El lunes trajo consigo algo que ninguno de los dos esperaba: una crisis real.
-Tenemos un problema -anunció Marcos, entrando a la oficina de Alejandro sin siquiera tocar, algo que solo hacía cuando la situación era genuinamente grave-. El proveedor de materiales sostenibles para Costa Azul acaba de cancelar el contrato. Dice que no puede cumplir con los plazos que se comprometió a entregar.
Alejandro sintió que el estómago se le tensaba de esa manera particular que solo los problemas de calendario lograban provocarle.
-¿Cuánto retraso significa eso?
-Si no encontramos un proveedor alternativo en los próximos tres días, mínimo un mes. Y eso afecta directamente el cronograma de construcción, que ya está comprometido con los inversionistas.
-Llama a Valeria. Necesito que su equipo revise si hay alternativas de diseño que permitan usar otros materiales sin comprometer la estructura.
Media hora después, Valeria entró a la oficina con la misma energía decidida de siempre, aunque esta vez sin rastro de sarcasmo en la expresión. La gravedad del problema parecía haber establecido, al menos temporalmente, una tregua tácita entre ambos.
-Marcos me puso al tanto -dijo, sentándose frente al escritorio de Alejandro sin esperar invitación-. Tengo dos opciones de proveedores alternativos, pero ambas implican ajustes al diseño original. Nada dramático, pero sí cambios que tomará tiempo aprobar.
-¿Cuánto tiempo?
-Con mi equipo trabajando full time, podríamos tener los ajustes listos en cinco días.
-No tenemos cinco días, Valeria. Tenemos tres.
-Entonces sugiero que en lugar de cuestionar mis cálculos, me deje ir a trabajar en lugar de perder tiempo discutiendo sobre matemáticas que ya revisé dos veces.
El tono, aunque tenso, carecía del filo habitual de sus enfrentamientos. Ambos estaban demasiado concentrados en el problema real como para disfrutar de la pelea recreativa a la que se habían acostumbrado.
Los siguientes tres días transcurrieron en una especie de tregua forzada por las circunstancias. Alejandro y Valeria trabajaron codo a codo -literalmente, en más de una ocasión, inclinados sobre los mismos planos en la misma mesa- revisando alternativas, ajustando presupuestos, negociando con proveedores hasta altas horas de la noche. Sin la distancia habitual que las discusiones les proporcionaban, Alejandro descubrió una faceta de Valeria que no había tenido oportunidad de ver antes: la concentración absoluta con la que trabajaba, la manera en que se mordía el labio inferior cuando algo no encajaba en un plano, el modo en que su voz perdía todo el sarcasmo cuando hablaba de verdad sobre lo que le apasionaba de su trabajo.
-Tienes ojeras -le dijo ella la tercera noche, casi a las once, cuando ambos seguían en la oficina revisando el último ajuste-. Y no las de siempre. Las de "no he dormido en tres días" de verdad.
-Tú tampoco te ves precisamente descansada.
-Yo funciono bien con poco sueño y mucho café. Tú, en cambio, pareces a punto de derrumbarte sobre esos planos.
-Estoy bien.
-Mentiroso. -Se levantó, estirando la espalda con un gesto cansado, y por primera vez desde que la conocía, Alejandro no sintió ganas de discutir con ella, solo de seguir mirándola-. Vamos a tomar un descanso. Diez minutos. Insisto.
Terminaron en la pequeña terraza que la oficina tenía en la parte trasera, apenas un balcón con dos sillas y una vista mediocre del estacionamiento, pero que en ese momento, agotados como estaban ambos, les pareció el lugar más tranquilo del mundo.
-¿Puedo preguntarte algo? -dijo Alejandro, rompiendo el silencio con la voz baja del cansancio genuino.
-Ya hicimos esto una vez. Me preguntaste algo serio en un ascensor y yo terminé contándote sobre mi papá.
-Entonces es tu turno de preguntar algo serio.
Valeria lo miró un momento, sopesando si realmente quería aprovechar esa oferta o dejarla pasar con una broma, como hacía siempre que las conversaciones se acercaban demasiado a un territorio incómodo. Finalmente, optó por lo primero.
-¿Qué se te cayó? Lo dijiste hace unos días. Que construías cosas sólidas para demostrar que podías construir algo que no se cayera. Nunca terminaste de explicarlo.
Alejandro se quedó mirando el estacionamiento vacío durante un momento largo antes de responder.
-Se llamaba Camila. Estuvimos juntos ocho años. Íbamos a casarnos.
-¿Qué pasó?
-Se fue con mi socio de aquel entonces. Dos semanas antes de la boda. -Lo dijo con la voz tan neutra como pudo fabricar, el mismo tono que usaba para hablar de fusiones empresariales-. Descubrí que llevaban casi un año juntos. Todo el mundo lo sabía, menos yo. Fue... instructivo.
-Alejandro.
-No necesito compasión. Fue hace cinco años. Ya lo superé.
-No suena a que lo hayas superado. Suena a que decidiste que la solución era no volver a intentarlo jamás, lo cual es distinto a superarlo.
La observación, tan certera y tan incómodamente similar a lo que Renata le había dicho por teléfono, hizo que Alejandro la mirara con una mezcla de irritación y algo parecido al asombro.
-¿Siempre tienes que tener razón?
-Casi siempre, sí. Ya te lo dije, no es un complejo, es un dato.
A pesar de sí mismo, Alejandro sonrió. Y en ese instante, con las luces del estacionamiento parpadeando abajo y el cansancio compartido de tres días de trabajo sin descanso flotando entre ambos, algo cambió en el aire, algo que ninguno de los dos estaba preparado para nombrar. Valeria dejó de sonreír también, mirándolo con una intensidad distinta a cualquier otra que hubiera mostrado antes, y por un segundo -solo un segundo, pero suficiente para que a Alejandro se le acelerara el corazón de una manera que llevaba cinco años sin experimentar- pareció que ambos se inclinaban, apenas un poco, el uno hacia el otro.
El teléfono de Alejandro sonó, rompiendo el momento con la brutalidad de una alarma de incendio.