Maxima

El Aquelarre de las Sombras

El camino de regreso fue silencioso.

No el silencio tenso de las horas anteriores no el silencio que contiene cosas a punto de ocurrir ni el silencio de después de las batallas que todavía no han terminado de procesar lo que fueron. Era otro tipo de silencio el silencio de los que han llegado al final de algo y que todavía no han comenzado a entender lo que significa haber llegado. El silencio de lo que simplemente existe en el espacio entre dos historias.

El Porsche avanzaba por las carreteras noruegas.

O lo que quedaba del Porsche la carrocería con las marcas de la noche grabadas en el metal como una cartografía de todo lo que había ocurrido, el cristal del parabrisas con su grieta diagonal que Máxima no había conjurado porque no había tenido tiempo y que ahora se quedaba ahí como un recordatorio de que el tiempo no había tenido tiempo para ella en muchas horas. El motor encantado funcionaba todavía, con esa fidelidad de los objetos que llevan suficiente magia para continuar incluso cuando la forma exterior sugiere que deberían detenerse.

El cielo era gris.

No el gris del mal tiempo ni el gris de la tormenta que amenaza el gris de un mundo que ha absorbido demasiado en poco tiempo y que necesita el descanso del color neutro antes de decidir qué mostrar a continuación. Las nubes se extendían en todas direcciones con la uniformidad de algo que no tiene urgencia, que está simplemente ahí, que cubre el horizonte con la misma indiferencia con que habría cubierto cualquier otro día.

Karlos iba en el asiento del copiloto.

Miraba la carretera con la mirada de alguien que mira sin ver, que tiene los ojos orientados hacia afuera porque necesita orientarlos hacia algún lugar pero cuyo pensamiento está en otro sitio. El vendaje en su hombro había absorbido algo que no era completamente sangre y no era completamente otra cosa. Lo ignoraba con la practicidad de siempre.

En el asiento trasero, Mora y América dormían.

Nadie hablaba.

Nadie lo necesitaba.

El motor llenaba el silencio con su sonido honesto, y la carretera pasaba, y el cielo gris continuaba siendo el cielo gris, y el mundo seguía siendo el mundo.

La mansión apareció en la distancia cuando el camino de tierra comenzó a descender hacia el valle.

Máxima la vio desde lejos.

Y supo, antes de llegar, antes de poder ver los detalles, con esa manera en que la magia anticipa las cosas que el ojo todavía no ha terminado de confirmar supo que algo había ocurrido aquí también.

Que la noche no había tocado solo el santuario en la colina.

Que las fuerzas que habían convergido sobre ella habían convergido también sobre lo que le pertenecía, sobre los lugares que la representaban, sobre la historia construida en piedra y cristal y siglos de decisiones acumuladas.

El dolor llegó antes de que el Porsche se detuviera.

No el dolor agudo de la herida reciente el dolor sordo y continuo de lo que se ha perdido de la manera más lenta, que es la manera en que duele la pérdida de lo que uno ha construido durante mucho tiempo porque en ello está no solo el objeto sino todo el tiempo que costó el objeto, todos los inviernos y las decisiones y las noches de trabajo que estaban contenidos en lo que existía y que ahora también se han ido.

La entrada estaba derrumbada.

Las piedras del arco que Máxima había supervisado instalar en el siglo dieciséis yacían en el suelo con la posición aleatoria de las cosas que han caído sin que nadie las guiara. Los jardines los jardines que olían a resina de abeto y tierra húmeda y que habían sido el primer lugar donde el tiempo de la mansión y el tiempo de Máxima se encontraban cada mañana estaban marchitos, con las plantas que habían sobrevivido siglos de inviernos noruegos inclinadas hacia el suelo con el peso de algo que no era exactamente muerte sino lo más cercano a ella que los jardines podían aproximarse.

Las torres.

Las torres góticas que rasgaban el cielo gris con su arrogancia habitual Máxima las había amado por su arrogancia, por la manera en que decían al cielo estamos aquí y seguiremos estando estaban rajadas. Las grietas seguían un patrón que ella reconoció como el patrón de la energía demoníaca, que encuentra las estructuras en sus puntos de tensión y los amplifica hasta que la tensión se vuelve fractura.

Y la cúpula de cristal del estudio.

Rota como un corazón traicionado.

Máxima se quedó quieta un momento después de bajar del coche.

Solo un momento.

El tipo de quietud que se permite para reconocer lo que se está mirando antes de decidir qué hacer con ello.

Karlos descendió.

Examinó los alrededores con la metodología silenciosa de siempre la mirada que barría el perímetro, que buscaba no el daño estético sino el daño estructural, que calculaba lo que podía usarse todavía y lo que no, que hacía el inventario práctico que alguien tenía que hacer y que Karlos siempre hacía antes de que fuera necesario pedírselo.

—Podemos reconstruir —dijo finalmente.

Su voz tenía la esperanza que era suya no el optimismo ingenuo sino la esperanza pragmática de quien ha reconstruido suficientes cosas para saber que la reconstrucción es posible si hay voluntad para ella. La esperanza como declaración de intención antes de que la intención se haya confirmado.

Máxima entró.

Caminó por el pasillo de mármol resquebrajado ese mármol que había traído de Carrara en el siglo dieciocho, que había tardado seis meses en llegar y que había instalado con el cuidado específico de quien sabe que lo que instala durará más que las razones por las que lo instala. Sus tacones sobre las grietas del suelo hacían un sonido diferente al sonido de siempre más irregular, más fragmentado, el sonido de pasos sobre algo que ya no era completamente lo que había sido diseñado para ser.

Pasó la mano por los marcos caídos.

La madera de las puertas que habían sostenido siglos de entradas y salidas, que habían conocido el tacto de sus manos cientos de miles de veces hasta volverse parte de la memoria muscular de su existencia cotidiana esa madera ahora en el suelo, oscurecida por el humo, con las tallas de los bordes ennegrecidas pero todavía reconocibles, todavía las mismas tallas que había elegido en un invierno del siglo catorce cuando todavía creía que los lugares podían protegerlo a uno de todo lo que necesitaba protección.




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