Me giré sobresaltada al escuchar una voz en medio de la noche.
Una mano apareció frente a mí.
Levanté la mirada con desconfianza y alumbré su rostro.
Era él.
El misterioso muchacho de los hipnotizantes ojos azules.
Extendió la mano para ayudarme a levantar.
—¿Por qué estás tan a la defensiva? —preguntó con tranquilidad.
—Tú otra vez... No confío en los desconocidos.
Mi voz sonó fría y cortante.
Cuando intenté apoyar el pie, un dolor punzante me atravesó el tobillo. Perdí el equilibrio por un instante, aunque logré sostenerme.
Él observó mi pie sin decir una sola palabra. No parecía ofendido por la forma en que le había hablado.
Se acercó un paso más.
Instintivamente llevé la mano al bolsillo donde siempre guardaba mi arma eléctrica.
—No tengas miedo —dijo con calma.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
No entendía cómo había descubierto que estaba asustada.
—Si intentas hacerme daño con esa extraña arma que lleva tu gente... no podré ayudarte.
Abrí los ojos con sorpresa.
¿Cómo sabía que llevaba un arma?
Ni siquiera la había sacado del bolsillo.
Solo había apoyado la mano sobre ella por precaución.
Él soltó una leve risa al ver mi expresión.
—No pongas esa cara.
—¿Cómo supiste que llevaba un arma? ¿Acaso... eres vidente?
Él negó con la cabeza.
—No. Solo puedo sentir tu miedo. Es... instinto.
Su respuesta me dejó aún más confundida.
Otra vez hablaba como si observara a los humanos desde fuera.
Como si él no perteneciera a nuestra especie.
Se agachó y tomó mi tobillo con delicadeza.
Sus manos estaban heladas.
Después de examinarlo unos segundos levantó la vista.
—No puedes apoyar el pie. Te llevaré hasta tu hogar.
Suspiré resignada.
—Sí... creo que tienes razón.
Me mantuve de pie sosteniendo todo mi peso sobre la pierna sana.
Sin previo aviso, me levantó entre sus brazos.
—¡¿Q-qué haces?!
Sentí que el rostro se me encendía.
—Solo acepté que me ayudaras a caminar, no que me cargaras como a una niña.
Él me miró con total naturalidad.
—Tu pie está lastimado. Si caminamos a tu ritmo tardaremos demasiado... y durante la noche esas criaturas tienen más hambre.
Hizo una breve pausa.
—Es peligroso.
No pude discutirle.
Aunque todavía desconfiaba de él, sabía que jamás lograría regresar sola hasta la fortaleza.
Bajé la mirada, avergonzada.
—Gracias... pero prefiero que me lleves en tu espalda. Así... me sentiré menos incómoda.
Él asintió.
Con mucho cuidado me dejó en el suelo y se arrodilló frente a mí.
—Sube.
Rodeé su cuello con los brazos.
Era la primera vez que un chico me cargaba de esa manera.
Ni siquiera mi padre había podido hacerlo cuando era pequeña debido a la lesión que tenía en la espalda.
Mientras caminaba, el suave movimiento de sus pasos me hacía sentir como si estuviera sobre una cuna.
Sin darme cuenta apoyé la cabeza sobre su espalda.
Era cálida.
Extrañamente reconfortante.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Lo siento... Tu espalda es muy cómoda. Creo que estaba quedándome dormida.
Escuché una leve risa.
—Entonces duerme. Yo te despertaré cuando lleguemos.
Sonreí sin que pudiera verme.
Después de unos minutos rompí el silencio.
—Oye... todavía no sé cómo te llamas.
—Derek.
Solo respondió eso.
Ni siquiera preguntó por mi nombre.