Maxima

Recuerdos de Fuego

El aire de la cripta tenía peso.

No la densidad ordinaria del aire que no ha circulado en mucho tiempo ese era solo el primer componente, la capa superficial. Debajo había otra cosa: la densidad de los lugares donde el tiempo ha ocurrido de manera más intensa que en otros sitios, donde los eventos han dejado una huella en la materia misma, donde las paredes han absorbido tanto que ya no son solo piedra sino algo más parecido a la memoria con forma sólida.

Las antorchas ardían a ambos lados del pasillo con llamas de un azul que no tenía temperatura visible no proyectaban el calor anaranjado del fuego ordinario sino algo más frío en apariencia y más profundo en su efecto, como si iluminaran no solo el espacio sino la calidad de lo que el espacio contenía. No había humo. El fuego azul no necesitaba consumir para existir.

Las paredes estaban talladas.

Máxima las leyó mientras descendía no con los ojos solos sino con ese sentido que llevaba siglos desarrollando, ese sentido que era magia y era intuición y era la acumulación de todo lo que había aprendido en todos los idiomas que había aprendido. Sánscrito antiguo, más antiguo que el sánscrito que los académicos modernos conocían, del período anterior a que las escrituras sagradas fueran escritas y cuando todavía eran solo habladas por quienes sabían que las palabras tienen el mismo peso que los hechos. Runas nórdicas entrelazadas con esos símbolos, creando en la combinación un idioma nuevo que no era ni uno ni otro sino la conversación entre ambos.

Las paredes susurraban.

No metafóricamente susurraban de la manera en que susurran los lugares donde suficiente energía ha sido pronunciada durante suficiente tiempo, donde las palabras sagradas han dejado una vibración residual que el silencio no termina de absorber.

Máxima escuchaba sin detenerse.

Las dos figuras la esperaban al fondo.

La primera era lo que el ojo clasificaba como una contradicción antes de que la comprensión llegara: esbelta, de rostro que tenía la delicadeza de lo juvenil los pómulos suaves, la mandíbula sin la angularidad de los años, algo en la boca que sugería que no había visto todavía todo lo que había que ver. Quince años, habría dicho cualquiera que la mirara sin prestar atención.

Pero sus ojos.

Sus ojos tenían la edad que su rostro negaba con cada rasgo. No era la edad de las arrugas ni la edad del cansancio era la edad de los que han visto demasiado y han elegido seguir viendo, que es la forma más difícil del valor y la que menos se nota desde afuera. Ojos de guerrera milenaria en el rostro de algo que parecía no haber llegado todavía a ninguna parte, y en esa contradicción había algo que era más perturbador que cualquier demonio con garras porque los demonios con garras eran al menos coherentes con lo que decían ser.

Tenía seis brazos, aunque en ese momento solo usaba dos. Los otros cuatro descansaban con la naturalidad de quien no necesita recordar que los tiene como los hombros de un humano que no piensa conscientemente en sus hombros. Sus vestiduras eran de seda roja: un rojo que había sido brillante y que el tiempo y lo que fuera que ese tiempo hubiera contenido habían convertido en el rojo más oscuro de la sangre seca, que es un color diferente al de la sangre viva, un color que tiene más dignidad y más historia.

Durga. La invencible.

La segunda figura era todo lo contrario en apariencia y todo lo mismo en esencia.

Grande no como los demonios eran grandes, con esa grandeza de la amenaza, sino como son grandes los árboles viejos, con la grandeza de lo que ha durado. Cubierto de un pelaje denso, gris con las variaciones de gris que tiene todo lo que ha pasado por muchas estaciones, con ojos oscuros que miraban con la calidad específica de la sabiduría que no necesita demostrar que es sabiduría. Sus pies eran sólidos como raíces. Su postura era relajada de la manera en que son relajadas las cosas que no necesitan estar en guardia constante porque su capacidad de respuesta es suficientemente rápida para permitirse el descanso.

Cruzado de brazos. Silencioso. Completamente presente.

Hanuman.

Máxima se detuvo a la distancia correcta la distancia que se mide no en metros sino en la cualidad de la atención entre los cuerpos, esa distancia que dice te veo y me dejo ver.

Durga dio un paso al frente.

—Nos alegra que hayas venido, bruja.

Su voz era lo que su apariencia no preparaba para escuchar: serena con la serenidad de las cosas muy profundas, con la resonancia de algo que habla desde un lugar que el pecho de quien lo recibe reconoce antes que los oídos. No era la voz de una niña. Era la voz de algo que ha encontrado en la calma su forma de mayor peligro.

—Eres más que una aliada en esta guerra —continuó. Eres parte de la causa. No de sus consecuencias, no de sus bordes. De su centro.

Hanuman asintió sin hablar. El movimiento fue pequeño, pero en él había el peso de algo que no necesita añadir nada porque su presencia ya lo ha dicho.

Durga la observó.

Con esa manera suya de observar que no era evaluación era reconocimiento, el proceso de confirmar lo que ya se sabe buscando la evidencia en el detalle.

—Dime, Máxima —dijo, y en la manera en que pronunció el nombre había algo que sugería que lo conocía desde antes de este momento. ¿Por qué Gaapel te busca? El príncipe del infierno que envía a su hija, a su exesposa, a legiones enteras. Todo convergiendo hacia ti. —Hizo una pausa. ¿Por qué tú?

El silencio de la cripta se cerró sobre la pregunta como el agua sobre una piedra.

Máxima bajó la vista.

Fue un gesto pequeño. Para quien hubiera pasado los últimos días con ella, habría sido el segundo terremoto el primero había sido en la cabaña de Ostmarka, cuando bajó la vista al hablar de las alas que había cortado. Máxima no bajaba la vista. Máxima miraba todo de frente con la autoridad de quien lleva suficiente tiempo siendo lo que es como para no necesitar esquivar nada.




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