Maxima

El Velo del Mundo

El aire era fuego invisible.

No tenía llama. No tenía temperatura en el sentido ordinario no quemaba la piel ni secaba la garganta. Pero había en él una cualidad que el cuerpo registraba como calor antes de que la mente encontrara la palabra correcta la densidad de algo que contiene demasiada energía para seguir siendo simplemente aire, que ha sido cargado más allá del punto en que puede pretender neutralidad.

El ejército de sombras permanecía inmóvil.

Miles de criaturas detenidas por un gesto de mano, y en esa detención había algo más inquietante que el movimiento habría sido la obediencia perfecta de lo que no obedece por miedo sino por algo más profundo que el miedo, por el reconocimiento de una autoridad que precede a cualquier orden y que no necesita repetirse.

Y Gaapel avanzó.

Solo.

Sus pasos no hacían el sonido que deberían hacer el suelo no respondía al peso de sus pies con el impacto ordinario sino con algo diferente, con la rendición de la materia ante algo que tiene prioridad sobre ella. La tierra se resquebrajaba detrás de él, en el lugar donde había estado, como si el suelo esperara a que pasara para permitirse la reacción. Las grietas se extendían desde sus huellas con la geometría del cristal que cede bajo presión no caóticas sino precisas, siguiendo líneas de fractura que ya estaban ahí esperando la fuerza correcta.

La capa ardía con sus llamas negras y rojas.

El fuego negro que consumía la luz. El fuego rojo que era todo lo que quedaba de algo que había sido, en otro tiempo, otra cosa.

Y sus ojos.

Máxima los conocía. Los había conocido en la oscuridad de una cabaña noruega cuando se abrieron por primera vez y ella supo que no debería sentir lo que sintió. Los había conocido bajo la aurora boreal y en las mañanas del huerto y en todas las noches del período que había construido a su alrededor como un idioma que solo ellos dos hablaban.

Esos mismos ojos.

Pero lo que vivía en ellos ahora era lo que hace el tiempo cuando trabaja sobre el amor que no encuentra su resolución cuando el amor no puede ir hacia adelante ni puede ir hacia atrás y se queda en el lugar donde estaba, acumulándose, comprimiéndose, volviéndose algo que todavía reconoce su origen pero que ya no tiene la forma original.

No odio.

Deseo. Obsesión. El amor que ha durado tanto sin ser correspondido que ha aprendido a existir sin necesitar el consentimiento de su objeto, que ha construido su propio universo donde la correspondencia es un detalle menor que la eternidad puede corregir con suficiente tiempo y suficiente fuerza.

—Máxima —dijo.

Su voz.

Esa voz. Grave como el interior de la tierra, con esa resonancia de algo que habla desde un lugar donde la presión es diferente y el sonido viaja de otra manera. Máxima la había escuchado decir su nombre exactamente así con esa cadencia específica, con esa suavidad que no era ternura ordinaria sino algo más antiguo que la ternura en una cabaña al borde del bosque noruego, en la oscuridad de las madrugadas, en los momentos en que la intimidad tiene su propia gramática.

Ahora la escuchaba aquí, bajo el cielo rojo, con miles de criaturas detrás y un santuario con dioses y guerreros y trampas y la piedra del loto sellando lo que no podía despertarse.

—Me alegra tanto verte.

Lo decía como si fuera verdad. Lo era. Eso era lo más difícil de sostener que era verdad, que la alegría en su voz no era manipulación sino el sentimiento real de algo que ha estado buscando durante siglos y que por fin ha encontrado lo que buscaba, aunque lo que buscaba haya cambiado de manera que no puede todavía reconocer.

—No sabes cuánto he esperado este momento.

Avanzó mientras hablaba. Lo hizo con la paciencia del lobo no la paciencia de quien no tiene urgencia sino la paciencia de quien tiene tanta certeza de llegar que la prisa sería redundante. Rodeó a Máxima con el movimiento lento y total de algo que establece un perímetro sin que el perímetro parezca una trampa, que simplemente ocupa el espacio que le corresponde.

—Siglos he caminado entre mundos. Su voz no tenía amargura tenía la calidad de la narración de algo que se cuenta con la distancia suficiente para que el dolor sea ya solo un elemento más de la historia. He deformado mi forma, destrozado tierras, atravesado los bordes del mundo y los bordes del infierno. Hizo una pausa. Todo por ti.

Máxima no se movió.

Lo miró.

Con la mirada que tenía para todo directa, completa, sin la esquiva de quien no quiere ver y sin la intensidad agresiva de quien reta. La mirada de quien simplemente mira porque mirar es lo que corresponde hacer cuando algo importante está frente a ti.

Sus manos permanecían abiertas a los lados.

Gaapel se detuvo frente a ella.

La distancia entre ellos era tan pequeña que Máxima podía sentir el calor de sus llamas no el calor del fuego ordinario sino el calor de algo que existe en una frecuencia diferente, que calienta lo que está por debajo de la piel, que encuentra las capas más profundas. Podía sentir el olor que era suyo desde el primer día: tierra mojada, fuego que se contiene, magia comprimida hasta el punto en que ya no se distingue de la materia.

El olor de la cabaña.

El olor de lo que había sido.

—Máxima, mi amor.

Las palabras salieron de él con una suavidad que era la suavidad de lo que ha tenido siglos para ablandarse en la memoria, para perder los bordes que en su momento habían cortado. La suavidad de algo que ha sido guardado durante tanto tiempo que ya no recuerda su forma original con exactitud pero recuerda su esencia con una fidelidad que el tiempo no ha podido degradar.

—Todo lo que quiero es romper este mundo podrido. Sus ojos rojos no apartaban los de ella. Desgarrarlo. Abrirlo. Vaciarlo de todo lo que lo hace insoportable. Extendió los brazos brevemente el gesto que abarcaba el ejército detrás, el cielo rojo, todo el aparato de lo que había construido durante siglos hacia este momento. Para crear otro. Uno donde tú y yo podamos ser uno solo. Para siempre.




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