Me dejó por su amante y me casé con su tío.

Capítulo 2

Fiorella

La doctora seguía hablando. Algo sobre controles regulares, sobre un embarazo de alto riesgo, sobre nombres de especialistas que apuntaba en una hoja.

Yo miraba mis manos; eran como hojas al viento, moviéndose sin control. Embarazada y sola... Toda mi vida empezaba a romperse ahora, no hace un mes, cuando quedé formalmente divorciada, tampoco cuando las redes comenzaron con rumores de boda entre Adrián e Isabella. Lo hizo hoy, cuando por fin caigo en cuenta de que no sé qué hacer.

Salí de la clínica con la hoja de citas guardada en el bolso, junto a la ecografía en blanco y negro. No tenía una madre a quien enseñársela, ni una hermana emocionada esperando a gritar por mí. Mi única familia era mi abuela y me había dejado hace un año por una enfermedad. Marqué el número de mi mejor amiga Renata, mi único contacto de emergencia.

—Fiorella, ¿cómo sigues?

—Necesito verte, Reni.

—¿Pasó algo con Adrián? No me digas que has seguido viendo sus redes sociales.

—Necesito verte, Renata —repetí con un nudo en mi garganta y la voz se perdió al final.

—Ven a mi casa.

Veinte minutos después, estaba frente a la puerta de madera. Toqué una vez y Renata abrió la puerta antes de que tocara por segunda vez. Llevaba dos meses escuchándome hablar de Isabella, del perfume que no era el mío, de las cenas de negocios que nunca existieron. No hizo preguntas nuevas, solo me hizo pasar y me sentó en el sofá de la sala.

—Desahógate, cariño.

—Estoy embarazada.

Renata se quedó quieta un segundo; todo el sonido del lugar se esfumó.

—¿De Adrián?

—¿De quién más? —levanté una ceja, pero la entendía; yo también estaba nerviosa.

—Lo siento, es obvio que de él. ¿Y él lo sabe?

—No. Me acabo de enterar.

—Amiga... ¿cuánto tiempo?

—De trillizos, Renata.

Se sentó a mi lado sin decir nada por un rato largo.

—¿Tres? Te preguntaba por meses, no por cantidad... —rascó su melena oscura.

—Sí... —sonreí—. Trillizos.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Le piensas decir?

—Recuerda que se desvinculó de cualquier problema.

—Maldito animal —dejó escapar aire con brusquedad.

—¿Qué quieres hacer?

—Irme.

—¿Irte a dónde?

—No sé. Lejos. No quiero que Adrián se entere nunca de esto. No quiero que me busque, aunque sé que no le importamos. No quiero que alguna vez quiera verlos siquiera —sollozo alto—. Y sí, soy egoísta, pero me siento muy mal.

Mi amiga me rodeó con sus brazos; el olor suave de su perfume me arropó al instante.

—Shh... Ya, bella, si quieres irte te ayudaré.

—¿Eh? —levanté mi cabeza.

—Tengo una abuela en Suiza, ¿te acuerdas de Amalia? Puedo escribirle.

—¿Suiza?

—O Nueva York, si prefieres algo más cerca. Tengo un primo allá que tiene una empresa en ascenso. También puedo preguntarle, no dirá que no.

No contesté enseguida. Pensé en Adrián, con su mirada de hielo, en Isabella, en las fotos juntos a él y asentí.

—Suiza —dije al final.

—Bien. Les escribo hoy mismo.

—Tengo dinero, Renata. Del divorcio. No me dejó en la calle, me dio lo suficiente para vivir unos años si soy cuidadosa.

—Entonces úsalo. Y usa lo que sabes de joyas.

—Eso es un hobby, Reni.

—Deja de llamarlo hobby. Vas a tener tres hijos y ningún apellido detrás que te sostenga. Necesitas un trabajo, no un pasatiempo. Y tienes buen ojo, siempre lo has tenido.

—No sé si me alcance para vivir de eso.

—No lo vas a saber sentada aquí. Empieza pequeño, compra material, arma piezas, véndelas donde puedas. Con el tiempo se convierte en algo serio o no se convierte, pero al menos lo habrás intentado con lo tuyo, no con lo que Adrián decida darte o quitarte.

Me quedé mirando mis manos otra vez. Las mismas manos que llevaban meses sin hacer nada más que temblar.

—Voy a extrañarte, Reni.

—No vas a tener tiempo de extrañarme, vas a estar ocupada con tres bebés y un negocio nuevo. Pero yo voy a ir a visitarte. Cada vez que pueda, tomo un vuelo y aparezco.

—¿Lo prometes?

—Te lo prometo. Y cuando aparezca, más te vale tener algo bueno que enseñarme, porque no pienso cruzar un océano para verte llorando por Adrián.

Sonreí, la primera vez en semanas que sentía algo parecido a un respiro.

Esa noche empecé a hacer listas. Vuelos, documentos, lo poco que necesitaba llevarme y lo mucho que estaba dispuesta a dejar atrás. En una hoja aparte anoté lo que necesitaría para empezar: alambre, piedras básicas, herramientas pequeñas, un nombre nuevo para firmar las obras. No sabía si esto se daría, pero quería hacerlo bajo seudónimo.

Fiorella Vasco se quedaba en ese país, la mujer que dejaron por estar incompleta, por no poder concebir.

La mujer que subiera a ese avión sería otra persona, una que no se dejaría vencer ni se quedaría a llorar. Tenía tres razones para salir adelante y eso era el combustible que necesitaba.




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