Maxima

La Reina Globin

El ruido llegó antes que la comprensión.

Metal contra metal, cientos de veces simultáneas el sonido particular que tiene un ejército pequeño cuando avanza, que no es el estruendo grave de los ejércitos grandes sino algo más agudo, más insistente, como lluvia sobre un techo de zinc multiplicada hasta volverse ensordecedora. Las espadas curvas golpeaban los escudos improvisados en un ritmo que no era aleatorio: era el ritmo de algo coordinado por un instinto más viejo que cualquier orden que pudiera darse en voz alta.

El semicírculo se cerraba.

Máxima lo vio sin necesitar girar lo sentía en la manera en que la magia del anillo negro respondía a las presencias, contándolas como el oído cuenta los sonidos sin pedirle permiso al pensamiento. Cientos. Demasiados para contarlos con precisión y suficientes para que la precisión no importara.

A su izquierda, América se había colocado con las dos espadas ya en las manos, los pies separados en la postura que tenía cuando calculaba el espacio que iba a necesitar moverse. A su derecha, Mora buscaba su posición con el rifle, midiendo ángulos con esa concentración nerviosa y precisa que era su manera específica de convertir el miedo en utilidad.

Shiva estaba detrás de Máxima. El azul bajo su piel pulsaba tenue pero constante recuperándose, como una llama después del viento.

—¿Quiénes son estos? preguntó, con el ceño fruncido. La voz era la de Silva, pero la pregunta tenía la profundidad de algo que ha clasificado ejércitos durante eones y encuentra uno que no termina de ubicar en ningún archivo.

—El ejército globin respondió Máxima. Giraba lentamente sobre su eje, pistola en mano, con los ojos leyendo la línea de avance de las criaturas con la misma metodología con que una lectora experimentada lee una página: rápido, completo, sin detenerse en lo que ya sabe. Si están aquí...

Hizo una pausa.

—Es porque ella viene.

El sonido llegó entonces.

Un aullido rasgado, metálico, que no salía de ningún instrumento reconocible sino de algo que alguna vez había sido un instrumento y había sido deformado más allá del recuerdo de su forma original. Una sola nota larga y discordante que atravesó el aire frío de la mañana como una costura que se deshace.

Los globin se detuvieron.

El silencio que siguió fue absoluto y duró exactamente lo que necesitaba durar para que el miedo encontrara su espacio.

Descendió desde el cielo sin alas.

Ese era lo primero que desafiaba la comprensión: la ausencia de alas, la ausencia de cualquier mecanismo visible que explicara por qué la gravedad no le aplicaba las mismas reglas que al resto. Caminaba sobre nada sobre el aire de la mañana con la misma indiferencia con que se camina sobre suelo firme, como si la física fuera un acuerdo que ella había decidido no renovar hace mucho tiempo.

Era larga. Delgada con la delgadez de las cosas que no han sido hechas para contener sino para extenderse. Su cabeza casi calva mostraba el cráneo con la honestidad de quien no tiene nada que esconder o no le importa esconderlo solo algunos mechones blancos que colgaban desde las sienes como hilos que se hubieran negado a caer del todo, con esa obstinación particular de los últimos restos. Su piel tenía un tono verdoso que no era el verde brillante de la vida vegetal sino el verde apagado, casi grisáceo, de algo que lleva mucho tiempo existiendo en espacios donde la luz no llega con regularidad.

Sus ojos estaban hundidos en la cuenca con la profundidad de los años acumulados. Pero lo que vivía en ellos esa luz rosada, suave, persistente no era la luz de los ojos que ven. Era la luz de los ojos que recuerdan. Inquietaba más que deslumbraba, como lo inquietante que resultan siempre las luces que no tienen fuente visible.

Llevaba un vestido que era, en realidad, una historia de batallas. Cuero cosido con metal oscuro no cosido con hilo sino unido con remaches y eslabones, como si cada pieza hubiera pertenecido a algo que ya no existía y hubiera encontrado aquí su uso final. Olía a hierro viejo y a algo orgánico y antiguo que el olfato identificaba como victoria sobre cadáveres. No era elegancia. Era declaración.

Aterrizó si ese era el término correcto para alguien que simplemente decidió que el suelo era donde quería estar a veinte metros de Máxima.

Y sonrió con esa boca que mostraba encías grises y dientes desgastados como limas que hubieran trabajado demasiado material demasiado duro durante demasiado tiempo.

—Máxima dijo. Su voz era el sonido de la piedra arenisca bajo presión: áspera, irregular, con el tipo de textura que raspa sin cortar. Bruja sin ataúd. Los ojos rosados la recorrieron de arriba abajo con la insolencia de quien evalúa una propiedad en disputa. No te ves mal para estar tan olvidada.

Máxima entornó los ojos.

Solo un milímetro.

—Creili.

El nombre cayó sin ornamento, sin entonación adicional, con la economía de quien no va a gastar más energía de la necesaria en este intercambio.

La Reina Globin abrió los brazos con una teatralidad que llevaba siglos practicada el gesto de quien sabe que lo que tiene que ofrecer es suficientemente perturbador como para que el drama sea apenas el envoltorio.

—¡Me recuerdas! La voz tenía el tono de algo que finge estar halagado porque el halago es una forma de control. ¡Qué romántico! Siempre supe que era inolvidable.

—Lo eres dijo Máxima. Por el hedor.

El silencio que siguió duró el tiempo exacto en que el insulto encontró su destino.

Luego Creili rió.

La risa era el sonido de piedras pequeñas golpeando el interior de una lata oxidada, multiplicado, sin ritmo, con la irregularidad de algo que no ha aprendido a reír, sino que simplemente produce el sonido que corresponde a la situación.

—¡Y aún tan aguda! dijo, cuando terminó. Supongo que eso es lo que le gustaba. A cierto alguien de alas largas y memoria más larga todavía. Los ojos rosados brillaron con algo específico. ¿Cómo está Gaapel, por cierto? ¿Todavía babea cuando escucha tu nombre?




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