Tiziano.
Miro hacia atrás para ver que nadie venga y está perfecto; los niños van en la parte de trasera del auto que renté...
Autora tararea algo y pregunta hasta cómo se llama el mínimo animal que ve. Luca salta sin parar, tratando de que Matteo adivine lo que él acaba de visualizar, pero Matteo no está interesado en eso, solo en mí. Lo noto por el espejo retrovisor. Entrecierra los ojos y va detallando los caminos; este niño me encanta.
—¿Por qué nos secuestraste? —suelta de la nada el mayor de los trillizos y me ahogo. Por suerte, no hay nadie en el camino o la desconcentración hubiese sido fatal.
—No los estoy secuestrando, Matteo, los traigo a la playa, es todo. No les gusta
—¡Sííí, playa! ¿Puedes hacerme una cola de sirena con arena? —aplaude la niña y sonrío, volteando a verla una fracción de segundo.
—Yo quiero ir a las profundidades y conocer a Poseidón —Luca salta.
Abro mucho los ojos. Eso no puede pasar.
—No es buena idea ir hasta lo hondo o te puedes ahogar... Los llevaré a un lugar bonito que vi.
—Mandaste a Damiano, Enzo y a Rocco a no sé dónde con mamá —Matteo no se pierde de nada; es muy perspicaz.
—No me gusta que tu mami salga sola. Deben protegerla.
—Solo fueron por comida y dulces —dice con voz cantarina Aurora.
—En este lugar que ella no conoce podría perderse.
—Yo quería que viniera Rocco. Él es muy divertido —suelta Luca.
Ruedo los ojos y niego.
—Yo soy más divertido que Rocco —me defiendo, aunque no creo que funcione mucho.
—Sí, pero el más divertido es Enzo porque es más joven... —lanza Aurora el insulto que me hace abrir la boca.
—Yo no soy tan viejo...
—Claro que no eres viejo. Para ser viejo debes tener cincuenta. Tú tienes unos cuarenta, pero igual no eres divertido —se burla Matteo.
Abro la boca, estupefacto. Este... Este niño me llamó fósil.
—Yo no tengo cuarenta años —si no estuviera manejando, cruzaría los brazos sobre mi pecho. En vez de eso, arrugo el entrecejo.
—Obvio no tiene cuarenta, Matteo; debe tener treinta y ocho —Aurora se lleva la mano a la boca y sus pequeños hombros tiemblan de la risa.
—No tengo treinta y ocho. Además, tener esa edad no te hace viejo... —me defiendo, aunque es difícil; ni los abogados son tan insistentes y tercos.
—Sí, claro... La gente mayor y sus cosas —Luca se ríe y no puedo evitar hacer lo mismo...
Son unas criaturas de tan corta edad, pero sus ocurrencias son increíbles. Debe ser de tanto ver cosas en el celular...
—Miren, ya estamos llegando —señalo la playa a donde los traje.
El lugar es hermoso, algo de otro mundo. El agua hace competencia con el cielo, los colores parecen salidos de un documental en alta definición y la arena es blanca y fina.
—Ya llegamos, muchachos. No se separen. Hagan una cadena —ordeno y lo hacen.
Se paran firmes, llevando sus manos pequeñas a la frente y entrelazando sus dedos.
—Esto es muy hermoso. ¿Podemos hacer castillos de arena? —Aurora aprovecha que sus dos hermanos la tienen tomada de la mano y se impulsa para saltar más alto.
—Sí, vamos por aquí...
El lugar que alquilé, con sombrillas y tumbonas, está listo. Los juguetes para jugar con arena ya están a un lado de las mantas, en la playa.
—Hagamos un fuerte, Matteo —Luca grita y su hermano deja el modo alerta y se relaja un poco.
La pequeña se acerca a mí.
—¿Puedes enterrarme en la arena?
Ladeo la cabeza con una mueca de desconcierto.
—¿Enterrarte?
—Sí, harás una cola de sirena para mí.
Me rasco la cabeza, mirando a todos lados. ¿Cómo se supone que haré eso? No tengo idea de cómo es una cola de sirena. He visto alguna vez la silueta en alguna imagen, pero no podré.
Me rasco la nuca, mirando a todos lados.
—Es fácil, busca tu teléfono... Allí hay algo llamado buscador. Dale al micrófono y busca cómo hacer una sirena de playa.
Me río, aunque no lo hago de forma habitual. Sin embargo, es imposible no reírse con estos pequeños bribones.
Hago lo que dice. Mi pantalón de lino blanco se llena de arrugas cuando me arrodillo. No paro de vigilar que no me vean. Hoy no me interesan fotos.
Abro un hoyo alargado y la meto. Después, moldeo lo que yo reconozco como cola de sirena.
—¿Quedé linda? —pregunta, mirando a sus hermanos cuando termino—. ¿Parezco una sirena?
—Sí —Matteo se acerca—. Una extraterrestre, pero sí pareces una.
Miro hacia el cielo sin poder evitar reírme. Ellos se burlan de mí sin piedad, pero tienen derecho. Luca y Matteo hicieron un fuerte muy bien hecho con baldes y moldes de castillo; yo no tuve tanta suerte.
Las burlas me acompañan todo el día y Fiorella no para de llamarme para que regrese, al igual que Rocco, Damiano y Enzo. Necesitan saber mi ubicación. Ya se dieron cuenta de que los dejé fuera del paseo.
Calmo a la madre de los niños mientras comemos botanas preparadas por el personal encargado de la logística del lugar.
—Esto está delicioso —murmura Luca con la boca toda llena de pan.
—Sí, me encanta —apoya la princesita y Matteo solo levanta su pulgar. Y viniendo de él, eso ya es mucho.
—¿Quieren viajar en yate? —pregunto una hora después y se emocionan.
Así lo hago. Los subo al yate privado, la gente les pone los salvavidas y yo dejo de ver mi teléfono. No puedo perderlos de vista.
Me cuesta seguirles el ritmo. Matteo juega con Luca, mientras Aurora no deja de ver por la orilla a los delfines que saltan.
Agotado es poco para cómo me siento.
Mi teléfono suena y no lo contesto. Aurora está cerca de la orilla; los muchachos siguen saltando detrás. Carajo, no debí venirme así.
Tomo el teléfono por fin un momento y es para enviarle fotos a Fiorella. No la calma, la pone ansiosa. Me dice que tenga cuidado, que los quite de la orilla. Rocco grita al fondo de la llamada que ya sé dónde estamos y vienen para acá. Damiano dice que corte y no les quite el ojo de encima.