Alejandro Duarte odiaba llegar tarde. Odiaba el tráfico, odiaba las reuniones que empezaban con retraso y, sobre todo, odiaba a la gente que no respetaba el tiempo de los demás. A sus cuarenta años había construido una vida hecha a la medida de sus reglas: despertar a las seis, café solo sin azúcar, revisión de correos antes de las siete, y ni un solo minuto desperdiciado en cosas -o personas- que no aportaran nada a su empresa.
El amor, decidió hacía ya varios años, entraba en esa categoría.
-Diez minutos -murmuró, mirando el reloj por tercera vez en menos de un minuto-. Diez minutos tarde a la reunión más importante del trimestre.
Su asistente, Marcos, asomó la cabeza por la puerta con esa expresión de quien sabe que va a recibir un sermón y prefiere adelantarse.
-Ya está subiendo, señor Duarte. El ascensor se quedó atascado en el piso doce.
-No me interesan las excusas del ascensor. Me interesa que la persona que va a presentar la propuesta de diseño para el proyecto Costa Azul esté aquí antes de que yo termine mi café.
-Técnicamente ya terminó su café.
Alejandro le lanzó una mirada que habría hecho retroceder a cualquiera. Marcos, acostumbrado después de tres años a trabajar para él, simplemente se encogió de hombros y volvió a su escritorio.
La puerta de la sala de juntas se abrió con más fuerza de la necesaria exactamente noventa segundos después.
-Disculpen el retraso -dijo una voz femenina, sin un ápice de disculpa real en el tono-. El edificio decidió que hoy era un buen día para que su ascensor se tomara un descanso existencial.
Alejandro levantó la vista del documento que fingía leer y se encontró con la razón por la que, durante los siguientes meses, dejaría de dormir tranquilo.
Valeria Ibarra tenía el cabello Rubio Caramelo recogido en una coleta que parecía haber perdido la batalla contra las escaleras, un maletín de diseño bajo el brazo y una expresión que decía, con total claridad, que no pensaba disculparse dos veces por algo que no era su culpa. Vestía un traje sastre color vino que contrastaba con la seriedad gris de la sala, y caminó hacia el asiento vacío frente a Alejandro como si aquella oficina, y no la de él, fuera el territorio que dominaba.
-Señorita Ibarra, supongo -dijo él, con ese tono que usaba para dejar claro, sin necesidad de gritar, que estaba molesto.
-La misma. -Ella se sentó, sacó su portátil y ni siquiera lo miró-. Y usted debe ser el famoso Alejandro Duarte. Me advirtieron que era estricto con los horarios.
-Me advirtieron que usted era impuntual. Veo que ambas advertencias eran precisas.
Algo cambió en el aire de la sala. Marcos, que ordenaba unos papeles en la esquina, se quedó inmóvil como si hubiera detectado el primer temblor de un terremoto.
Valeria por fin levantó la mirada. Tenía los ojos color miel, del tipo que parecían amables hasta que se clavaban en algo -o alguien- con determinación. Y en ese momento, se clavaron en Alejandro con una determinación que no auguraba nada bueno para él.
-Once minutos de retraso por un ascensor averiado, señor Duarte, no es impuntualidad. Es un caso de fuerza mayor. Pero gracias por el recibimiento tan cálido, hace que una se sienta bienvenida.
-No recuerdo haber pedido que se sintiera bienvenida. Pedí puntualidad y un proyecto terminado. Empecemos por lo segundo, ya que lo primero parece ser mucho pedir.
Un silencio tenso se instaló en la sala. Alguien, en algún lugar, tosió incómodo.
Valeria sonrió. No era una sonrisa amable.
-Con gusto. -Abrió su portátil con un gesto casi teatral-. Aunque le advierto que mi propuesta es tan buena que probablemente le hará olvidar los once minutos. O tal vez no, porque usted parece de los que llevan la cuenta de todo, incluso de las cosas que no le convienen recordar.
-Curioso que hable de conveniencia usted, que llegó tarde a presentar un proyecto valorado en dos millones de dólares.
-Y aun así, aquí estoy, dispuesta a demostrarle por qué ese dinero estaría bien invertido en mi trabajo y no en su ansiedad por el reloj.
Marcos dejó caer una carpeta. Nadie lo notó, todos estaban demasiado ocupados observando el intercambio como si fuera un partido de tenis.
Alejandro apretó la mandíbula. Hacía años que nadie le hablaba así en una reunión, y mucho menos una desconocida que llevaba puestos unos tacones que probablemente costaban más que la silla en la que estaba sentada. Debería estar furioso. Estaba furioso. Pero había algo más, algo incómodo y desconocido, enredándose en su furia: la sensación extraña de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien lo estaba desafiando de verdad, sin miedo, sin titubeos.
Y eso, para un hombre acostumbrado a que todo el mundo le diera la razón, resultaba profundamente irritante.
-Adelante, señorita Ibarra -dijo por fin, cruzando los brazos-. Sorpréndame.
-Con gusto lo haré.
Y lo hizo.
Durante los siguientes cuarenta minutos, Valeria presentó un proyecto arquitectónico para el complejo residencial de Costa Azul que combinaba diseño sostenible, materiales innovadores y una estética que Alejandro, para su irritación, encontró impecable. Hablaba con seguridad, sin necesidad de notas, respondiendo a cada pregunta antes de que terminaran de formularla, anticipándose a sus objeciones con una precisión que resultaba casi ofensiva.
-Los costos de mantenimiento se reducen en un treinta por ciento gracias a los paneles solares integrados en la fachada -explicó, señalando un gráfico-. Y antes de que pregunte, señor Duarte, sí, el retorno de inversión se cumple en cuatro años, no en los siete que probablemente está calculando en su cabeza ahora mismo.
-No estaba calculando eso.
-Claro que sí. Tiene la cara de alguien que hace cuentas mentales todo el tiempo. Es casi tierno.
Alguien en la mesa ahogó una risa. Alejandro fulminó con la mirada a su director financiero, quien de inmediato fingió estar absorto en su teléfono.