Fiorella
Las manos me tiemblan y no tengo idea de si hago lo correcto o no, pero no tengo otra opción; si no lo hago, mis hijos están en peligro.
El registro civil está solitario. Aun así, siento que todos los ojos del mundo están sobre mí. Me coloqué un vestido color crema porque él insistió en tomar una foto y ni siquiera sé para qué.
—¿Te estás arrepintiendo? —La voz grave de Tiziano se cuela no solo en mis oídos, también lo hace a través de mi piel. Su perfume, su manera de pararse y hasta su mirada es un paralizante natural que no sé manejar muy bien.
—No, para nada. Vamos —obligo a mi mano a que agarre su brazo. Un simple roce que hace temblar mi cuerpo. Tengo años sin tener un hombre tan cerca y por eso mi cuerpo reacciona así.
Nos dirigimos a la oficina, donde nuestras firmas quedan plasmadas en papel. Luego, dos de sus amigos firman, mientras el de cabello claro se queja porque no está firmando también.
—Felicidades, son marido y mujer —la joven que nos atiende nos dedica una amable sonrisa, aunque no deja de ver a Enzo. Eleva su mano y lo saluda.
—¿Qué carajo es lo que le ven a este monigote? —murmura Rocco cuando ya vamos de salida.
—Lo que dice Aurora: mi belleza natural —su voz tiene cierto tono chistoso.
—Es una niña, Enzo. Ella cree que un oso será su esposo —Damiano apoya a Rocco.
Agradezco esa discusión porque me ayuda a relajarme y Tiziano lo nota, lo sé porque me mira y sonríe.
—Vamos de regreso con los niños, pero debemos casarnos después por lo grande. Ahora con esto y una salida para las cámaras bastará.
—¿Cámaras? —abro mucho los ojos.
—Sí, no se te verá la cara o, si se te ve, no me importa. Hay que ir creando ruido —Tiziano entrelaza sus dedos con los míos cuando una mujer eleva un teléfono para fotografiarnos.
—¿Eres famoso o algo así? —susurro con una sonrisa temblorosa.
—Algo así. Te dije que no necesito una herencia porque tengo dinero y empresas.
—Vaya, no mencionaste algo sobre cámaras cuando hablaste conmigo —lo reprendo sin la rabia que quiero demostrar.
—Un detalle que se me pasó —sonríe Tiziano y dejo de caminar.
Es increíble ver a alguien tan serio reírse. Un hoyuelo se le forma en su mejilla izquierda, o es allí nada más donde enfoco mi vista.
—Iremos a un restaurante; allí conseguiremos más fotos. Tú solo sonríe.
Asiento y no me doy cuenta de cuándo me he pegado tanto a él, aunque ya no me molesta.
Quince minutos más tarde, el auto estaciona frente a una zona lujosa.
El restaurante que Tiziano eligió tiene una elegancia discreta que grita dinero sin necesidad de decirlo en voz alta. Manteles blancos, luces cálidas y un maître que lo saluda por su nombre con una reverencia que me hace tragar en seco.
—¿Vienes aquí seguido? —pregunto en voz baja mientras nos guían a una mesa junto al ventanal, el lugar perfecto para que cualquiera con un teléfono pueda inmortalizarnos.
—Lo suficiente para que sepan que traer a mi esposa aquí es una noticia —dice sin mirarme, acomodando la silla para que me siente.
Esposa. La palabra todavía me suena extraña, como un vestido prestado que no termina de ajustarse a mi cuerpo.
Rocco, Enzo y Damiano se sientan en una mesa cercana, no con nosotros, pero tampoco lejos, lo suficiente para vigilar sin estorbar. Enzo le guiña un ojo a una mesera que pasa y Rocco pone los ojos en blanco de una manera tan exagerada que casi se me escapa la risa.
—No te rías tanto, se supone que acabas de casarte con el hombre más frío de Milán —Tiziano se inclina hacia mí, su aliento rozándome la oreja—, la gente empezará a sospechar.
—Entonces enséñame a fingir mejor —lo reto, sorprendida de mi propia voz.
Algo cambia en su mirada, un brillo que no le había visto antes. Estira la mano y la coloca sobre la mía, encima de la mesa, justo cuando el flash de un teléfono destella desde la barra.
—Perfecto —murmura, aunque no sé si habla de la foto o de mí.
La comida transcurre entre platillos que apenas pruebo, mi estómago demasiado apretado por los nervios y conversaciones ligeras que Tiziano sostiene con una facilidad pasmosa, como si no hubiéramos firmado un contrato disfrazado de amor hace menos de dos horas. Cada tanto, sus dedos rozan los míos, me mira haciéndome parecer lo único en la sala y eso provoca que olvide que es actuación.
Eso es lo que más me asusta.
—Los niños deben estar preguntando por ti —dice de pronto, leyendo mi mente.
—Ana ya les habrá dado de comer, pero sí, quiero verlos.
—Entonces vamos, ya conseguimos suficiente ruido por hoy —hace una seña casi imperceptible y Damiano se levanta primero, seguido de los otros dos, cubriendo la salida, trabajando como los dedos de una mano.
Afuera, el aire frío de la tarde me despeja un poco la cabeza. Tiziano me abre la puerta del auto y, antes de subir, me detiene con una mano en el brazo.
—Fiorella —es la primera vez que dice mi verdadero nombre en público, bajo, como un secreto solo para mí—, a partir de hoy nadie te va a tocar sin pasar antes por mí. Ni Adrián, ni su padre, nadie.
No sé qué responder, así que solo asiento, subo al auto con el corazón latiendo de una forma que no tiene nada que ver con el miedo.
El trayecto a mi casa es extrañamente silencioso, de una buena manera. Cuando llegamos, Ana ya tiene a los trillizos bañados y jugando, los tres persiguiéndose entre los sillones de la sala hasta que me ven entrar.
—¡Mamá! —el primero en correr hacia mí es Luca, seguido de su hermana y, por un instante, olvido por completo los flashes, los papeles firmados, todo.
Tiziano se queda en el umbral, observando la escena con una expresión que no logro descifrar. Cuando Aurora, la más pequeña, se acerca a él con la curiosidad desarmante de sus pocos años, él se agacha a su altura sin dudar.
—Hola, pequeña —su voz grave se suaviza de un modo que no esperaba.