— Punto de vista de Mina —
Otro día.
Otro intento fallido de hacer que esa plebeya se aleje de mí.
Caminaba por los pasillos con la postura recta, como siempre, ignorando las miradas a mi alrededor. Era lo normal. Era lo esperado.
Lo correcto.
—¡Señorita Minaaa!
Ahí estaba.
Por supuesto que estaba.
Cerré los ojos un segundo.
Respiré.
—¿Qué quieres ahora, plebeya?
—¡Buenos días! Hoy se ve incluso más hermosa que ayer, ¡eso es increíble considerando que ya era perfecta!
—…
Abrí los ojos lentamente.
—Tus estándares son cuestionables.
—¡No lo son!
—Lo son.
—¡No lo son!
—…
Suspiré.
Antes, esto me habría irritado mucho más.
Ahora…
—…
Giré ligeramente la mirada.
—¿Por qué sigues hablándome?
—Porque la amo.
—No digas eso en voz alta.
—¿Por qué?
—Porque es vergonzoso.
—Para usted, tal vez.
—Para cualquiera.
—Para mí no.
—…
No respondí.
Seguí caminando.
Y, como siempre…
ella me siguió.
—Señorita Mina, ¿ha desayunado?
—No es de tu incumbencia.
—Entonces debería hacerlo.
—No necesito que una plebeya me dé órdenes.
—No es una orden, es preocupación.
—No la necesito.
—Pero yo sí quiero dársela.
—…
Apreté ligeramente los dedos.
—Eres molesta.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
—…
Esto era agotador.
Y, sin embargo…
—…
Ya no me resultaba tan insoportable como antes.
Lo cual era… problemático.
Decidí actuar.
Sin detenerme, moví ligeramente el pie.
—¡AU!
Perfecto.
Preciso.
—¿¡Otra vez, señorita Mina!?
—No tengo idea de qué hablas.
—¡Fue una patada impecable!
—Entonces mejora tu equilibrio.
—¡Intentaré caer mejor la próxima vez!
—No deberías intentar eso.
—Pero si viene de usted, vale la pena.
—…
¿Por qué?
¿Por qué no se alejaba?
¿Por qué no reaccionaba como cualquier otra persona?
Cualquier otra persona…
ya me odiaría.
Eso sería normal.
Eso sería correcto.
—…
—Señorita Mina…
—¿Qué?
—¿Podría patearme otra vez?
—NO.
—Ah…
—Deja de decir cosas extrañas.
—Pero usted lo hace ver especial.
—No lo es.
—Para mí sí.
—…
Giré el rostro.
—Eres ridícula.
—Pero suya.
—NO.
—Aún.
—¡AGH!
Apreté los dientes.
—¿Por qué sigo respondiendo?
—Porque me ama.
—NO TE AMO.
—Aún.
—…
Esto no tenía sentido.
Nada de esto lo tenía.
—Señorita Mina.
—¿Qué ahora?
—¿Hoy también intentará hacerme la vida imposible?
—Siempre.
—¡Qué emoción!
—…
Debería odiarla.
Debería rechazarla.
Debería…
—…
—Hmph.
Desvié la mirada.
—No eres divertida.
—Yo sí creo que lo soy.
—Nadie te preguntó.
—Pero usted respondió.
—…
Antes de que pudiera continuar—
—Señorita Mina.
La voz de Oliver.
Giré ligeramente.
—¿Qué ocurre?
—La profesora Isabel está llamando a Iris y a Yukko.
—¿Y?
—Irás con ellas.
—No tengo por qué.
—No lo tienes.
—Entonces no iré.
—…
Oliver suspiró.
—Bien.
Iris se giró hacia mí.
—¡Volveré, señorita Mina!
—No hace falta.
—¡Espéreme!
—No lo haré.
—¡Entonces correré!
—No lo hagas.
—¡Lo haré!
—…
Se fue.
Arrastrando a Yukko.
—¡Iris, espera!
—¡No puedo, el amor me llama!
—¡Eso no tiene sentido!
—…
Silencio.
Por primera vez en un rato…
tranquilidad.
—…
—Te ves más calmada —dijo Oliver.
—Lo estoy.
—No lo parecías hace un momento.
—No es asunto tuyo.
—Nunca lo es.
—Entonces deja de hablar.
—No.
—…
Oliver cruzó los brazos.
—¿Por qué haces eso?
—¿Eso?
—Con Iris.
—…
Desvié la mirada.
—No entiendo a qué te refieres.
—Sí lo haces.
—No.
—La molestas.
—Es una plebeya.
—Eso no responde la pregunta.
—Es suficiente.
—No lo es.
—…
—Sabes que es rara —continuó—, pero no es peligrosa.
—…
—Entonces, ¿por qué?
—…
Apreté ligeramente los dedos.
—No entiendes.
—Explícame.
—Los plebeyos…
—¿Qué?
—No sabes lo que pueden ocultar.
Oliver arqueó una ceja.
—¿Y los nobles sí son diferentes?
—…
—¿Lo son?
—…
No respondí.
—Porque si me preguntas a mí —continuó—, he visto más nobles causar problemas que plebeyos.
—…
—Así que no veo la diferencia.
—…
Algo…
no encajaba.
—…
—Hmph.
Desvié la mirada.
—No sabes de lo que hablas.
—Tal vez no.
—Definitivamente no.
—Pero tú tampoco estás segura.
—…
Silencio.
—…
—Tch.
—…
Sus palabras…
eran molestas.
Porque…
—…
Porque no eran completamente incorrectas.
Y eso…
me llevó a recordar.
Esa noche.
El caos.
Los gritos.
El fuego.
—…
—Señorita Mina, corra.
La voz de un sirviente.
Mi casa.
En llamas.
—¿Qué está pasando?
—Plebeyos.
—¿Plebeyos?
—Han irrumpido.
—…
Recuerdo claramente el miedo.
Pero más que eso…
la confusión.
—¡Padre!
—Estoy bien.
—¿Madre?
—No te acerques.
—…
No estaban heridos.
No en ese momento.
Pero todo estaba destruido.
—¿Por qué…?
—…
Nadie respondió.
Los plebeyos fueron capturados.
Encarcelados.
Castigados.
—…
Pero algo faltaba.
—…
—¿Dónde está…?
Silencio.