Capítulo: El problema de las rutas
Iris observó el techo de su habitación.
Era tarde.
Demasiado tarde para seguir despierta.
Y sin embargo no podía dormir.
—Qué raro...
Giró sobre la cama.
—Definitivamente esto no pasó en el juego.
Aquella frase se había vuelto cada vez más frecuente en los últimos meses.
Al principio todo parecía sencillo.
Ella conocía la historia.
Conocía los personajes.
Conocía los eventos.
Conocía los finales.
Sabía quién terminaría enamorándose de quién.
Quién pelearía con quién.
Quién triunfaría.
Quién perdería.
Y sobre todo...
Sabía quién sería exiliada.
Mina Belrose.
La gran villana.
La noble arrogante.
La rival de la protagonista.
La persona que, sin importar la ruta, siempre terminaba perdiéndolo todo.
Iris suspiró.
—Qué juego tan cruel...
Ahora que conocía a Mina de verdad, le parecía absurdo.
Sí, era orgullosa.
Sí, era insoportable.
Sí, se creía mejor que todos.
Pero eso la hacia mas encantadora!.
También era Responsable.
Disciplinada.
Y mucho más amable de lo que quería admitir.
—Aunque se lo diga todos los días.
Sonrió.
Cerró los ojos.
Recordando.
Antes de despertar en aquel mundo.
Antes de la academia.
Antes de Yukko.
Antes de Oliver.
Antes de todo.
Recordaba haber sido una chica muy distinta.
Mucho más callada.
Mucho más tímida.
Le costaba hablar con otros.
Le costaba expresar lo que sentía.
A veces incluso prefería quedarse sola.
Por eso terminó refugiándose en aquel juego.
El famoso juego otome.
El juego cuya historia conocía tan bien.
O al menos eso creía.
Porque mientras más tiempo pasaba.
Más extraña se volvía aquella sensación.
Como si estuviera recordando algo.
Y no jugando algo.
Sacudió la cabeza.
—Estoy pensando demasiado.
No tenía sentido.
Era un juego.
Eso era todo.
Simplemente un juego.
Y ella era la protagonista.
O al menos debería haberlo sido.
Pero ahora mismo estaba mucho más preocupada por cierta noble de cabello plateado.
—Mina es más importante.
Sonrió para sí misma.
Aquello no había cambiado.
Y no cambiaría.
Aunque el destino insistiera.
Aunque el juego insistiera.
Aunque el mundo entero insistiera.
Ella no dejaría sola a Mina.
Jamás.
A la mañana siguiente.
Iris caminaba por los jardines de la academia.
Intentando evitar a ciertas personas.
Más específicamente.
A tres personas.
—Si sigo por aquí...
Giró una esquina.
Y se detuvo.
—Buenos días.
—...
Lucien estaba frente a ella.
Iris sintió deseos de huir.
No porque le desagradara.
Sino porque sabía perfectamente quién era.
Lucien Arkwright.
Interés amoroso de la Iglesia.
Ruta tres.
Especialista en magia.
Genio académico.
Y extremadamente difícil de conquistar.
—Buenos días.
—Pareces nerviosa.
—¿Yo? Para nada.
—Mentira.
—...
Maldito fuera.
Siempre era así.
Lucien inclinó ligeramente la cabeza.
—Quería preguntarte algo.
—¿Sí?
—Tus resultados académicos.
—¿Qué tienen?
—Son extraños.
Iris sintió una punzada.
—¿Extraños?
—Posees conocimientos que normalmente requerirían años de estudio.
—Ah...
—Y sin embargo ignoras conceptos básicos que cualquier noble conoce.
—Bueno, es que soy una plebeya jeje...
—Es inconsistente.
Lucien la observó.
Iris recordó inmediatamente la ruta.
Si respondía de forma superficial.
Perdía afecto.
Si compartía conocimiento.
Ganaba afecto.
—Porque leo mucho.
—No es suficiente explicación.
—También me gusta investigar magia.
—Continúa.
Y así estuvieron.
Durante casi media hora.
Hablando de teoría mágica.
Afinidades elementales.
Estructuras de hechizos.
Control energético.
Incluso líneas ley.
Lucien terminó completamente concentrado.
Por primera vez.
Parecía genuinamente interesado.
Cuando finalmente se separaron.
Iris suspiró.
—Bien.
Uno menos...
Espera un momento, no se suponía que tenia que ser superficial!?
AAAHG, no puede ser.
Se giró.
Y casi chocó contra alguien.
—¡Oye!
—Perdón.
Cael Verdan.
Ruta dos.
El interés plebeyo.
Iris sintió un dolor de cabeza.
—Claro que tenía que aparecer ahora.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Qué persona más rara jeje.
Caminaron juntos unos minutos, aunque no por voluntad propia.
Hasta encontrar a un estudiante de primer año cargando varias cajas.
El chico claramente tenía dificultades.
Cael se preparó para seguir caminando.
Pero Iris ya había llegado.
—¿Necesitas ayuda?
—¿Eh?
—Ven.
Yo cargo una.
—N-no hace falta.
—Claro que hace falta.
Cael observó.
Sorprendido.
Iris cargó varias cajas sin quejarse.
Y terminó ayudando al muchacho durante varios minutos.
El estudiante se marchó agradeciendo una y otra vez.
Cael la observó.
—No tenías necesidad de hacerlo.
—¿Y?
—Era trabajo suyo.
—Y seguía necesitando ayuda.
Cael permaneció en silencio.
Iris conocía perfectamente esa reacción.
En el juego era exactamente igual.
Siempre reaccionaba bien cuando ayudabas a otros sin esperar recompensa.
—Qué sencillo era aumentar afinidad contigo...
—¿Qué?
—Nada.
—Hablas sola demasiado.
—Es un talento.
—Eso explica muchas cosas.
—Oye.
Cael terminó riéndose.
Y por alguna razón.