Me Enamoré De Una Bruja.

Prólogo.

-No puede entrar ahí.

-Ya entré.

-¡Señorita, es un quirófano!

-Y usted claramente necesita ayuda porque está a punto de matar a ese hombre.

El silencio cayó como una bomba dentro de la sala.

Todos giraron lentamente.

El anestesiólogo abrió la boca. La enfermera dejó caer unas pinzas. Y el residente frente a la mesa quirúrgica se quedó congelado con el bisturí en la mano.

Yo estaba parada en la puerta con el cabello hecho un desastre, el uniforme arrugado y un vaso de café en la mano.
Porque sí. Había entrado tarde. Otra vez.

El residente me miró indignado.

-¿Quién demonios eres tú?
Le di un sorbo al café.

-La única persona aquí que sabe dónde está sangrando el paciente.

Un interno soltó una risa ahogada.
El hombre frente a mí tensó la mandíbula.

Alto. Guapo. Ojos oscuros. Cabello perfectamente acomodado. Demasiado perfecto para caerme bien.
Definitivamente me caía mal.

-Escúchame, Barbie cirujano -dije caminando hacia él-. Si sigues buscando ahí, vas a perforar algo que no debes.

-¿Y tú eres experta?

-Más que tú, aparentemente.
Las enfermeras empezaron a mirarse entre ellas como si estuvieran viendo una pelea callejera en horario laboral.
El residente respiró profundo.

-Salga del quirófano.

-No

-Seguridad.

-Ay, por favor. Nadie llama a seguridad en cirugía. Eso es humillante.

Escuché una risa detrás de mí.
El doctor Medina, jefe de cirugía, apareció cruzado de brazos observándonos.

Y entonces dijo las palabras que arruinaron mi paz mental:

-Lombardi, ella es Grecia Del Valle.
El residente frunció el ceño.

-¿La estudiante?

-La misma.
Él me recorrió con la mirada de arriba abajo como si intentara entender por qué todos hablaban de mí.

Yo sonreí.

Una sonrisa lenta. Peligrosa.
La sonrisa que siempre hacía que algo terminara mal.

-Mucho gusto, Barbie cirujano.
Él soltó una risa seca.

-Sinaí Lombardi.

-Qué nombre tan dramático.

-Y tú tienes cara de problema.

-Porque lo soy.

Nos quedamos mirando unos segundos.

Esos segundos incómodos donde dos personas deciden inconscientemente si van a odiarse... o destruirse mutuamente.

El monitor cardíaco empezó a sonar más rápido.
La enfermera se alarmó.

-¡La frecuencia del paciente!
Yo levanté una ceja.

-¿Ves? Hasta él está nervioso.
Sinaí me miró incrédulo.

Y ahí empezó todo.
La guerra.
La desgracia.

Y probablemente el peor enamoramiento de nuestras vidas.




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