ODIO QUE SEAMOS UN CROSSOVER
CAP CUATRO
CAPÍTULO CUATRO
ODIO QUE SEAMOS UN CROSSOVER
CAPÍTULO CUATRO
—¿Gilberto? —preguntó Kenneth con incredulidad, incorporándose un poco contra el tronco del árbol.
—¿Quién más si no, eh? —respondió Gilberto mientras se sentaba en las gradas y apoyaba los brazos sobre sus rodillas.
Kenneth miró la pantalla de su teléfono con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Cómo es que tienes mi número?
—Me lo pasaron.
—¿Quién?
—No sé.
Kenneth parpadeó un par de veces.
—¿Cómo que no sabes?
Gilberto se encogió de hombros.
—Pues... no sé.
—No te hagas wey.
—Sí me hago.
Kenneth soltó una pequeña risa, negando con la cabeza.
—Ya, ¿quién fue?
—No me acuerdo.
Kenneth lo miró con incredulidad, aunque sabía perfectamente que Gilberto no podía verlo.
—Eres un pendejo.
—Gracias —respondió Gilberto con toda tranquilidad.
Kenneth sonrió.
—No era un cumplido.
—Ya sé.
Los dos soltaron una risa.
Kenneth volvió a acomodarse contra el tronco, estirando las piernas sobre el pasto.
—¿Y para qué me llamaste?
Gilberto levantó la mirada hacia el campo vacío.
—Quería hablar contigo.
Kenneth arqueó una ceja.
—¿Así nada más?
—Sí.
—Qué raro.
—¿Por qué raro? —preguntó Gilberto, soltando una risita.
—Porque la última vez que hablamos terminamos en una camioneta de la Marina.
Gilberto bajó la cabeza mientras se reía.
—Bueno, técnicamente nos llevaron juntos.
—¡Porque tú empezaste la pelea!
—¡Tú me pegaste primero! —protestó Gilberto, levantando una mano.
—¡Porque me tiraste el refresco encima del libro!
—¡Ya te dije que fue un accidente!
—¡Y yo ya te dije que era mi libro!
—Pues cómprate otro.
Kenneth se quedó completamente callado.
Su expresión cambió lentamente a una de indignación.
Gilberto sonrió al notar el silencio.
—¿Qué?
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué? —preguntó, intentando contener la risa.
—Porque no era cualquier libro.
—¿Tan bueno estaba?
Kenneth asintió con seriedad.
—Sí.
—¿De qué era?
—De romance oscuro.
Gilberto frunció el ceño.
—¿Romance oscuro?
—Sí.
—¿Y qué tenía eso de especial?
Kenneth sonrió de lado.
—No te voy a contar.
—¿Por qué?
—Porque no.
Gilberto soltó una carcajada.
—Qué mamón.
—Cállate.
Kenneth también terminó riéndose.
Por unos segundos, ninguno dijo nada.
El viento movió ligeramente las ramas sobre Kenneth y algunas flores de cerezo cayeron cerca de él.
—¿Dónde estás? —preguntó Gilberto.
—En Japón.
—Eso ya lo sé. Las redes sociales están llenas de videos de su presentación de allá.
Kenneth miró alrededor.
—Pues ahí está tu respuesta.
—O sea, sí, pero ¿en qué parte?
—No sé.
Gilberto soltó una risa.
—¿Cómo que no sabes?
—Estoy en una arboleda.
—Ah, sí. Súper específico.
Kenneth hizo un gesto de fastidio, aunque sabía perfectamente que Gilberto no podía verlo.
—Hay árboles.
—No me digas.
—Y flores.
—¿De cerezo?
Kenneth levantó la mirada hacia las ramas.
—Sí.
Gilberto comenzó a canturrear juguetonamente.
—Entonces sí estás en Japón.
—¿Qué esperabas? ¿Que estuviera en Guadalajara fingiendo?
—Sí.
Kenneth dejó escapar una risa nasal.
—¿Y tú dónde estás?
—En un campo.
—¿Entrenando?
—Ya terminé.
—Entonces, ¿por qué sigues ahí?
Gilberto se recargó hacia atrás sobre las gradas y miró el cielo.
—Porque no quería regresar todavía.
Kenneth dejó de sonreír por un momento.
—Ah...
Gilberto inmediatamente notó el cambio en su tono.
—¿Qué?
—Nada.
—Ese “ah” sonó raro.
—No sonó raro.
—Sí sonó raro.
—No.
—Sí.
Kenneth negó con la cabeza mientras sonreía.
—Que no.
—Bueno.
—Bueno.
Se hizo otro pequeño silencio.
Kenneth jugueteó con una hoja que había caído a su lado mientras Gilberto golpeaba suavemente la punta de su tenis contra la grada.
Después de unos segundos, Kenneth habló.
—Oye.
—¿Qué?
—¿Te acordaste de mí?
Gilberto soltó una risa corta y miró hacia un lado.
—Un poco.
Kenneth levantó las cejas.
—¿Un poco?
—Sí.
—¿Por qué?
Gilberto se quedó pensando unos segundos.
—No sé. Estaba sentado y me acordé de lo que pasó.
—¿De la pelea?
—Ujum.
Kenneth sonrió.
—Qué traumático.
—Para ti fue más traumático tu libro.
Kenneth soltó una risa.
—No diré nada respecto a eso.
Gilberto volvió a reír.
—Sigues siendo bien intenso, pinche morro.
Kenneth puso los ojos en blanco.
—Y tú sigues siendo bien idiota.
—Mira quién habla.
—Yo puedo insultarte porque mi libro quedó destruido.
—Ya vas otra vez con eso.
—Nunca lo voy a superar.
Gilberto negó con la cabeza, riéndose.
—Ya pasó como un mes.
—Y el dolor sigue.
—Dramático.
—Futbolista.
—Cantante.
—Morenito.
—Morro fresa.
Kenneth abrió la boca, ofendido.
—Oye, no me digas así.
—¿Por qué?
—Pos porque no.
—¿Y cómo quieres que te diga?
Kenneth se quedó pensando.
—Kenneth.
Gilberto hizo una mueca.
—Muy aburrido.
—Pues Kenneth.
—No.
—¿Entonces?
Gilberto sonrió.
—Morro.
Kenneth soltó una carcajada incrédula.
—¡Gilberto!
—¿Qué?
—Eres insoportable.
—Y aquí sigues hablando conmigo.
Kenneth se quedó callado.
Miró la pantalla del teléfono durante unos segundos.
—...
Gilberto sonrió al otro lado de la llamada.