Adrián
Maldición, tomé el vaso de bourbon en mi mano y lo dejé en la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Hey, la mesa no tiene culpa de tus problemas... —Hernán me mira por encima de su propio trago.
—No empieces tú también, estoy harto de todo. Isabella no para de llamar con estupideces...
—Vaya, no pareces el mismo hombre alegre de hace unos años...
—Hernán, no estoy para tus sermones —bufo y me masajeo las sienes.
—No es un sermón, recuerdo haberte dicho que no dejaras a tu esposa por una ilusión pasajera...
—Basta, Hernán, carajo —golpeo la mesa de caoba pulida—. Tengo suficiente con mi madre presionando para la herencia como para que tú te unas al martirio.
—Solo digo... No te alteres, ¿y qué dice Isabella?
—Nada que va a decir. Cuando intento llevarla a otra especialista, llora y hace drama...
—Vaya, debe ser duro para ella no volver a embarazarse después de su pérdida.
—Ni me lo recuerdes... —me paso las manos por la cara—. Ahora es otra, ya no es dulce y frágil, no para de exigir y me está hartando.
—Y tu tío, ¿lo han visto muy frecuente en la mansión? ¿Crees que aparezca con una esposa?
Elevo la cabeza hacia él, a veces no sé si es mi amigo o me odia en secreto.
—Hernán, gracias por recordarme que puedo perder la maldita herencia por no tener un heredero.
—Oye, oye —levanta las manos—. Ya, lo suelto, mejor te cuento que la gente que mandaste a buscar a tu ex está barriendo el planeta.
—Esas sí son buenas noticias... Necesito verla, no sé, ella... —cierro los ojos.
—Ella podría tener un hijo tuyo, lo sé y es tu oportunidad.
—No quiero encontrarla para eso, la extraño, además si hubiese un hijo mío por allí, la hice firmar aquel maldito documento —aprieto los puños con el arrepentimiento martillando mi conciencia.
—No te va a perdonar, perdón que te lo diga, pero yo no lo haría, fuiste un bastardo...
—Lo sé y odio que tengas razón, pero... No puedo dejar de recordarla... Ella es muy diferente a Isabella...
—Claro, ella no amaba tu dinero —se ríe y lo asesino con la mirada.
El teléfono suena y lo pongo boca abajo, ya no sé qué vez es esta en la que llama.
—Otra vez Isabella...
No le respondo a ella, pero sí contesto la llamada.
—¿Qué pasa ahora, Isabella? —ruedo los ojos, todo esto lo merezco, lo sé.
—Estoy harta, tu madre vino a casa a decirme que tu tío se va a casar, que esto es mi culpa —llora, pero yo solo me concentro en lo que dijo.
Si ese desgraciado se casa y tiene un heredero, me jodí, carajo, ¿por qué demonios todo se me junta?
Corto la llamada y llamo a mi madre, que es peor que Isabella.
—Adrián, ¿ya te enteraste? Tu tío se va a casar...
—¿Con quién?
—No sé quién y no me interesa, no importa quién, lo que importa es que no le dé un hijo...
—Mierda, debemos hacer algo... —echo la cabeza hacia atrás y me estrujo los ojos.
—Debes hacer algo tú y hazlo ya —continúa tan alto que debo entrecerrar los ojos apartando el celular de mi oreja—. ¿Ya buscaste a Fiorella? Tal vez tenía razón, tráela aquí y anula el papel o amárrala hasta que te dé un hijo.
Parpadeo ante sus palabras, esto la tiene tan colapsada como a mí, detesta a su hermano menor y odiaría que me quitara la herencia.
—Eres un imbécil, tenías a tu mujer, ya habías ido al médico, todo estaba bien, debías esperar, ¡pero no! —exhala aire de forma dramática y ruidosa—. ¿Y todo por qué? Por esa zorra que no hace más que gastar...
—Deja de gritarme y mejor mantenme informado, ya están buscando a Fiorella, si no tiene un hijo mío la conoceré de... No sé, yo resuelvo.
Corto la llamada y pongo el teléfono en la superficie, esto es mi karma, pero no dejaré que me roben la herencia.
—Deja a Fiorella tranquila. Busca un vientre en alquiler, debiste hacerlo antes —Hernán decide volver a hablar.
—Después de fallar con Isabella, se lo propuse y cayó en depresión, casi se suicida...
No me contesta, solo se ríe negando.
—Si tienes algo que decir, dilo y deja de burlarte, eso es peor.
—Bien, bien, Isabella es una manipuladora, piensa que si tienes el hijo con otra ella deja de ser útil, haga lo que hagas, no le digas —entrecierro los ojos.
La sirvienta con la que me acostaba desapareció después de que ella nos descubriera, luego apareció muerta por un accidente, pero eso es coincidencia. Niego con la cabeza.
—¿Qué tanto piensas?
—Nada, Hernán, ella no es así, es mimada y caprichosa, es todo... Buscaré un poco más a Fiorella, si no, tomaré medidas.
Un ruido se oye en la puerta y nos miramos fijo, me levanto a ver quién es, pero no hay nadie, la secretaria no está en su puesto y regreso a la oficina, todo este tema me está enloqueciendo.
Sé que cometí un error al dejarla, pero la voy a encontrar y esta vez será el turno de Isabella de irse de mi vida... Me equivoqué, no la amaba, solo pensaba en lo que no fue... Ahora que lo tengo, creo que cometí un grave error.