Grecia Del Valle.
-¡Grecia!
-¡Ya voy!
-¡EL AUTOBÚS SE VA!
-¡Pues que Dios lo acompañe!
Mi madre abrió la puerta de mi habitación con la misma expresión de sufrimiento que llevaba usando desde que decidí estudiar medicina.
-Son las seis de la mañana y todavía no estás lista.
-Técnicamente estoy respirando y eso cuenta como estar viva.
Ella cerró los ojos un segundo.
-No sé cómo sacaste notas tan altas siendo tan caótica.
Yo tampoco lo sabía.
Mi habitación parecía zona de desastre natural: libros abiertos, una bata tirada sobre la lámpara, apuntes pegados en la pared, y un esqueleto anatómico pequeño sentado en mi silla usando lentes de sol.
Sí. Le había puesto nombre.
Se llamaba Federico.
Tomé una tostada mientras buscaba desesperadamente mi estetoscopio.
-¿Dónde está esa cosa infernal?
Mi hermano menor apareció en la puerta masticando cereal.
-Federico lo tiene.
Giré lentamente.
El esqueleto efectivamente tenía mi estetoscopio colgado.
-Estoy empezando a creer que ustedes conspiran contra mí.
Mi madre me señaló.
-Y deja de llevarte café al hospital. La última vez manchaste a un doctor.
-Fue un accidente.
-Le vaciaste el vaso entero encima.
-Porque caminó hacia mi tragedia.
Mi hermano empezó a reírse.
-Mamá, Grecia ayer hizo llorar a un estudiante.
-¡No lloró!
-Sí lloró.
-Solo estaba emocionalmente sensible.
-Le dijiste "tu sutura parece hecha por un mapache borracho".
-Bueno... ¿y mentí?
Mi madre suspiró tan fuerte que casi escuché su alma abandonar el cuerpo.
Tomé mi mochila y salí corriendo del apartamento.
Yo no era mala persona.
Solo tenía poca paciencia. Y una lengua extremadamente rápida.
Además, la gente exageraba muchísimo.
No era mi culpa que todos en la universidad me tuvieran miedo.
Aunque... tal vez un poquito sí.
Porque admito que disfrutaba mirar a los hombres arrogantes entrar confiados al hospital... y salir cuestionando todas sus decisiones de vida.
Pero el amor jamás había sido un problema para mí.
No tenía tiempo para eso.
Mientras otras chicas soñaban con bodas y flores, yo soñaba con convertirme en la mejor cirujana del país.
Y nadie iba a distraerme.
Absolutamente nadie.
Sinaí Lombardi.
-No pienso ponerme eso.
-Te ves elegante.
-Parezco un político corrupto.
Mi madre me acomodó la corbata mientras yo intentaba escapar.
-Es tu primer día en el hospital universitario. Debes dar buena impresión.
-Mamá, soy médico, no modelo de catálogo.
Ella sonrió orgullosa.
-Pero podrías ser ambas cosas.
Mi hermana menor apareció grabándome con el celular.
-"Últimos momentos de Sinaí antes de que una enfermera lo humille en público".
-Voy a quitarte ese teléfono.
-La verdad duele.
Mi padre soltó una carcajada desde la cocina.
-Tu problema es que eres demasiado confiado.
-Porque soy brillante.
-También dijiste eso antes de incendiar el microondas.
-Eso fue ciencia.
-Metiste papel aluminio.
-Detalles técnicos.
Tomé mi maletín mientras mi madre me perseguía con una lonchera.
-No necesito comida.
-Claro que sí.
-Tengo treinta años.
-Y sigues olvidando desayunar.
Ella metió la lonchera dentro de mi bolso a la fuerza.
Las madres italianas daban miedo. Mucho miedo.
Yo estaba tranquilo con mi vida.
Había terminado la residencia con excelentes calificaciones. Tenía fama de buen cirujano. La gente me respetaba. Las mujeres coqueteaban demasiado. Y sinceramente... todo iba bastante bien.
Hasta que el doctor Medina me llamó dos semanas atrás.
-Necesito que vengas al San Gabriel.
-¿Por qué?
-Porque hay una estudiante problemática.
Me reí.
-¿Y quieres que la controle?
-Quiero que sobrevivas.
Debí preocuparme desde ese momento.
Pero no.
Porque yo, Sinaí Lombardi, tenía el ego del tamaño de un edificio.
Y estaba convencido de que ninguna estudiante podía desestabilizarme.
Qué equivocadamente feliz era en ese entonces.