Me Enamoré de un Dragón

La novia muerta

El miedo se apoderó por completo de mí.

Sin pensarlo dos veces, apunté hacia la voz que acababa de escuchar y disparé una y otra vez.

Los estruendos de los disparos retumbaron por todo el laboratorio.

De pronto, las luces de emergencia se encendieron.

La tenue iluminación roja reveló la silueta de un joven cubierto de sangre.

Sus manos, su ropa... todo estaba manchado.

Lo que más llamó mi atención fue su brazo derecho.

No era humano.

Estaba cubierto de escamas azul oscuro y terminaba en enormes garras afiladas.

Levanté lentamente la mirada hasta encontrar sus ojos.

Eran increíblemente parecidos a los de Derek.

Del mismo tono azul.

Pero en ellos no había calma.

Solo un dolor profundo... y un odio capaz de consumir a cualquiera.

Avanzó hacia mí.

Levantó aquel brazo monstruoso con la clara intención de degollarme, igual que a los guardias.

Intenté esquivarlo, pero mi tobillo lesionado volvió a fallarme.

Caí sentada sobre el suelo.

Mi pistola salió despedida varios metros lejos de mí.

Retrocedí arrastrándome sin apartar la vista de él.

Cada vez estaba más cerca.

—P-por favor... no me mates... —supliqué, incapaz de controlar el temblor de mi voz.

Él se detuvo apenas un instante.

—Así debió sentirse ella... —murmuró con una voz cargada de rencor—. Asustada... rogando por su vida.

Apreté los labios.

—¿De qué estás hablando?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Eso no te importa.

Dio otro paso.

—De todas formas voy a matarte... igual que a todos los de este lugar.

Su rostro se deformó por la rabia.

—Malditos humanos...

Me lancé desesperadamente hacia mi pistola.

La alcancé con la punta de los dedos.

La sujeté.

Y disparé.

Las balas impactaron directamente contra su brazo cubierto de escamas.

Rebotaron.

Como si hubiera disparado contra acero.

No le hicieron absolutamente nada.

El cargador quedó vacío.

Un silencio aterrador invadió el laboratorio.

Entonces comenzaron aquellas risas.

Las jaulas empezaron a sacudirse.

Los Broncotrons golpeaban desesperadamente los cristales blindados, lanzando sus escalofriantes carcajadas.

Todo el laboratorio vibraba.

El muchacho caminó tranquilamente hasta el panel de control.

Su mano se detuvo sobre el enorme botón verde que abría todas las celdas.

Mi corazón dejó de latir.

—Por favor... no lo hagas.

Él ni siquiera me miró.

—Hay niños... familias enteras viviendo aquí... —dije con lágrimas en los ojos.

Él sonrió.

Una sonrisa fría.

Cruel.

—Eso no me importa.

Apoyó lentamente la mano sobre el botón.

—Si quiero acabar con ustedes... necesitaré un poco de ayuda.

—¡¡¡Por favor, no!!!

Lo presionó.

Las puertas de todas las jaulas comenzaron a abrirse.

---

Mientras tanto, Henry sentía que la pierna le ardía cada vez más.

La herida de la mordida había comenzado a sangrar nuevamente.

Los puntos parecían estar abriéndose.

Entonces se dio cuenta de algo.

Scarleth no estaba con el grupo.

Miró alrededor.

Tampoco Margaret la había visto.

Un mal presentimiento recorrió todo su cuerpo.

—Scarleth...

Sin importarle el dolor, tomó su arma y caminó cojeando hacia uno de los vehículos blindados.




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