Fiorella
Mi espalda está apoyada en el respaldo de mi silla de cuero, una mano en el puente de la nariz y la otra sosteniendo el teléfono...
Al otro lado, Lauro Macarelli discute mi próxima colección de joyas o, al menos, me hace su pedido...
—Me parece bien, puedo darle todo lo que me está pidiendo sin inconvenientes, solo uno...
Se queda en total silencio, respirando lento. Está acostumbrado a hacer su santa voluntad, pero conmigo no va a poder. He tratado con gente así muchas veces y ya los sé manejar, tengo práctica con tres miniaturas que ponen mi paciencia al límite día con día.
—¿Y qué será eso, señora Rossi? —arrastra las palabras, bajando la voz, como quien pregunta por cortesía porque ya ganó, sea lo que sea.
—No iré a Italia, puedo trabajar desde aquí...
Suelta una risa seca y oigo el tintinear de hielos contra un cristal.
—Señora Rossi... Necesito que esté cerca de mí para poder supervisar...
—No, yo lo llamaré cuando el pedido esté listo. Estoy colmada de trabajo e irme sería ponerme en dificultades...
—Puedo pagar más, pero me gusta tener el control de...
—Creo que debería buscar otra opción entonces, señor Macarelli. No me iré a Italia, no puedo. Le pasaré el número de un colega que es de allá. Él podría...
—Bien, bien, para qué alterarnos, usted es la mejor en lo que hace... —menea su vaso y escucho el sonido de su garganta al tragar—. Lo haremos como usted diga, téngame informado.
La llamada queda en un tono sordo y largo, pero mi sonrisa se ensancha. Estos hombres piensan que pueden manipular mi vida solo por tener dinero, no tengo lo que tengo por esperar que otros decidan por mí...
—Mami, mami, ¿ya terminaste? —uno de mis entrenadores de la vida misma entra.
Su cabello liso y castaño parejo es lo primero que noto.
—Lo hice, bebé. ¿Qué pasa? —me levanto y camino hasta él para agacharme hasta su altura.
—Nos están vigilando, mami. Lo sabemos, el cuartel y yo lo tenemos en la mira —suelto una risa cuando se aleja de mí y se agacha hacia la ventana. Saca el radio de juguete que les compré el cumpleaños pasado y habla—: Objetivo en la mira.
Mis hombros se mueven ante la risita que se me escapa y lo sigo.
—Mami, agáchate, te van a ver, alguien nos vigila...
Ruedo los ojos, me arrepiento de haberles dicho que nunca hablaran con extraños porque hay gente que nos busca... Fue una medida algo extrema luego de que mi princesa se perdiera en el centro comercial por hablar con alguien.
—No hay nadie allí, Luca —le acaricio su cabello de corte redondo.
—Mami, sí lo hay. Muchachos, listos para el ataque...
Tomo de la mano a mi pequeño mercenario y lo llevo a la sala.
—Mami, no andes así, bájate un poco, los malos nos han encontrado —Matteo, mi hijo mayor, por un minuto me hace una señal de silencio llevando su dedito a la boca.
Lleva una pistola larga de juguete que avienta pintura. Niego. Definitivamente no es bueno que mi asistente les regale cosas.
Me observa con el rostro serio y su cabello peinado hacia atrás, metódico y todo un líder...
—Matteo, nadie está afuera, deben dejar de ver esos programas. Por eso las niñeras no duran...
—Son débiles, mami, no aguanta el poder trillizos —Luca se ríe, es diferente a su hermano, impulsivo y extrovertido.
Busco por todo el lugar sin encontrar a la tercera pieza.
—Falta uno de sus elementos, capitán —bromeo, llevando mi mano a la cabeza en señal de saludo.
El radio en la mano de Matteo hace ruido y entonces la oigo, esa vocecita dulce, aunque algo distorsionada por la interferencia.
—En la habitación, mami, estoy en mi puesto... —su tono cantarino me saca una sonrisa, mi pequeña Aurora, mi princesita y la de sus hermanos...
—Baja a comer, pequeña espía —niego, dirigiéndome a la cocina.
Hace cinco años los vi por primera vez cuando di a luz, no sabía si mis joyas se venderían, tampoco sabía que hacer con tres niños y aun así, a ellos no les faltaba nada. Recuerdo cómo lloraba por no saber qué hacer con tanto, mi amiga Reni tomaba mi mano, animándome a traerlos al mundo, pero ellos son lo mejor que me pudo pasar.
—Vengan a comer, ya la comida está preparada —me dirijo al comedor. Ana coloca la comida en la mesa.
Mi vista se pierde recordando todo lo que pasé. De no ser por la dulce abuela de Renata, no sé dónde estaría. Me hizo parte de su familia y aquí estoy. Pasé de ser una mujer divorciada con tres hijos en mi vientre a una joyera reconocida bajo el nombre de Ella Rossi.
—Mami... Dijiste que nos buscaban, debemos estar listos... —Luca monta sus bombas de no sé qué a la mesa.
—Baja eso, Luca —sonrío.
—Madre, él tiene razón, nuestra seguridad es importante —Matteo endereza su espalda y toma un cubierto.
Risas se oyen desde la escalera y luego aparece...
—Mamita... Aquí... —corre a mis brazos.
Su cabello largo y castaño, con pequeños reflejos claros, se mueve con el viento.
—Quiero comer tostadas y miel, mami.
Beso sus mejillas rosadas por lo agitada que está.
—Princesa, ¿qué te he dicho de correr? Allí está tu desayuno...
—Siii, está delicioso —le da un mordisco a su desayuno—. Alguien nos vigila, mami, tal vez sea un papi.
Me congelo, otra vez ese tema...
—Sabemos que no tenemos papá, mamá, pero podemos tener uno... —Luca murmura, aún masticando.
—Están muy traviesos últimamente —cambio de tema.
—Edward tiene un nuevo papá y sigue teniendo su propio papá, solo que no viene a verlo mucho... —Matteo me informa y aparto la vista.
Pensé que no vería a Adrián de nuevo, pero él es su viva imagen, habla parecido, siempre controlando todo.
—No necesitan un papá, me tienen a mí —me hago la ofendida para salir de este problema.
—Mami, mis amigas tienen papá, son feos, pero son padres. Puedes comprarnos uno... —la vocecita de Aurora resuena en todo el comedor.