Aquella noche aún no había terminado.
Mi cuerpo empezó a resentir la lluvia, el frío y todo lo que había vivido. La cabeza me ardía, el cuerpo me dolía y el sudor empapaba mi frente. Tenía fiebre.
Con mucho esfuerzo intenté levantarme para ir hasta el pequeño refrigerador y beber un poco de agua, pero el malestar era tan intenso que apenas di unos pasos cuando mi tobillo lesionado cedió. Caí al suelo de golpe y un grito de dolor escapó de mis labios.
Antes de que pudiera reaccionar, alguien me levantó con facilidad y me acomodó sobre la cama.
Todo estaba oscuro.
La fiebre nublaba mi vista y apenas podía distinguir una silueta. Estaba demasiado débil como para preocuparme por averiguar quién era.
Entonces escuché la puerta del baño abrirse.
Aquella persona entró como si conociera perfectamente mi habitación.
Un instante después oí el agua correr.
—¿Quién... eres? —pregunté con una voz tan débil que apenas salió de mi garganta.
No obtuve respuesta.
Solo silencio.
Esperé unos segundos y aproveché que seguía dentro del baño para incorporarme con cuidado. Caminé hasta la lámpara que estaba sobre la mesa de noche e intenté encenderla.
Nada.
Fruncí el ceño.
Toqué el cable.
Estaba desconectado.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
Era imposible.
Siempre dejaba esa lámpara conectada.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
—¿Henry...? —susurré.
Nadie respondió.
En ese momento escuché unos pasos salir del baño.
Sin pensarlo dos veces, regresé a la cama y me recosté rápidamente, fingiendo que nunca me había levantado. Oculté bajo la sábana la pistola eléctrica que siempre llevaba conmigo.
Los pasos se acercaban lentamente.
Cada vez más.
Hasta detenerse junto a mi cama.
Esperé el momento preciso.
Cuando aquella figura estuvo lo suficientemente cerca, sujeté con fuerza su camiseta con una mano y, con la otra, presioné la pistola eléctrica contra su cuello.
Una potente descarga recorrió su cuerpo.
Esperaba verlo desplomarse al instante.
Pero no ocurrió.
Solo dejó escapar un leve quejido de dolor.
Nada más.
Seguía de pie.
Abrí los ojos de par en par.
Era imposible.
Esa descarga era suficiente para dejar inmovilizada a una persona durante varios segundos.
Tragué saliva con dificultad mientras apretaba con más fuerza el arma.
—¿Quién eres? —pregunté de nuevo, incapaz de ocultar el miedo en mi voz
Su agarre era firme.
Me obligó a recostarme nuevamente sobre la cama y colocó un paño frío sobre mi frente.
Después tomó con tranquilidad el arma eléctrica de mis manos y la dejó en el suelo, fuera de mi alcance.
Retrocedí por instinto hasta quedar pegada al respaldo de la cama, como un animal acorralado.
—No sé quién eres, pero llévate lo que quieras. Hay dinero en ese armario. No es mucho, pero puede servirte. Tómalo... solo no me hagas daño. Si intentas algo, gritaré y vendrá alguien a ayudarme.
No respondió.
Simplemente volvió a sujetarme del brazo y me recostó otra vez con delicadeza. Después acomodó el paño húmedo sobre mi cabeza.
Decidí dejar que me atendiera.
En mi estado no tenía ninguna posibilidad de ganar una pelea.
Aun así, no pensaba rendirme.
Con un movimiento disimulado corrí la cortina que daba hacia la calle.
La luz de la luna entró por la ventana e iluminó por unos segundos el rostro de aquella persona.
Mi respiración se detuvo.
—¿Derek...? —susurré, bajando la guardia de inmediato.
Él permaneció en silencio.
—¿También te rescataron de la tormenta?
Negó con la cabeza.
—No.
Después extendió una pequeña botella hacia mí.
—Bebe esto.