Me Enamoré De Una Bruja.

Capítulo 2 - La apuesta

La terraza olía a sal y a jazmín, una combinación extraña que solo podía existir en un restaurante empeñado en parecer más romántico de lo que la ocasión requería. Alejandro se quedó junto a la puerta de cristal más tiempo del que estaba dispuesto a admitir, debatiéndose entre la sensatez -que le exigía volver a la mesa y terminar la cena como un adulto funcional- y ese otro impulso, mucho más terco, que lo empujaba hacia la baranda donde Valeria contemplaba la bahía con la copa de vino olvidada en la mano.

Ganó el impulso terco. Alejandro decidió, para su propia tranquilidad, que lo hacía únicamente porque un buen anfitrión no podía permitir que una invitada estuviera sola en la terraza mientras el resto de la fiesta continuaba dentro.

-¿Huyendo de Salcedo? -preguntó, apoyándose en la baranda a una distancia que consideró prudente, aunque no lo suficientemente prudente como para que Marcos, de haber estado allí, no hubiera sonreído con esa cara insufrible.

-Huyendo de la conversación sobre fondos de inversión inmobiliaria. Si tengo que escuchar una vez más la palabra "apalancamiento" esta noche, voy a lanzarme al mar.

-Es un mar bastante bonito para morir por aburrimiento.

-Al menos moriría con buena vista. -Ella giró la cabeza y lo miró de reojo-. ¿Y usted? No me diga que también huye. Pensé que los anfitriones tenían prohibido divertirse.

-No estoy huyendo. Estoy supervisando.

-Ah, claro. Supervisando la terraza. Un trabajo agotador, sin duda.

-Alguien tiene que hacerlo.

-Qué generoso de su parte sacrificarse así.

Se quedaron un momento en silencio, uno de esos silencios que en cualquier otra compañía a Alejandro le habrían resultado insoportables, pero que con ella tenía una textura distinta, casi cómoda, como si ambos hubieran llegado a una tregua tácita sin necesidad de negociarla. Duró poco. Con Valeria, las treguas nunca duraban mucho.

-¿Puedo preguntarle algo, señor Duarte?

-Ya lo está haciendo.

-¿Siempre es así? -Hizo un gesto vago con la copa, abarcándolo entero, desde el nudo perfecto de la corbata hasta la expresión que él llevaba tallada en el rostro desde que ella lo conocía-. Tan... controlado. Tan medido. ¿Nunca se le escapa nada? ¿Nunca improvisa?

-Improviso cuando la situación lo requiere.

-No le creo.

-No necesito que me crea.

-Pero me gustaría comprobarlo. -Había algo peligroso en su sonrisa, el tipo de sonrisa que Alejandro ya había aprendido, en apenas cuatro días de conocerla, a temer profundamente-. Le propongo algo.

-No me gusta cómo empieza esa frase.

-Le va a gustar menos cómo termina. Una apuesta.

Alejandro cruzó los brazos, más por instinto de defensa que por otra cosa.

-No hago apuestas con arquitectas que discuten conmigo en cada reunión.

-Qué pena, porque esta es sobre el proyecto Costa Azul, así que técnicamente no tiene opción de negarse sin admitir que le da miedo.

-No me da miedo una apuesta.

-Entonces escuche. -Se acercó un paso, apoyando ambos codos en la baranda, y Alejandro notó, con una precisión que le pareció completamente innecesaria, el aroma de su perfume mezclándose con el jazmín de la terraza-. Usted cree que su manera de dirigir un proyecto, con reglas estrictas, horarios inamovibles y cero margen para el error, es la única forma correcta de hacer las cosas. Yo creo que mi equipo puede trabajar igual de bien, o mejor, con más libertad creativa y menos... supervisión asfixiante, como la que usted acostumbra a ejercer.

-No es supervisión asfixiante. Es control de calidad.

-Es lo mismo con un nombre más bonito. En fin. La apuesta es la siguiente: durante las próximas dos semanas, usted deja que mi equipo trabaje en la primera fase del diseño sin su intervención directa. Nada de reuniones diarias, nada de correos a medianoche exigiendo actualizaciones, nada de aparecer sin avisar en la oficina para "revisar el progreso". Confianza total.

-¿Y si el proyecto se retrasa?

-No se va a retrasar. Pero si por algún milagro ocurriera, usted tendría razón, y yo tendría que aceptar trabajar bajo sus condiciones el resto del proyecto sin quejarme.

-¿Sin quejarse? -Alejandro enarcó una ceja-. Eso sería casi tan interesante de ver como el proyecto terminado.

-No se emocione, no va a pasar. Porque si gano yo, que es lo que va a suceder, usted tiene que admitir en público, frente a todo su equipo, que se equivocó. Y además -añadió, con un brillo que a Alejandro le pareció francamente peligroso- tiene que dejar de llamarme "señorita Ibarra" en cada frase como si fuéramos personajes de una novela del siglo diecinueve.

-Es su nombre.

-Es mi apellido, y suena a que me está regañando cada vez que lo usa. Me llamo Valeria. Es una palabra corta, se la puede aprender.

Alejandro se quedó mirándola un momento, calculando -porque siempre calculaba, era incapaz de no hacerlo- los riesgos reales de aceptar. El proyecto era importante, sí, pero también lo eran los plazos, y dos semanas sin supervisión directa le parecían una eternidad peligrosa. Por otro lado, había algo en la idea de perder esa apuesta, de tener que llamarla Valeria en lugar de señorita Ibarra, que no le resultaba tan desagradable como debería.

Ese pensamiento, en particular, le pareció alarmante.

-Está bien -dijo finalmente-. Acepto.

-¿En serio? -Ella no pudo ocultar la sorpresa-. Pensé que tendría que insistir un poco más.

-No me gusta que piensen que le tengo miedo a una apuesta, señorita... Valeria.

El nombre le salió torpe, casi ensayado, como una palabra en un idioma que apenas empezaba a aprender. Pero algo en la forma en que ella sonrió al escucharlo -una sonrisa distinta a las anteriores, más genuina, menos armada para la batalla- hizo que a Alejandro le pareciera que había valido la pena el esfuerzo.

-Bien. -Le tendió la mano-. Trato hecho.

Él la tomó. Y, otra vez, ese contacto breve y formal le provocó una sacudida que no tenía absolutamente nada de profesional.




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