Me Enamoré De Una Bruja.

3) Maldita Fuera Ese Creo.

—¡Porque la última vez tú casi incendiaste microbiología! —gritó Clara mientras corrían hacia las escaleras.

—¡ESO FUE UN ACCIDENTE CIENTÍFICO!

—¡METISTE UN TENEDOR EN UN ESTERILIZADOR!

—¡NADIE SABÍA QUE HACÍA CHISPAS!

La alarma seguía sonando por todo el hospital.
Pacientes nerviosos. Doctores corriendo. Internos entrando en pánico como pollitos sin supervisión adulta.
Grecia bajó las escaleras de dos en dos.

Y al llegar al segundo piso se encontró con humo saliendo del laboratorio.

—Perfecto —murmuró—. Amo vivir experiencias cercanas a la muerte antes del desayuno.

—¡Grecia!

Giró inmediatamente.
Sinaí venía hacia ella con expresión seria.

Y por alguna razón… verlo correr hacia ella le aceleró el corazón de una forma ridículamente vergonzosa.

—¿Estás bien? —preguntó él.
Ella levantó una ceja.

—¿Por qué no lo estaría?

—Porque cada vez que algo explota tú apareces cerca.

—Qué falta de respeto.

Él revisó rápidamente que no estuviera herida.
Y Grecia se quedó callada.
Muy callada.

Porque Sinaí acababa de tocarle el brazo.
Y maldito fuera el universo… tenía manos bonitas.

—Grecia.

—¿Qué?

—¿Estás escuchándome?

—Más o menos.

Sinaí suspiró.

—Necesitamos evacuar esta área.
Un enfermero apareció agitado.

—¡Hay alguien atrapado adentro!
El ambiente cambió inmediatamente.
Grecia dejó de bromear.

—¿Quién?

—Una estudiante de farmacia. La puerta de seguridad quedó bloqueada.

Sinaí maldijo por lo bajo.
El humo seguía aumentando.

—Los bomberos vienen en camino —dijo Patricia—, pero tardarán.
Grecia miró el laboratorio.
Después miró a Sinaí.
Y Sinaí ya sabía exactamente lo que estaba pensando.

—No.

—Sí.

—Grecia, no.

—Hay una persona adentro.

—Y también hay fuego.
Ella se cruzó de brazos.

—Tú literalmente me conociste entrando ilegalmente a un quirófano.

¿De verdad crees que voy a quedarme aquí mirando?
Odiaba cuando tenía razón.
Grecia tomó una mascarilla de emergencia.

Sinaí la agarró del brazo antes de que avanzara.

—No vas sola.
Ella lo miró.

Y durante un segundo el ruido alrededor desapareció otra vez.
Porque había algo peligrosamente íntimo en la manera en que él la observaba cuando estaba preocupado.
Como si de verdad le importara.
Mucho.

—Sinaí…

—Ni lo discutas.

—Qué romántico. Entraremos juntos al fuego.

—Cállate y ponte la mascarilla.
Clara gritó desde atrás:

—¡SI MUEREN ME QUEDO CON SUS COSAS!

—¡Cállate tú! —gritaron ambos al mismo tiempo.
Y entonces entraron.

El laboratorio estaba lleno de humo.
Grecia tosió inmediatamente.

—Dios mío… esto huele a estudiantes reprobando química.

—Concéntrate.

—Estoy concentrada y graciosa. Puedo hacer ambas.
Escucharon un golpe al fondo.

—¡Aquí! —gritó una voz temblorosa.
Grecia avanzó rápidamente entre las mesas tiradas.

Encontraron a una chica atrapada detrás de una estantería caída.
Llorando. Asustada. Con una herida en la pierna.

—Tranquila —dijo Grecia arrodillándose junto a ella—. No vas a morir hoy porque honestamente no tengo energía para el papeleo.

La estudiante soltó una risa nerviosa entre lágrimas.
Sinaí empezó a mover la estantería.

—Necesito ayuda.
Grecia se colocó junto a él.

—A la cuenta de tres.

—Uno…

—Dos…

—Tres.

Empujaron juntos.
La estantería finalmente cayó hacia un lado.

Pero en ese mismo instante…
algo explotó al fondo del laboratorio.
BOOM.

Grecia sintió el piso vibrar.
La chica gritó.
Y antes de reaccionar…
un vidrio enorme cayó desde arriba directamente hacia ella.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Sinaí la empujó violentamente hacia un lado.

El cristal se estrelló exactamente donde ella estaba parada un segundo antes.

Grecia cayó al piso.
Y Sinaí cayó encima de ella.
Silencio.
Muy cerca.
Demasiado cerca.

Ella podía sentir su respiración.
Sus manos sujetándole la cintura.
El corazón golpeándole tan fuerte que parecía una alarma más del hospital.
Grecia levantó lentamente la mirada.
Y Sinaí la estaba mirando igual.
Intensamente.




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