Maxima

La Diosa Danzante

Las llantas del automóvil protestaban contra el asfalto con ese chirrido característico del caucho sobre una superficie abandonada; pequeñas grietas, hundimientos y el deterioro lento e inevitable de lo que nadie se ocupa de mantener. La calle era estrecha, flanqueada por viviendas de dos plantas idénticas entre sí, construidas en serie, desprovistas de personalidad, diseñadas para ser habitadas y no para ser recordadas. Fachadas descoloridas. Ventanas ciegas. Puertas clausuradas.

Demasiado clausuradas.

Máxima lo percibió antes de que el pensamiento se tradujera en palabras: una quietud que no denotaba descanso sino contención, como un pecho que retiene el aire a la espera del instante preciso para exhalar.

—¿Es este un barrio fantasma? —inquirió Shiva, observando a través del cristal con su habitual expresión de templada evaluación. Poseía la mirada de Silva pero la atención de una entidad que llevaba eones calibrando la densidad de los lugares—. No hay animales. No hay luminarias. —Hizo una pausa—. Ni siquiera corre el viento.

—No —respondió Máxima, deteniendo el vehículo ante la glorieta con una suavidad que era pura precaución, el cuidado de quien evita provocar un ruido innecesario—. Esto es peor que un fantasma.

El motor se apagó y el silencio lo cercó todo. Ella mantuvo las manos firmes sobre el volante.

—Este silencio es un cebo.

Apenas las palabras terminaron de asentarse en el aire, el entorno reaccionó. Un crujido grave y orgánico restalló en el perímetro, el sonido propio de los accesos que han permanecido sellados durante demasiado tiempo y que, al ceder, exhalan los años de olvido en un lamento prolongado. Una puerta se abrió. Luego otra. Después, todas en cadena.

Las casas vomitaron su contenido.

Las criaturas emergieron sin prisa, conscientes de que su superioridad numérica volvía superflua la velocidad. Sus fisonomías combinaban dos materias que jamás debieron converger: carne calcinada, con la textura de lo que ha estado expuesto al fuego extremo, y ceniza cohesionada por una fuerza ajena a la biología; la pura voluntad demoníaca que prescinde de los mecanismos vitales ordinarios para manifestarse. Cubrían sus rostros con máscaras de madera rota, fragmentos toscos arrancados de antiguos enseres.

Avanzaban en un mutismo absoluto, y eso resultaba lo más pavoroso.

Cientos, luego miles, inundando la glorieta con la inevitabilidad de un torrente contenido. Máxima amartilló la pistola. El chasquido del metal fue el único sonido que quebró la atmósfera; no había lugar para comentarios redundantes. A su lado, Shiva cerró los ojos, no por temor, sino en un ademán de apertura mística, como quien reduce el ruido exterior para sintonizar una frecuencia remota. Las marcas azules comenzaron a ramificarse por su piel, ascendiendo desde las muñecas hacia los hombros con la parsimonia de un alba inevitable.

—¿Listo? —preguntó ella.

—Siempre —replicó él.

Fue entonces cuando el aire mutó.

Sobrevino como lo hacen las fuerzas que no requieren forzar nada porque su mera naturaleza les basta. Primero fue un murmullo sutil que serpenteaba entre las fachadas pálidas como el agua entre los guijarros. Luego se consolidó una melodía sin instrumento aparente; una música que brotaba del propio desplazamiento de un cuerpo que cortaba el espacio con una gracia geométrica, transformando el movimiento en arte puro.

Los demonios la percibieron antes de verla. Máxima lo notó en la forma en que las vanguardias ralentizaron su marcha; no por miedo aún, sino por esa perturbación específica que sufren los seres de energía cuando una entidad superior invade su radio de acción.

Emergió de entre la bruma. Danzando.

No se movía porque la situación lo permitiera; danzaba porque el movimiento constituía su estado natural y la quietud le demandaba un esfuerzo. Su silueta era esbelta, casi ingrávida, dotada de la cualidad de las llamas que poseen forma pero no límites. Su piel exhibía un azul profundo, no el fulgor eléctrico de Shiva, sino el matiz de los océanos abisales donde la luz solar desiste de insistir. Su cabello, negro azabache, flotaba y giraba desobedeciendo las leyes de la gravedad, ceñido a un ritmo soberano y ancestral.

En cada mano empuñaba una daga curva. El acero atrapaba la escasa claridad del amanecer grisáceo, devolviéndola en destellos breves que trazaban la caligrafía de su avance: un mapa luminoso de devastación.

Los demonios comenzaron a desmoronarse. No hubo el estrépito de una lid convencional, sino la exactitud silenciosa de un proceso natural. Cada giro de la danzante hallaba su objetivo sin titubeos; en su espacio místico no existía la dualidad del atacante y el blanco, solo la danza, y la danza era la resolución de todo. No profería gritos ni jameos; su garganta no acusaba la menor tensión física. Era una coreografía sagrada, un rito donde lo profano quedaba excluido por la mera incapacidad de sostenerse en su presencia. Una masacre ingrávida.

Máxima no disparó. Shiva contuvo el despliegue de sus marcas. Ambos permanecieron inmóviles, comprendiendo instintivamente que intervenir habría sido una impertinencia, el equivalente a interrumpir una sinfonía. Observaron con una fijeza que lindaba con la devoción, aunque ninguno de los dos la habría calificado con ese término.

En menos de un minuto, la horda se extinguió. No quedó un solo demonio en pie; solo montones de ceniza, el olor a ozono, madera calcinada y un aroma más dulce y vegetal que evocaba el sándalo, la tierra mojada y un incienso sagrado que Máxima no había olido en centurias.

La figura detuvo su marcha y se volvió hacia ellos.

Su mirada poseía la profundidad insondable de las aguas de un pozo que conserva su propia temperatura al margen de las estaciones. Su rostro reflejaba la sabiduría del mismo modo en que la madera exhibe los anillos del tiempo: no como un ornamento, sino como una condición intrínseca de su existencia.




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