POV Grecia Del Valle.
El silencio después de que Sinaí no negó lo del beso…
fue probablemente el momento más humillante de mi existencia.
Porque de pronto mi cerebro dejó de funcionar como órgano médico profesional…
y empezó a funcionar como adolescente estúpida en novela romántica.
Y eso era gravísimo.
Muy gravísimo.
Lo miré fijamente esperando que se riera. O hiciera un chiste. O dijera algo arrogante.
Pero no.
Sinaí solo seguía ahí sentado observándome con esa calma peligrosa que empezaba a afectarme demasiado.
Patricia tenía razón.
Ya valimos.
Agarré una papa frita para fingir estabilidad emocional.
—Bueno…
Mi voz salió rara.
Perfecto.
Ahora además de enamorada iba a sonar asmática.
Sinaí sonrió apenas.
Y Dios mío.
¿Cómo podía una sonrisa tranquila causar tantos problemas psicológicos?
—¿Qué pasó con la mujer que amenaza personas por diversión? —preguntó.
—Murió en el incendio.
—Mentira. Sigue aterrorizando estudiantes.
—Eso es liderazgo académico.
Él soltó una risa baja.
Y ahí estaba otra vez esa sensación horrible.
La sensación de querer quedarme aquí toda la noche solo escuchándolo reír.
Necesitaba ayuda espiritual urgentemente.
Me levanté de golpe.
—Bueno, adiós.
Sinaí levantó una ceja.
—¿Eso fue pánico?
—Eso fue estrategia emocional.
—Grecia.
—No podemos seguir teniendo conversaciones raras a dos centímetros de distancia porque voy a empezar a tomar malas decisiones.
Silencio.
Él se apoyó lentamente en la silla.
—¿Como cuáles?
Ay, no.
NO.
Ese tono de voz debería ser ilegal.
Lo señalé inmediatamente.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—La voz.
—¿Tengo voz?
—Demasiada.
Sinaí empezó a reír otra vez.
Y el muy desgraciado se veía hermoso haciéndolo.
De verdad no era justo.
La puerta de la oficina se abrió violentamente antes de que mi dignidad muriera por completo.
Clara apareció.
Y detrás de ella… Patricia.
Y detrás de Patricia…
el traumatólogo.
Todos nos miraron.
Después miraron la comida.
Después volvieron a mirarnos a nosotros.
—Oh —dijo Clara lentamente—. Interrumpimos tensión sexual premium.
—¡NO! —grité demasiado rápido.
Patricia sonrió como mujer que vive únicamente para el drama hospitalario.
Patricia Herrera: enfermera, treinta y siete años, madre de dos hijos, y principal distribuidora de chismes del San Gabriel.
Si alguien se enamoraba en este hospital…
Patricia lo sabía antes que la persona involucrada.
El traumatólogo, el doctor Iván Rivas, cruzó los brazos.
—Yo dije que terminarían besándose antes de diciembre.
—¿USTEDES HACEN APUESTAS SOBRE NOSOTROS? —pregunté horrorizada.
Clara levantó una mano.
—Yo aposté por octubre.
—¡CLARA!
Clara: mi mejor amiga, estudiante de pediatría, dramática, escandalosa, y peligrosamente incapaz de guardar secretos.
La conocí en primer año cuando casi incendiamos un laboratorio juntas.
Una amistad verdaderamente hermosa.
Sinaí parecía divertidísimo observando mi sufrimiento.
Traidor.
—Esto no es gracioso —murmuré.
Patricia se sentó tranquilamente junto a la comida.
—Ay, Grecia. Todo el hospital los escucha discutir como pareja divorciada.
—No parecemos pareja divorciada.
Los tres hablaron al mismo tiempo.
—Sí parecen.
Odiaba este lugar.
Muchísimo.
Iván tomó una papa frita de mi bolsa.
—Además Lombardi ya tiene cara de hombre enamorado.
Sinaí casi se atragantó.
Y eso… eso me dio una felicidad completamente inmadura.
Excelente. Ahora disfrutaba verlo nervioso.
El karma estaba trabajando rápidamente.
—Nadie está enamorado —dijo él.
Patricia lo miró con lástima.
—Claro, campeón.
Y entonces…
la puerta volvió a abrirse.
El ambiente cambió inmediatamente.
Valeria.
Otra vez perfecta. Otra vez elegante. Otra vez irritándome con solo respirar.