Me Enamoré De Una Bruja.

2) No Beso.

Sinaí.

Urgencias era un caos.

Paramédicos entrando. Familiares llorando. Médicos corriendo.
Y en medio de todo eso...
Grecia caminaba rápido a mi lado con el cabello desordenado y una expresión completamente distinta a la habitual.
Seria.
Concentrada.
Peligrosamente buena.

-¿Qué tenemos? -pregunté entrando al área de trauma.

-Accidente automovilístico -respondió una enfermera-.

Hemorragia interna. Posible ruptura esplénica.
Grecia ya estaba colocándose los guantes.

-Presión arterial cayendo.

-Necesitamos quirófano ahora -dije.
Ella ya estaba moviendo instrumental.

-¿Tipo de sangre?

-O negativo.

-Perfecto, el universo decidió complicarnos la existencia.

Incluso en emergencias hacía chistes.
No entendía cómo lo lograba.
El paciente empezó a convulsionar ligeramente.
La enfermera se alteró.

-¡Está empeorando!
Grecia tomó aire.

-Mírame -le dijo al paciente suavemente-. No vas a morirte hoy porque honestamente estoy demasiado cansada para llenar papeleo.

Yo la miré sorprendido.
Y el hombre... increíblemente... sonrió apenas.

Después todo ocurrió rápido.
Entramos a cirugía. Luces blancas. Sangre. Órdenes. Tensión.
Y Grecia...
Dios.

Grecia era impresionante.

-Compresa.

-Aquí.

-Succión.

-Lista.

-Presión estableciéndose.

Nos movíamos sincronizados otra vez.
Como si lleváramos años operando juntos.

Ni siquiera teníamos que hablar demasiado.

Ella anticipaba cada movimiento.
Y eso era peligrosamente adictivo.
Porque trabajar con Grecia se sentía como discutir con fuego: agotador, caótico, pero imposible de ignorar.
Después de casi dos horas...
el monitor finalmente estabilizó el ritmo cardíaco.
Silencio.

Yo solté el aire lentamente.

-Buen trabajo.
Grecia se quitó la mascarilla.

-Obviamente.

Rodé los ojos.
Y ahí estaba otra vez la Grecia insoportable de siempre.
El paciente sobrevivió.
Las enfermeras empezaron a relajarse.

Patricia nos miró sonriendo.

-Si siguen así voy a empezar a cobrar entradas.
Grecia tomó una botella de agua.

-¿Entradas para qué?

-Para la tensión sexual no resuelta.
Casi me atraganto.
Grecia escupió agua.

-¿Qué?
Patricia levantó una ceja.

-Todo el hospital lo nota.

-No existe ninguna tensión sexual -dije inmediatamente.
Grecia me señaló.

-Exacto. Solo ganas de golpearlo.

-Mutuas.

-Aunque admito que tiene pestañas bonitas.
La miré horrorizado.

-¿Por qué dices esas cosas?

-Porque tu cara de sufrimiento me da felicidad.

Patricia empezó a reírse.
Y entonces...
la puerta del quirófano se abrió.
Una mujer alta entró elegantemente vestida con una bata perfectamente planchada.

Tacones. Cabello oscuro impecable. Labial rojo. Mirada fría.
Todo el ambiente cambió.
Las enfermeras dejaron de hablar.
Grecia también.
Y eso fue raro.

Porque Grecia nunca parecía intimidarse por nadie.
La mujer me observó primero.
Después sonrió.

-Sinaí.
Mi cuerpo se tensó ligeramente.

-Valeria.
Grecia levantó lentamente una ceja.
Oh, no.
No, no.

Esa expresión significaba problemas.
Valeria Castelo.

Cirujana cardiovascular. Brillante. Perfeccionista. Competitiva. Y lamentablemente...
mi exnovia.

Bueno. "Ex" era una palabra amable.
Nuestra ruptura había parecido un juicio legal mezclado con guerra mundial.

Valeria caminó hacia nosotros.

-Escuché que el nuevo residente estrella finalmente llegó al San Gabriel.

Grecia cruzó los brazos.

-¿Y tú eres...?

Valeria la miró apenas.
Y sonrió de esa manera elegante que usan las personas peligrosas.

-Doctora Valeria Castelo.
Grecia respondió con una sonrisa igual de falsa.

-Grecia Del Valle.

-Ah... la estudiante problemática.
El aire cambió.

Yo literalmente sentí el peligro.
Porque había algo importante que aprender sobre Grecia:
podía soportar insultos. Burlas. Críticas.

Pero odiaba profundamente que la subestimaran.
Grecia inclinó la cabeza.




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