario y no porque sea cómoda y una expresión que era, en su totalidad, el mapa de alguien que ha pasado demasiadas horas sin saber.

Vio a Máxima bajar de la camioneta.

Y la palabra salió antes que la decisión de decirla.

—¡Madre!

Su voz se quebró en la última sílaba no completamente, solo en ese punto específico donde la emoción encuentra la grieta que el entrenamiento no ha podido sellar del todo. Dio dos pasos hacia adelante y se detuvo, como si el impulso y la contención estuvieran negociando en tiempo real.

De la niebla, detrás de ella, emergió la segunda figura.

Más alta. De complexión que no era solo musculatura sino el tipo de presencia física que se construye durante años de elegir la dificultad como método. Los brazos marcados con la historia de ese proceso. El cabello rapado a los lados y largo en el centro, recogido hacia atrás con la practicidad de quien no tiene tiempo para estética pero tampoco para descuidos. Una chaqueta de cuero con runas bordadas a mano — algunas en hilo negro, algunas en hilo rojo, todas con la irregularidad de lo que ha sido cosido por alguien que sabe exactamente lo que está cosiendo aunque no haya aprendido a bordar en ningún sentido convencional. Dos espadas cortas cruzadas en la espalda.

América llegó con la misma calma con que llegaba a todo: como si el mundo tuviera que ajustarse a su paso y no al revés.

—No llores, Mora dijo. Había en su voz algo que era casi ternura disfrazada de instrucción. La madre no muere.

Una pausa. Una sonrisa que no era pequeña, sino que se hacía pequeña por elección.

—Solo tarda en llegar.

Máxima bajó del vehículo.

No corrió. Máxima no corría hacia las cosas que quería caminaba hacia ellas con esa verticalidad particular, con el paso que no apresuraba porque el apresuramiento habría dicho que temía no llegar a tiempo, y ella no lo temía. Llegó hasta ellas y las abrazó.

Sin palabras. Sin el preámbulo de las palabras.

Las apretó a las dos contra ella con esa fuerza contenida que no busca demostrar nada sino simplemente hacer real lo que siente en el cuerpo, y el olor de las dos la pólvora y el aceite de arma de Mora, el cuero y el metal y algo que era casi ozono en América era el olor de algo que había estado ausente durante demasiadas horas y que ahora volvía a estar en su lugar correcto.

Mora rompió.

Las lágrimas llegaron con el tipo de inmediatez de las cosas que llevan tiempo esperando permiso, y cuando encontraron el hombro de Máxima encontraron también el lugar donde guardarlas. Sollozó sin sonido Mora siempre había llorado así, en silencio, como si el llanto fuera algo privado incluso cuando ocurría contra el cuerpo de otra persona.

América no lloró. Pero Máxima sintió cómo el cuerpo de su hija mayor hacía esa cosa específica que hacía en los momentos en que no iba a llorar: una respiración larga, controlada, que comenzaba en el pecho y terminaba en algún lugar más profundo, donde América guardaba las cosas que no podía mostrar porque alguien tenía que ser el muro y ella había elegido ser ese muro hace tanto tiempo que ya no sabía si lo había elegido o si simplemente era.

Máxima las sostuvo un segundo más de lo necesario.

Luego las soltó.

Silva las observaba desde el asiento del copiloto con esa expresión que tenía a veces los ojos de un hombre joven y algo que vivía detrás que era incalculablemente antiguo, mirando al mundo con la distancia de quien lo ha visto todo y la curiosidad de quien todavía encuentra cosas que no esperaba encontrar.

Bajó del vehículo despacio.

—¿"Madre"? —preguntó. No con incredulidad. Con la precisión de quien necesita que las palabras sean lo que dicen.

Máxima se volvió hacia él. Sus hijas también lo miraron Mora con esa evaluación rápida y nerviosa que era su primera respuesta a todo lo desconocido; América con la evaluación más lenta y más total de quien necesita menos tiempo para concluir lo mismo.

—Las crie desde que tenían cinco años dijo Máxima. Su voz era completamente plana, del tipo de planitud que no es indiferencia sino la forma en que ella decía las cosas importantes sin convertirlas en discurso. A Mora la encontré en las ruinas de un orfanato en Praga. El edificio había ardido durante tres días. Ella estaba en el sótano, leyendo. Una pausa. No sabía que el fuego seguía arriba.

Mora se ajustó los lentes con un dedo, con el gesto automático de siempre.

—Los libros eran más interesantes que el humo murmuró, como si eso lo explicara todo, que en cierta manera sí.

—A América continuó Máxima me la entregó una mujer en Bolivia. En un camino de tierra, en la oscuridad, con tres hombres muertos a sus pies y un bebé envuelto en su chaqueta. La mujer me miró y supo lo que era. Y eligió.




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