Me dejó por su amante y me casé con su tío.

Capítulo 1

Fiorella

El retraso era de quince días.

Quince malditos días.

Miré el calendario del teléfono por cuarta vez antes de dejarlo sobre la mesa.

Dos semanas.

No debía emocionarme.

La última vez habían sido once y terminé gastando dinero en tres pruebas de embarazo para descubrir que, como siempre, mi cuerpo simplemente había decidido jugar conmigo.

—No te ilusiones —me repetí.

Pero mi mano descendió hasta mi vientre de todos modos.

Era una tontería, no sentía nada.
No había cambiado nada y, aun así, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña parte de mí deseaba que fuera cierto.

Que tal vez esta vez…

—Señora, el señor ya llegó.

Levanté la cabeza al escuchar a la empleada.

—¿Adrián?

—Sí. Está en el despacho.

Miré el reloj. Era extraño que hubiera llegado tan temprano.

Durante los últimos meses, Adrián había tenido demasiadas reuniones, demasiados viajes y demasiadas cenas de negocios.

Muchas excusas juntas.

Pero aquella noche había decidido que no iba a pensar en eso.

Aquella noche iba a hablar con mi esposo de mi retraso, sabía que quería esto tanto como yo, no solo por el bebé, esto aseguraría su tan deseada herencia.
Sonreí para mí misma, nerviosa, y me puse de pie.

—Gracias, Marta.

Caminé por el pasillo con una mano aferrada al pequeño bolso que llevaba conmigo. Dentro había una prueba de embarazo que había comprado esa misma tarde.

Todavía no me la había hecho.

No quería hacerlo sola.

Qué ridícula.

Después de tres años de matrimonio, seguía imaginando que compartir una posible noticia así con mi esposo podía arreglar las cosas.

Tal vez un hijo nos devolvería algo de lo que habíamos perdido.

Quizá dejaría de llegar a casa oliendo a perfume que no era el mío.
O volvería a mirarme como antes.

Mis pasos se detuvieron frente al despacho.
La puerta estaba entreabierta y, de la nada, el pecho se me oprimió.

—¿Adrián?

No respondió, así que entré.

Estaba de pie junto a la ventana, con una copa de whisky en una mano y los hombros tensos.

Algo en su expresión hizo que mi sonrisa desapareciera.

—¿Ocurrió algo?

Se giró lentamente.

—Tenemos que hablar.

Ah. Esas cuatro palabras.
Nunca en la historia de un matrimonio habían traído algo bueno. Intenté bromear.

—Eso suena aterrador.

Él no sonrió, esperaba que lo hiciera, juro que sí.

Mi estómago se hundió.

—Siéntate, Valentina.

Ahora sí tenía miedo.

Me senté frente a su escritorio mientras él permanecía de pie.

No sabía por qué, pero de repente el pequeño bolso que llevaba conmigo pesaba demasiado.

—Adrián… —comencé, será yo quien le dijera ahora.

—Ha vuelto.

Fruncí el ceño, pero mi corazón tembló.

—¿Quién?

Él me miró directamente.

Y no necesité que pronunciara su nombre, lo sabía, su rostro me lo dijo sin tener que hacerlo todavía.

Lo supe antes.

Isabella. Su primer amor.
La mujer cuyo nombre nunca decía, pero que yo conocía demasiado bien para mi desgracia.
La mujer de las fotografías antiguas que su madre todavía guardaba.
Había desaparecido de su vida años atrás.

La única persona que, incluso después de casarme con él, yo sentía que jamás había abandonado realmente nuestro matrimonio.

Mi garganta se cerró.

—¿Cuándo? —fue una pregunta estúpida, lo sé, pero si no hablaba lloraría, y llorar no es siempre la solución.

—Hace unos meses.

Unos meses... Lo miré, parpadeé con mi cabeza haciendo conjeturas, sumando, todo cuadraba.

—¿Hace unos meses?

—Fiorella...

—¿Cuántos meses?

Apretó la mandíbula.

Y ahí tuve mi respuesta, un frío recorrió mi cuerpo, ella era la dueña del perfume.
Todos esos viajes, las reuniones de última hora, esas noches en las que dormí sola.

—¿Estás con ella? —mi voz se quebró y me odié en serio, no quería verme patética, pero ya era una patética.

No respondió.

Solté una risa pequeña, sin una pizca de humor.

Era increíble cómo el corazón podía romperse y aun así seguir funcionando.

—Dime que no, Adrián.

Silencio.

—Dime que no, por favor —supliqué sin saber qué era exactamente lo que pedía.

—No quería hacerte daño.

Una risa escapó de mis labios y lo miré fijamente.

—Qué raro, porque duele como la mierda, pero todavía no respondes mi pregunta.

Cerró los ojos durante un segundo, aunque a mí me parecieron horas.

—Sí.

Solo una palabra.

Dos letras que me destruían la vida.

Algo murió en mí, no sé exactamente qué, pero de repente un interruptor bajó y, aunque dolía más, el deseo de golpearlo se había esfumado.

—Sí.

—Lo siento.

—¿Desde cuándo?

—Fiorella...

—¿Desde cuándo, Adrián?

—Meses...

Meses. No tenía ni la decencia de especificarme cuántos, solo eso, meses.

Asentí lentamente.

Mi esposo llevaba meses acostándose con otra mujer mientras yo seguía esperándolo cada noche como una estúpida. Una idiota de la que se ríe a placer.

Mis dedos buscaron el borde del bolsillo.
La prueba de embarazo estaba allí.

Y de repente me pareció absurda.
Ridícula. No podía decirle que tenía un retraso. No después de aquello.

Pero Adrián todavía no había terminado: faltaba la estocada.

—Isabella está embarazada.

Mi mundo se quedó en silencio, el piso se me rompió, no sabía si seguía en la casa o en caída libre por un hoyo negro.

No escuché el reloj, ni el aire acondicionado.
No escuché nada.

Solo esas tres palabras repitiéndose dentro de mi cabeza.

Está embarazada.

Está embarazada.

Está embarazada. Era una locura, vi en mi mente pequeños Adrián acusándome y otros riéndose.

Tragué saliva.

—¿Qué? —mi voz salió deformada.




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