El malentendido de la fotografía, lejos de enfriar las cosas entre ellos, pareció derretir la última capa de hielo que ambos habían insistido en mantener. Los días siguientes trajeron una versión distinta de su dinámica habitual: las discusiones seguían existiendo -era, al parecer, imposible que dejaran de existir entre dos personas tan tercas- pero habían perdido el filo genuinamente hostil de las primeras semanas. Ahora discutían casi por deporte, como si ambos hubieran descubierto que pelear era, sencillamente, su forma particular de coquetear, y ninguno de los dos tuviera ninguna prisa por cambiar de método.
-Esta columna no puede ir ahí -dijo Alejandro, señalando un punto en los planos extendidos sobre la mesa de juntas-. Rompe la simetría de toda la fachada.
-La columna va exactamente ahí porque es donde el cálculo estructural dice que tiene que ir, y a menos que usted tenga un título en ingeniería que no mencionó en su currículum, sugiero que confíe en la gente que sí lo tiene.
-Tengo buen ojo para el diseño.
-Tiene buen ojo para los presupuestos. Que es admirable, pero no lo convierte en arquitecto.
-Diez años dirigiendo proyectos inmobiliarios me han enseñado un par de cosas sobre diseño, Valeria.
-Y quince años de carrera me han enseñado que los hombres que dicen "tengo buen ojo para el diseño" generalmente lo que tienen es una opinión muy fuerte sobre algo que no entienden del todo. Sin ofender.
-Suena exactamente a una ofensa.
-Bueno, si el zapato le queda...
Marcos, que llevaba ya semanas asistiendo a estas escenas con la paciencia de un hombre que sabe que está presenciando algo que algún día contará en las fiestas, intervino con su habitual diplomacia salomónica.
-¿Y si dejamos que el ingeniero estructural decida, ya que es literalmente su trabajo?
Ambos lo ignoraron olímpicamente, demasiado ocupados sosteniéndose la mirada con esa mezcla de irritación y algo completamente distinto que ya ni siquiera se molestaban en disimular frente al equipo.
-Está bien -cedió finalmente Alejandro-. La columna se queda donde está. Pero quiero que conste que sigo pensando que rompe la simetría.
-Conste. Y quiero que conste también que no me importa en absoluto lo que piense sobre simetría un hombre que organiza su clóset por orden alfabético.
-¿Cómo sabes eso?
-Lo até cabos. Tiene toda la personalidad de alguien que organiza su clóset por orden alfabético.
-Eso no es un insulto, para que lo sepas. Es organización.
-Es un trastorno con buena publicidad, pero no discutamos semántica.
La reunión terminó, como terminaban ya casi todas, con el equipo disperso entre risas contenidas y con Alejandro y Valeria quedándose los últimos, sin ningún motivo profesional real, prolongando una conversación que técnicamente ya había concluido diez minutos antes.
-¿Cenas conmigo? -preguntó Alejandro, casi antes de terminar de procesar que la pregunta había salido de su boca.
Valeria se quedó mirándolo, sorprendida genuinamente por primera vez en semanas.
-¿Es una cena de trabajo?
-No.
-¿Es una cena de "reconozco que me equivoqué otra vez y necesito compensarlo con comida"?
-Tampoco.
-Entonces, ¿qué tipo de cena es exactamente, señor Duarte?
Alejandro respiró hondo. Llevaba semanas dando vueltas alrededor de esa pregunta, y ahora que finalmente se había atrevido a hacerla, no pensaba retroceder por miedo a nombrar las cosas con claridad.
-Es una cena en la que me gustaría, por una vez, hablar contigo sin planos de por medio, sin cronogramas, sin apuestas. Solo... hablar.
Ella tardó un momento en responder, un momento que a Alejandro le pareció eterno.
-Está bien -dijo finalmente-. Pero elijo yo el restaurante. Y le advierto que no va a ser uno de esos lugares elegantes donde usted se siente cómodo corrigiendo la temperatura del vino.
-Trato hecho.
-Deja de decir "trato hecho" cada vez que aceptas algo. Suena a que todavía estás en modo negociación de contratos.
-Es un hábito difícil de romper.
-Todo en ti es un hábito difícil de romper, Alejandro. Ya me he dado cuenta.
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El restaurante que Valeria eligió resultó ser un local pequeño en un barrio que Alejandro, para su ligera vergüenza, no conocía en absoluto, especializado en comida callejera elevada, con mesas de madera desgastada y un menú escrito a mano en una pizarra. Nada que ver con el tipo de establecimiento donde solía cerrar negocios.
-Esto es... rústico -comentó, mirando alrededor con una expresión que intentaba, sin mucho éxito, disimular su desconcierto.
-Esto es real, que es distinto a lo que tú estás acostumbrado. Confía en mí, la comida aquí es mejor que en cualquiera de esos restaurantes con manteles de lino donde solo sirven porciones minúsculas a precios obscenos.
-No todos esos restaurantes son así.
-Todos son exactamente así, y tú lo sabes, pero eres demasiado orgulloso para admitirlo.
Pidieron -o más bien, Valeria pidió por ambos, ignorando las protestas iniciales de Alejandro con una autoridad que él, para su propia sorpresa, no tuvo el menor interés en cuestionar- y durante la primera media hora la conversación fluyó con una naturalidad que ninguno de los dos había experimentado antes con el otro, sin la armadura de las discusiones laborales, sin la necesidad constante de tener la última palabra.
-¿Por qué nunca te casaste? -preguntó Alejandro en algún momento, entre bocado y bocado de algo picante que le había hecho sudar más de lo que estaba dispuesto a admitir-. Treinta y cinco años, exitosa, brillante. Debe de haber una fila de candidatos.
-Ha habido candidatos, sí. Ninguno que valiera la pena quedarse. -Se encogió de hombros, con esa despreocupación que Alejandro ya empezaba a sospechar era, en parte, una fachada-. La mayoría de los hombres se sienten amenazados por una mujer que gana más que ellos, o que tiene más éxito, o que simplemente no está dispuesta a hacerse pequeña para que ellos se sientan grandes. Después de la tercera relación así, decidí que prefería estar sola a estar acompañada por alguien que necesita que yo sea menos de lo que soy.