Me dejó por su amante y me casé con su tío.

Capítulo 12

Fiorella

Bajo del vehículo que maneja Enzo y no espero a que el auto se detenga por completo para salir corriendo en busca de mis hijos. Pobre de Tiziano, de verdad... No sé qué clase de travesura le habrán hecho hoy estos tres traviesos, pero por la forma en que me llamó hace rato, sé que lo llevaron al límite con sus ocurrencias.

—¡Mamá! —El grito de Luca me saca de mis pensamientos.

El pequeño corre hacia mí a toda prisa, esquivando sombrillas y toallas con esa energía inagotable que lo caracteriza. Me agacho justo a tiempo para recibir su impacto y ahogar mi cara en su cuello, respirando su olor a bloqueador solar y arena mojada. Detrás de mí, el despliegue de protección de los muchachos no se hace esperar: Enzo alcanza a Aurora en tres zancadas y la levanta en el aire, sacándole una risotada chillona; Damiano camina con su paso sereno hacia Matteo, quien pone su típica carita de «todo está bajo control» antes de ser cargado sin miramientos. Rocco se queda a dos pasos de mí, esperando pacientemente a que yo suelte a Luca para levantarlo él también en brazos y despeinarlo con cariño.

—¿Están bien? ¿Los tres? —pregunto, revisando a Luca de arriba abajo, tocándole los brazos, las piernas, la cara—. ¿Qué le hicieron a Tiziano para que me llamara tan alterado?

—¡Nada, mami! Solo jugamos en el barco y le dimos una sorpresa —anuncia Aurora desde los brazos de Enzo, con la sonrisa más dulce e inocente del mundo.

—Sí, una prueba —interviene Matteo desde el hombro de Damiano, cruzándose de brazos con su seriedad habitual. Siempre he creído que es un adulto atrapado en el cuerpo de un niño—. Teníamos que ver si era adecuado, mami, o si no le importábamos.

—¿Una prueba? —Los miro a los tres, uno por uno, sintiendo cómo se me descompone el rostro—. Niños, ¡eso no se hace! ¿Saben la cantidad de niñeras que han renunciado por andar inventando juegos y pruebas?

—Es que las niñeras se ponían a revisar el celular y nos gritaban —agrega Luca, zafándose un poco de los brazos de Rocco para gesticular con emoción—. La señorita Marta se puso a comer galletas y ni se dio cuenta de que Matteo se metió al armario del pasillo durante dos horas. Ni nos buscó. Solo dijo que éramos unos groseros.

—Y la otra, la del pelo amarillo, se puso a llorar porque se le rompió una uña cuando la asustamos —completa Aurora, dando un reporte serio—. Ninguna pasaba nada, mami. Se querían ir rápido.

Me quedo helada en medio de la playa. La revelación me cae como un balde de agua fría. Mis hijos, en su lógica pequeña y despiadada, llevan meses probando a cada persona que intento poner a su cuidado. Siempre pensé que eran simples berrinches de la edad, pero la verdad era mucho más cruda: estaban buscando a alguien que de verdad se quedara con ellos, alguien que aguantara el ritmo. Sin sospechar jamás lo cerca que estuvo Tiziano de colapsar, lo escuché alterado.

Lo veo a unos pasos, caminando despacio sobre la arena mojada. Tiene el pantalón de lino blanco lleno de arrugas, la camisa entreabierta por el viento marino y el pelo revuelto. Se le ve abatido, agotado, pero cuando sus ojos se cruzan con los míos, no hay enojo; solo alivio profundo y cansancio acumulado.

—Tiziano sí pasó —sentencia Matteo, mirando a su protector con un respeto nuevo que jamás le había visto dedicarle a nadie fuera de nuestro círculo cercano—. Se quedó con nosotros todo el día aunque dijimos que estaba viejo.

—Y me hizo una cola de sirena en la arena —aporta Aurora, suspirando feliz—. Aunque Matteo dijo que parecía un extraterrestre, él estuvo arrodillado haciendo el hoyo con sus manos para que yo jugara.

Niego lentamente con la cabeza, apretando los labios para no soltar una risa estruendosa. Miro a Tiziano, que por fin llega hasta donde estamos. Los chicos, Enzo, Damiano y Rocco, le sostienen la mirada mientras se cruzan de brazos. Pensé que eran jefe y empleados y, por lo visto, son más que eso.

—Perdóname, Fiorella —es lo primero que dice Tiziano al detenerse frente a mí, recuperando el aliento y pasándose una mano por la nuca—. Te juro que hice lo mejor que pude... pero me descuidé.

Lo noto desaliñado y desconcertado, nada que ver con el empresario que regaña a todo el mundo por teléfono.

—No te disculpes —me acerco a él para ponerle una mano en su brazo, que se tensa ante mi toque—. Los niños me acaban de contar de su famosa «prueba». Tiziano... estas fieras no dejan en paz a nadie. Has sobrevivido a lo que cinco niñeras profesionales no pudieron.

Tiziano no endurece su mirada, solo asiente, observa a sus amigos y los mira mal cuando dos de ellos se burlan con disimulo.

—Sí, pero sacaste diez —dice Luca, alzando el pulgar.

—Y además no tienes cuarenta años, tienes como treinta y ocho —agrega Aurora.

Debo darme la vuelta para llevar mi mano a la boca y reírme bajito.

Tiziano suelta un bufido, llevándose las manos a la cadera mientras niega con la cabeza, pero la tensión en su rostro termina por disolverse en una sonrisa resignada.

El viaje de regreso es relativamente tranquilo. Subo en el auto de Tiziano de copiloto, mientras los niños no paran de hablar del día de hoy. Matteo habla más con Tiziano, aunque no es tan amable. Veo una mejor interacción entre ellos.

Pasamos el resto de la tarde viendo el atardecer sobre las casitas blancas y los techos azules. El mar Egeo se vuelve dorado a nuestros pies mientras los niños caen rendidos después de devorar la cena. La brisa de la noche trae ese olor característico a sal y olivo, un respiro necesario después del caos.

Tiziano se queda a mi lado en la terraza, en silencio, observando cómo los tres pequeños duermen profundamente abrazados a sus peluches. Es la primera vez en mucho tiempo que siento que la carga no la llevo sola.

Al día siguiente, nos toca hacer las maletas para dejar Grecia. El vuelo hacia Italia es largo, o así lo siento. Temía que los niños se pusieran insoportables por el encierro, pero la presencia de Tiziano parece calmarlos de una forma mágica. Con una sola mirada de sus ojos oscuros, Matteo baja el volumen de la tableta y Luca se acomoda para dormir en su regazo durante la mitad del trayecto.




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