Aprendí a reconocer pasos.
Los buenos no hacen ruido cuando se acercan.
Los malos tampoco.
Pero huelen distinto.
Antes yo dormía poco.
Dormir era peligroso.
Cuando cerraba los ojos,
el cuerpo se aflojaba
y el frío entraba más hondo.
Así que aprendí a descansar de pie,
con una oreja despierta
y la otra fingiendo.
Al principio respondía a cualquier voz.
Pensaba que todas venían por mí.
Después aprendí que no.
Y un día,
dejé de responder a los ruidos.
El hambre no duele como creen.
Al principio muerde,
después se vuelve costumbre.
Lo que duele
es no saber si hoy
alguien te va a ver.
Yo me quedaba quieto.
No por obediencia.
Por cálculo.
Si no te mueves,
a veces el mundo pasa de largo.
Y pasar de largo
también es una forma de vivir.
Un día apareció él.
No voy a decir que fue distinto.
Eso lo dicen siempre los humanos.
Solo sé que no apuró mis tiempos.
Dejó algo en el suelo
y se fue.
Volvió otro día.
Y otro.
Eso fue lo primero que cambió:
alguien volvió.
No sabía que esas visitas
se repetirían tantas veces.
En ese momento,
solo esperaba la siguiente.
Todavía me cuesta cerrar los ojos del todo.
Todavía escucho cosas que no están.
Pero ahora, cuando despierto,
hay una respiración cerca.
Dicen que estas páginas son mías.
No estoy seguro de cómo funciona eso.
No sé cómo llegaron aquí.
Yo solo recuerdo las cosas.
Alguien más las habrá escrito mientras yo dormía.
Si es así,
espero que no haya cambiado mucho lo que quise decir.
Si te acuerdas de algo mientras me lees...
capaz no sea por mí.
Capaz sea porque tú también,
te has quedado quieto alguna vez...