Me dejó por su amante y me casé con su tío.

Capitulo 6

Fiorella

Los trillizos continúan evitando que abra la puerta, pero no hago caso, nunca hago caso, no le hice caso a mi amiga cuando me dijo que no le gustaba Adrián para mí, tampoco a mi abuela cuando advirtió que me fijara bien en las cosas y definitivamente no lo estoy haciendo ahora.

—No hay nadie malo allí, niños —sonrío, pero no me creen.

Lucca regresa con armas de pintura y le entrega más juguetes a su hermana.

—Escuadrón listo para el ataque —murmura Matteo delante de sus hermanos.

Sí, tengo la risa que burbujea en mis labios.

Mi mano se sienta encima de la manija de metal helado y abro...

Mis ojos se expanden al ver a cuatro hombres en mi puerta y ahora comienzo a creer que mis traviesos tenían razón.

—¡Qué demonios! —espeta uno de cabello negro y un pequeño corte en su ceja derecha cuando una carga de pintura impacta su pecho.

—Retrocede, mami, lo tenemos cubierto —Luca ataca a otro y mi rostro palidece.

Me quedo unos segundos estática mientras mis hijos atacan a quienes están parados en mi puerta.

—Niños, basta —levanto la voz cuando una bomba de pintura impacta en la cara del hombre que está delante de todos.

—Lo... lo siento —me giro hacia ellos y sus rostros son de angelitos incapaces de hacer daño a nadie.

—Vaya, estos niños me encantan —un hombre de cabello rubio y camiseta negra murmura.

—¿Quiénes son ustedes y qué hacen en mi puerta? —logro articular cuando los trillizos por fin detienen el ataque.

—Señora Fiorella Vasco, la estaba buscando... —su vista se clava en la mía.

Retrocedo un paso y trato de cerrar la puerta, pero es imposible. Su mano la sujeta y esta es imposible de mover ahora.

—Señores, creo que se han equivocado de persona —titubeo con el corazón a mil por hora.

—Vayamos por más equipo —gritan los niños, desapareciendo escaleras arriba, y lo agradezco.

—Salgan de mi propiedad o tendré que llamar a la policía —empujo al grandote de cabello castaño oscuro, pero no funciona.

—Me presento, señora, soy Tiziano Bertoluci y necesito hablar con usted... —su voz grave y aterradora no es lo que me hace flaquear las rodillas, es el apellido.

Ese maldito apellido.

—¿Nos invita un café, por favor? —otro más comenta casual, su cabello es castaño y no es tan aterrador como el resto.

Cometo el error de alejarme y es un error porque eso hace que pasen y cierren la puerta detrás de ellos.

—Deben salir ahora mismo de aquí, no sé quiénes son ustedes.

—Ah, ¿no? ¿Dirá que mi apellido no le hace ruido? —vuelve a preguntar la masa de músculos de nombre Tiziano.

—No, no sé quiénes son... Ahora deben irse —mi tono es tan inconsistente que soy patética.

—Si no habla con usted, podría quitarle a sus hijos, señora, y no hablo de algo legal —el sujeto de la mancha de pintura en el pecho y cabello negro.

—Damiano, cállate —le grita Tiziano.

—Nadie me va a quitar a mis hijos.

Me doy vuelta y lo primero que encuentro es un paraguas de perritos.

—Váyanse ahora —el paraguas se abre y uno de ellos suelta una risa.

—Está armada, Tiziano, vámonos de aquí —se burla el que tiene el cabello claro.

—Rocco, cierra la boca...

—Baje eso y vamos a sentarnos, no somos nosotros quienes le vamos a quitar a sus hijos.

—Nadie me va a quitar a mis bebés, ahora fuera —golpeo a Tiziano, pero sujeta el pequeño paraguas y me lo quita sin esfuerzo.

—Siéntese, señora Fiorella —vuelve a decir.

Miro el teléfono en la mesa y luego a las escaleras por donde se fueron mis hijos.

—Ana, encierra a los niños ahora y no los dejes bajar —grito.

La mujer no lo duda y va con ellos.

—No somos unos matones, señora —el hombre de cabello castaño con aspecto de modelo se peina el cabello—. Soy Enzo Romano, vinimos a ayudarla.

—No lo creo, parecen mafiosos...

—¿Hasta cree que los mafiosos son así de guapos? Bueno, mirando a Rocco puede pasar por un maleante, pero hasta allí.

—Idiota... —se defiende el mencionado.

—Fiorella, no quise asustarte —comienza el que parece ser la cabeza de todo, Tiziano.

—Pues lo hiciste, no sé qué quieras, pero no tengo nada que ver con tu apellido.

—Eso es parcialmente cierto —se sienta.

—¿Parcialmente? —repito.

—Correcto, esos hijos son de Adrián Bertoluci.

Dejo de respirar... ¿Es su hermano? No recuerdo que Adrián tuviese uno.

—¿Él lo mandó? Porque si es así, no puede hacer nada, él renunció a ellos.

Niega lento y tranquilo, y eso es más aterrador que si me apuntara con un arma.

—A mí no me manda nadie, hay cosas que desconoces...

Hace una pausa que me hiela la sangre.

—Adrián se casó con Isabella, pero ella no tuvo ningún niño...

Parpadeo y luego frunzo el ceño.

—Esa mujer nunca estuvo embarazada... No puede tener hijos y siempre lo supo.

—¿Qué? Pero Adrián me dijo que...

—Adrián cree que ella perdió el niño y el estrés no la deja volver a concebir.

—¿Por qué me dice esto? —me echo hacia atrás tratando de alejarme de todo, pero eso no funciona.

—Porque Adrián la está buscando, él quiere un heredero y usted tiene tres...

—No le daré a ninguno de mis hijos.

—Lo sé y él no les hará daño, él no, pero no diría lo mismo de su madre y de Isabella.

Los otros tres hombres cruzan miradas y sé que esto no me va a gustar.

—Si Isabella la encuentra antes que Adrián, puede tratar de desaparecer a sus hijos, ella no quiere que otro se lleve lo que cree suyo —ese que llaman Damiano me tira un sobre que saca no sé de dónde.

Observo los papeles con desconfianza, no sé qué haya allí, pero mis dedos temen abrirlo.

Cuando por fin me decido, aparece una mujer muerta y una foto de Isabella hablando con alguien, también varias capturas, y los papeles se me caen de las manos.

—Por Dios... —me levanto queriendo correr por mis hijos.




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