Tiziano
Rocco trata de hablar con la niña y ella no deja de ver a Enzo. Llevo a mi boca la taza de café que me sirvió la empleada y la disfruto.
—Niña, te estoy hablando... —insiste Rocco con una expresión que me hace rodar los ojos.
Nada bueno sale de esa expresión cuando viene de él.
—Estoy mirando al señor Enzo... Su belleza, ¿es natural o se contagia? —coloca ambas manos pálidas debajo de su mentón y sonríe.
Aparto la vista porque de pronto quiero darle un golpe a Enzo y no entiendo por qué.
—Mi belleza, como dices, viene de una larga línea de sangre —eleva el mentón y el pecho, y niego con los ojos en blanco.
—Pensé que se transmitía, para que le dieras un poco a los demás —continúa la pequeña y casi deja escapar una risa.
De pronto, mi cuerpo se tensa, un frío se instala en mi nuca y sé que alguien me está mirando. Busco con la mirada y lo encuentro. Matteo Vasco está de brazos cruzados, con un suéter de cuello alto en color hueso y pantalón beige.
—¿Sucede algo? —echo mi cuerpo hacia adelante y uso mi mirada tensa, esa que hace a cualquiera correr.
Él no lo hace. Matteo da un paso adelante y eleva más su mentón.
—Sucede mucho. Tú no eres un cliente, ¿verdad? —eleva una ceja.
El pecho se me hincha con una sensación cálida. Es protector y decidido.
—No soy alguien malo, Matteo. De verdad, los quiero proteger —trato de que mi tono no sea duro ni cortante.
—No dejaré que dañen a mi familia. Aurora los acepta porque quiere un papá, pero yo no lo necesito.
Las palabras que salen de la boca de un niño de su edad me dejan claro que su padre, para acercarse con él, va a necesitar más que arrepentimiento tardío y codicia.
—Eso está bien. Tampoco vine a reemplazar a nadie. Estoy aquí para su protección.
No me responde. Solo se acerca a su hermana y, después de tomarla del brazo, se la lleva a su habitación.
Damiano me observa y asiente.
—No la tienes fácil, amigo. Matteo es difícil y la niña nos cree feos por la barba y los tatuajes.
Me quedé un rato mirando la nada, me levanté y fui por Fiorella. Allí estaba, de pie en la cocina, preparando sándwiches que no tenía duda para quiénes eran...
Su cabello castaño estaba atado en una coleta. La detallo un segundo, su cintura era pequeña y el trasero tenía lo suficiente para desear verla un rato más de lo necesario.
—¿Sucede algo? —pregunta sin girar a verme. Al parecer, no soy el único con los sentidos alerta.
—¿Qué decidiste? —meto mis manos en el bolsillo. No tengo tiempo que perder. He esperado mucho para hacerle justicia a mamá.
—No lo sé... Sé que es lo correcto, sé que es lo coherente, pero también sé que es lo peor...
—¿Y qué es eso, Fiorella?
Se quedó en silencio unos minutos que mi reloj mental tomó como meses.
—Lo coherente es ir a la policía, pero entonces me dirían loca porque no hay pruebas suficientes y quedaría como una mujer con complejos conspirativos.
Asiento y noto cómo aprieta de más el pan y este se arruga.
—Lo peor que puedo hacer es dejar que Adrián me encuentre. Pronto me quitaría al hijo que necesito o me acusaría de ocultarles a los tres.
No la interrumpo; sin embargo, deseo acercarme y decirle que respire, que estoy aquí.
—¿Y lo correcto?
—Lo conveniente es casarnos y darle un padre a mis hijos, aunque estamos acostumbrados a estar solo nosotros —mira hacia las escaleras—. Matteo detesta a quien sea su padre y hasta desea el hecho de tener uno... Luca lo quiere, pero se hace el que no, y mi niña... —se limpia una lágrima con el dedo meñique—. Ella dice que tal vez, si hubieran sido dos, su padre estaría aquí...
Se quiebra y me acerco, mandando al carajo todo.
—No debes parecer fuerte todo el tiempo. Saliste sin nada y tienes algo tuyo... Los sacaste adelante... Todo con el corazón roto —no la miro porque acabo de descubrir que me molesta verla llorar—. Si te casas conmigo, nadie los tocará y prometo que ellos tendrán un papá.
Levanta la mirada. Sus ojos muy abiertos son de un verde extraño con bordes ámbar...
—Uno feo, como dice Aurora, pero papá al fin...
No espero lo que sale de sus labios porque me había preparado para que se tardara en tomar una decisión, pero está asustada y, con su amiga llamándola a cada nada para decirle que el auto que la vigila no desaparece, es coherente su actitud.
—Acepto, Tiziano Bertoluci —inhala y exhala lento—. Acepto ser tu esposa...
Dejo ver una sonrisa real, no la de los cócteles, una realmente genuina, de esas que mi madre pide y no se la he dado sin que parezca una mueca falsa.
—Prepararé todo, Fiorella. Pronto te enfrentarás a Adrián sin bajar tu cabeza...
Se tensa y lo sé porque la tengo tomada del brazo.
—Tranquila, te sentarás en la misma mesa que él, pero esta vez no para ser desechada. Ahora eres tú la que decide quedarse y sacarlo de tu vida.
Su asentimiento es enérgico y la rabia de verla llorar desaparece. Miro hacia atrás y entiendo que tengo trabajo que hacer. Si quiero que esto funcione, ellos tienen que aceptarme.
—Mamá va a estar feliz cuando le diga que tiene una nuera y tres nietos.
—¿Y aceptará a los niños? Ya sabes, son hijos de...
—Son mis hijos, Fiorella. Míos, aún no, pero mañana serán Bertoluci y su padre legal seré yo hasta que deje de respirar.
—¿De qué hablan? —Rocco entra y deseo lanzarle una manzana de las que están en la mesa.
—De la gente que busca morir por curioso —clavo mi vista en él y el descarado se ríe.
—Estaba pensando si tienen chocolate o, bueno, pastel de chocolate —se rasca la nuca.
Fiorella frunce el ceño y va al refrigerador.
—Sí, creo que tengo por aquí... —parpadea sin entender mucho.
—¿Desde cuándo comes chocolate, Rocco? —elevo una de mis cejas...
—Desde siempre, toda la vida, no sabes... —abre y entrecierro los ojos antes de desviar la mirada a Fiorella y no capto su seña.