Me acordé de algo.
Cuando vivía en el bosque conocía casi todas las piedras.
No porque las hubiera contado.
Porque cada una se sentía distinta bajo las patas.
Había piedras calientes.
Cuando tenía frío, siempre buscaba una de esas.
Había piedras lisas que se movían apenas uno las pisaba.
Y había otras que siempre estaban frías,
aunque el sol llevara horas mirándolas.
Nunca entendí por qué.
Los perros no hacemos muchas preguntas.
Solo aprendemos qué sirve...
y qué es mejor rodear.
Yo tenía una piedra favorita.
No era la más grande.
Ni la más cómoda.
Pero desde ahí podía mirar el camino.
No buscaba personas.
Buscaba movimientos.
Una bicicleta.
Un camión.
Un perro.
Un pájaro que se creyera demasiado importante.
Cualquier cosa que me hiciera levantar las orejas.
Porque el silencio del bosque no es como el de una casa.
El de una casa descansa.
El del bosque espera...
Espera lluvia.
Espera hambre.
Espera que alguien aparezca.
O que no aparezca nadie.
Creo que por eso nunca cerraba los ojos del todo.
Siempre dejaba uno un poquito abierto.
Por si pasaba algo.
Después llegué aquí.
Ahora también tengo lugares favoritos.
Una sombra cuando hace mucho calor.
Un techo cuando empieza a llover.
Y el pedazo de patio donde llega primero el sol de la mañana.
Ya no necesito mirar el camino todo el tiempo.
Pero a veces igual lo hago.
Como si todavía estuviera esperando algo.
Las costumbres tardan mucho en entender que ya no hacen falta.
Hay días en que me quedo mirando hacia la calle sin saber por qué.
Entonces escucho una voz desde adentro.
—¿Poroto?
Y levanto las orejas.
Después me doy cuenta de que ya no estaba esperando.
Solo me había quedado pensando.
Mi humano dice que los perros vivimos el presente.
No estoy tan seguro.
A veces una piedra se queda viviendo dentro de uno...
mucho tiempo.