Maxima

El Despertar del Dios Elefante

El mundo se partió en dos con la luz.

No fue gradual. No fue el tipo de transformación que el ojo puede seguir y el cerebro puede procesar en tiempo real. Fue la diferencia entre un instante y el siguiente entre el instante en que la grieta en la piedra del loto era una grieta y el instante en que ya no era nada de lo que había sido, en que el sello que había contenido milenios de poder encontró su límite y lo que había contenido encontró el espacio que le correspondía desde antes de que hubiera espacio.

Mil soles.

Eso fue lo más cercano que el lenguaje podía llegar, aunque el lenguaje llegara tarde y llegara corto la explosión de luz que salió del centro del altar no tenía la violencia del fuego ni la direccionalidad del rayo. Era omnidireccional, era simultánea, era el tipo de luz que no ilumina el espacio sino que lo redefine, que hace que todo lo que estaba en ese espacio tenga que encontrar su nueva relación con lo que es.

El suelo tembló.

No con la vibración del ejército demoníaco con algo más profundo y más antiguo, con el tipo de temblor que no viene de la superficie sino de los estratos más básicos de lo que existe, de los lugares donde la materia recuerda que fue otra cosa antes de ser materia.

Las columnas de mármol sagrado encontraron sus grietas esas grietas que siempre habían estado ahí, esperando la fuerza exacta que las revelara. El sonido que hicieron al fracturarse no fue el estrépito de la destrucción sino algo más parecido a la resolución, como la nota final de algo que llevaba mucho tiempo construyendo hacia ese punto. Las paredes estallaron en polvo no en fragmentos, en polvo, como si la energía que las atravesó hubiera sido tan completa que no había dejado estructura suficiente para que el resultado fuera otra cosa.

Los vitrales brillaron.

Un último fulgor azul y dorado y todo lo que esos colores habían contenido durante las horas en que el santuario había sido su hogar y luego se desintegraron con la suavidad de lo que elige disolverse en lugar de romperse, con la gracia de algo que sabe que su forma ya cumplió su propósito.

Todos cayeron.

Kaly, cuya danza no había encontrado nada que la detuviera hasta este momento. Hanuman, cuya solidez era la base de todo lo que hacía. Durga, con sus seis brazos extendidos buscando el equilibrio que el suelo ya no ofrecía. Shiva, que cayó de rodillas con los ojos abiertos y las marcas azules brillando con una intensidad que competía con la luz misma. América, que cayó con la elegancia involuntaria de quien ha aprendido a caer bien aunque el suelo no coopere. Mora, que cayó con el rifle protegido contra el pecho, con el instinto del tirador que protege el arma antes que el cuerpo. Karlos, que rodó y terminó en una posición que era todavía, incluso en el caos, la posición más ventajosa disponible.

Máxima cayó.

Las rodillas encontraron los escombros del suelo del santuario y la luz la golpeó como golpea algo que te reconoce no con la violencia de lo que ataca sino con la fuerza de lo que llega a donde necesitaba llegar.

Se quedó cegada.

No de oscuridad. De demasiada luz.

Y en esa ceguera blanca y plateada, mientras el mundo fuera de sus párpados seguía redefiniéndose, esperó.

Porque algo le decía la magia en el anillo, los siglos en los huesos, algo más antiguo que ambas cosas que lo que venía merecía ser visto.

Del centro del altar destruido, surgió.

Tres metros. O más era difícil determinarlo porque su presencia modificaba la percepción del espacio alrededor, hacía que el interior del santuario derrumbado pareciera más grande de lo que había sido, como si él hubiera traído consigo la escala que le correspondía y el espacio hubiera tenido que ajustarse.

Su cuerpo resplandecía.

No con el resplandor de las cosas que arden con el resplandor de las cosas que son, fundamentalmente y sin esfuerzo, luminosas. Una energía que era suave en su textura pero arrolladora en su alcance, del tipo que no puede ignorarse no porque sea agresiva sino porque es completa, porque llena todo el espacio disponible con lo que es sin dejar grietas para otra cosa.

Cuatro brazos.

Cada uno sosteniendo algo que Máxima reconoció no con el conocimiento aprendido sino con algo más antiguo con ese nivel de comprensión que existe debajo de lo que se aprende, en el lugar donde las cosas se saben porque siempre se supieron. El ankush — el gancho que guía sin forzar. El pasha — el lazo que captura lo que necesita ser contenido. El modaka — el dulce que es la recompensa de la sabiduría. Y una mano abierta, con la palma hacia afuera, en el gesto que es en todos los idiomas sagrados del mundo el mismo gesto no temas.

Su piel era dorada con el dorado de la luz sólida no el dorado del metal precioso ni el dorado del sol directo, sino el dorado que existe en el espacio entre la luz y la materia, donde las dos cosas se están todavía negociando su frontera.

Y su rostro.

El rostro de elefante que no era grotesco ni era metáfora sino simplemente lo que era la forma que había elegido para existir en este plano, o la forma que este plano había desarrollado para poder contener algo que de otra manera no habría cabido en ninguna forma que el ojo humano pudiera sostener. Las orejas grandes como hojas de palmera sagrada. La trompa que se curvaba con la gracia particular de las cosas que tienen más articulaciones que lo habitual y que por eso se mueven con más libertad que lo habitual.

Y los ojos.

Los ojos de Ganesha eran lo último en lo que se posaba la mirada y lo primero que se recordaba después. Tenían la cualidad específica de la sabiduría que ha comprendido no solo lo que existe sino el por qué de lo que existe y la manera en que lo que existe podría ser diferente y la razón de que no lo sea. Una profundidad que no era tristeza ni era alegría sino algo que contenía las dos y también todo lo que existe entre ellas y a los lados de ellas.




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