Me acordé de algo.
Los humanos les ponen nombre a casi todo.
A los perros.
A las calles.
A los árboles.
Hasta a los ríos.
No sé si las cosas necesitan un nombre para existir.
El río nunca tuvo que presentarse.
Yo tampoco.
Antes de saber que esa palabra era para mí,
yo ya sabía quién era.
Sabía dónde buscar agua
cuando el verano la escondía.
Sabía qué lugares olían a peligro.
Sabía distinguir un trueno
de un camión.
Sabía que era mejor
no acercarse a las personas.
Y sabía que el hambre
siempre llegaba
antes que el amanecer.
Todo eso lo aprendí
sin que nadie me llamara
de ninguna manera.
Un día escuché una palabra.
—Poroto.
Era muy chico.
No la entendí.
Pero siguió apareciendo.
También escuchaba
"Anita".
Y "Morocha".
Nunca hablamos de eso.
Los perros no nos presentamos.
Nos olemos.
Creo que, si los humanos hicieran lo mismo,
recordarían menos nombres...
y conocerían mejor a los demás.
Un día descubrí algo curioso.
Cada vez que sonaba esa palabra,
alguien me estaba mirando.
No con esos ojos rápidos
que usan las personas
cuando pasan de largo.
Con otros.
Como si tuvieran tiempo.
Empecé a levantar la cabeza
cuando la escuchaba.
No porque supiera
que era mi nombre.
Sino porque casi siempre
venía acompañada
de una sonrisa.
Con el tiempo entendí
que esa palabra era para mí.
Aunque todavía no estoy seguro
de cómo funciona.
Porque cuando otro perro
llega a esta casa,
también recibe un nombre.
Y antes de tenerlo,
ya era alguien.
Ya tenía miedo.
Ya esperaba.
Ya extrañaba.
Ya soñaba.
Quizás los nombres
no sirven para decir
quién eres.
Quizás sirven
para que alguien pueda llamarte
cuando quiere que vuelvas.
Eso me gusta.
Porque hay perros
que tienen un nombre muy bonito.
Y nunca vuelven
a escucharlo.
Ahora yo, en cambio,
escucho "Poroto"
varias veces al día.
A veces porque hice algo bien.
A veces porque hice algo
que no debía.
No noto mucha diferencia.
Pero, en las dos,
hay alguien hablando conmigo.
Tardé mucho en entenderlo.
No era la palabra
lo que importaba.
Era saber
que alguien la decía...
esperando encontrarme.