Tiziano
El toque constante de la mano de Rocco contra la madera es lo único que se oye en la oficina.
—¿Cómo va la búsqueda de mi querido sobrino? —suelto, apartando los ojos de la carpeta frente a mí.
—No han dado resultados aún —la risa burlona de Enzo llena el espacio—. Claro, porque no lo dejamos —otra carcajada.
El aroma a cuero y bourbon se impregna en la oficina, más un ligero olor a humo del cigarrillo de Damiano.
—¿Y ustedes sí la encontraron? ¿Qué investigaron? —miro a los tres idiotas a los que considero mis hermanos.
Damiano se levanta con las manos en los bolsillos, su saco blanco típico de su arrogancia.
—Ya está. Tiene otro nombre y no es una mujer cualquiera. Nos llevó tiempo saberlo.
Echo los hombros hacia atrás y entrelazo los dedos encima de la madera de caoba.
—No entiendo. Fiorella Vasco, hasta donde sé, no viene de una familia estable, pero se quedó sin nadie cuando murió su abuela. Cuando se fue, no tenía a quién recurrir.
—Exacto, no lo tenía. Y tienes razón, Fiorella Vasco no es alguien extraordinario. Pero Ella Rossi sí —Rocco me muestra el último archivo en la carpeta sobre mi escritorio.
—¿Ella Rossi? ¿La mujer a la que mi madre quiere conocer para reparar el anillo familiar?
Mis ojos se pasean por la información impresa. Parpadeo ante su expediente, sus diseños. Pensé encontrar a la exmujer de mi sobrino, una cualquiera fácil de comprar o de asustar. No esperaba esto.
—Hay algo más, Tiziano. Un detalle —Rocco se acerca con su teléfono en la mano—. La verdad son tres detalles.
Suelto una risa seca y corta. Tres criaturas de cabello castaño y ojos grandes yacen en la imagen frente a mis ojos. Me encuentro sonriendo como un idiota.
Tengo lo que necesitaba. No solo un heredero, sino la forma de joder a Adrián y a su padre. Por ese bastardo y la zorra de su madre mi madre quedó acabada, humillada delante de todo Milán, mientras se quedaba con lo que no le correspondía; va a pagar cada lágrima de ella con la sangre.
—El primer nieto nacido es el heredero —murmuro, más para mí que para ellos—. Y quien lo tutele controla todo hasta que cumpla la mayoría de edad.
Damiano deja de sonreír.
—Estás pensando en algo que no me va a gustar.
—Voy a casarme con ella.
El silencio que sigue dura tres segundos completos antes de que Enzo suelte una carcajada que no calza con la seriedad del momento.
—¿La exmujer de tu sobrino? Tiziano, eso es...
—Perfecto —lo corto—. Adrián la dejó embarazada de trillizos y ni siquiera lo sabe —una sonrisa se me forma, calculada y ladeada—. La abandonó por otra mujer y firmó un papel para que ningún hijo suyo pudiera tocar la herencia, sin imaginar que ya había uno en camino. Tres, en realidad —mis hombros no paran de moverse.
—O sea que él solito se puso la soga al cuello —Damiano levanta su trago.
—Y me dio la soga para que yo la jalara —tomo un sorbo del líquido ámbar que ya ni quema—. Yo llego, la protejo, me caso con ella y me convierto en tutor legal del heredero de la familia Bertoluci.
Meneo el vaso, que tintinea con los hielos al chocar. Adrián se queda sin nada y su madre pierde lo que tanto anhela... Mi madre estará feliz de saber la suerte de sus verdugos.
Rocco cierra la carpeta despacio.
—¿Y si ella no quiere casarse contigo?
Me pongo de pie y me acomodo el saco.
—Todavía no me conoce. Vamos a cambiar eso hoy mismo.
—Ella está en Suiza —indica Damiano lo que ya leí.
—Entonces empaquen. Nos vamos los cuatro.
—Suiza, ¡ahí te vamos! —grita el idiota de Rocco al salir de último.
El vuelo es corto, la espera más larga de lo que quisiera. Para cuando el auto se detiene frente a la casa, ya tengo memorizado cada dato del expediente: el nombre de la calle, el itinerario de ella, los nombres de los tres pequeños. Matteo, Luca, Aurora.
Subo los escalones de la entrada con Rocco, Enzo y Damiano detrás de mí y toco el timbre.
Del otro lado se oyen pasos pequeños, apresurados, y una vocecita infantil que grita como si hubiera visto venir el fin del mundo:
—¡No abras, mami, vinieron por nosotros!
Los hombres con los que vienen se miran entre sí y yo me preparo para lo que viene, porque por las buenas o las malas esa mujer, Ella o Fiorella, será mi esposa y el arma que acabe con mis enemigos.