El lunes llegó con una puntualidad que a Alejandro, por primera vez en su vida, le pareció completamente indeseable.
Se despertó una hora antes de lo habitual, revisó su agenda tres veces sin necesidad real de hacerlo, y se cambió de camisa dos veces antes de decidir que la elección de vestuario no debía tener absolutamente nada que ver con la reunión de las diez de la mañana. Se dijo a sí mismo, mientras conducía hacia la oficina, que su nerviosismo no tenía sentido. Habían pasado cinco años. Camila Fuentes era, a esas alturas, apenas un nombre asociado a una herida vieja que ya no dolía como antes.
Se equivocaba, aunque solo un poco.
-Buenos días, Alejandro. -La voz, reconocible incluso después de tanto tiempo, lo alcanzó en cuanto entró a la sala de juntas.
Camila estaba de pie junto a la ventana, con un traje impecable y esa sonrisa serena que él recordaba de los años en que había estado profundamente enamorado de ella. Se veía bien. Distinta, más segura de sí misma, con una madurez que el tiempo le había regalado generosamente. Y sin embargo, al mirarla, Alejandro no sintió nada de lo que había temido sentir: ni rabia, ni nostalgia, ni el vacío familiar de la traición. Sintió, para su propia sorpresa, casi nada. Un vago reconocimiento, como quien se cruza con un capítulo cerrado de un libro que ya terminó de leer hace mucho.
-Camila. -Le tendió la mano, con una formalidad cuidadosamente calculada-. No esperaba que fueras tú quien dirigiera esta alianza.
-Ni yo esperaba encontrarte del otro lado de la mesa. El mundo de los negocios es sorprendentemente pequeño. -Su mirada se desvió, apenas un segundo, hacia la puerta, por donde en ese momento entraba Valeria con su carpeta habitual bajo el brazo-. ¿Y ella es...?
-Valeria Ibarra. La arquitecta principal del proyecto. -Alejandro hizo las presentaciones con una neutralidad que le costó un esfuerzo considerable mantener-. Valeria, ella es Camila Fuentes, directora regional de expansión de nuestro nuevo socio estratégico.
-Un placer. -Valeria extendió la mano con una sonrisa profesional impecable, aunque Alejandro, que ya había aprendido a leer cada matiz de su expresión, notó la tensión sutil detrás de la cortesía-. He escuchado mucho sobre la expansión de su empresa en la región. Trabajo interesante.
-Gracias. He escuchado bastante sobre usted también. -Camila sonrió, con un dejo de curiosidad que a Alejandro le pareció peligrosamente perceptivo-. Al parecer es usted quien ha estado... revolucionando las cosas por aquí.
-Hago lo que puedo.
La reunión que siguió transcurrió con una profesionalidad impecable en apariencia, aunque cargada de una tensión subterránea que ninguno de los tres mencionó en voz alta. Camila presentó las condiciones de la alianza con la misma eficiencia que Alejandro recordaba de sus años juntos, Valeria defendió cada aspecto del diseño con su habitual firmeza, y Alejandro se descubrió, más de una vez, observando la dinámica entre ambas mujeres con una atención que probablemente no debería haber tenido en una reunión de negocios.
-Antes de terminar -dijo Camila, cerrando su carpeta al final de la reunión-, me gustaría proponer una cena esta semana entre los equipos principales. Para conocernos mejor fuera del contexto formal de la oficina. Es una práctica que hemos adoptado en todas nuestras alianzas estratégicas, ayuda a fortalecer la confianza.
-Me parece bien -respondió Alejandro, aunque algo en su interior se tensó ante la idea.
-Perfecto. -Camila sonrió, esta vez dirigiéndose directamente a él, con una calidez que llevaba un rastro casi imperceptible de algo más-. Podríamos aprovechar para ponernos al día también, ¿no crees? Hace mucho que no hablamos de verdad, Alejandro.
Valeria, que hasta ese momento había mantenido una compostura impecable, cerró su carpeta con un chasquido ligeramente más fuerte de lo necesario.
-Estoy segura de que tendrán mucho de qué hablar. -Su tono era cortés, casi perfecto, pero Alejandro pudo detectar, debajo de esa cortesía, un filo que conocía bien-. Si me disculpan, tengo que revisar unos planos antes del almuerzo.
Salió de la sala con su paso decidido de siempre, pero Alejandro notó que había algo distinto en la manera en que cerró la puerta, un poco más firme de lo habitual.
-Interesante mujer -comentó Camila, observando la puerta cerrada con una expresión difícil de descifrar-. Tiene carácter.
-Tiene mucho más que carácter.
-Ya veo. -Camila lo miró con una sonrisa que era, sin duda, demasiado perspicaz para el gusto de Alejandro-. ¿Hay algo que debería saber, Alejandro?
-No es asunto de la reunión.
-No, claro que no. -Su sonrisa se ensanchó, con una nota de diversión genuina-. Pero es bueno verte así. Nervioso por una mujer. Pensé que después de... bueno, después de todo, habías decidido que eso ya no era para ti.
-Las cosas cambian.
-Me alegra que hayan cambiado. De verdad. -Por primera vez desde que había entrado a la sala, la voz de Camila perdió su tono profesional y se volvió genuinamente sincera-. Sé que lo que pasó fue terrible, y sé que probablemente todavía te debo una disculpa que nunca te di como se debía. Lamento mucho el daño que causé.
Alejandro se quedó mirándola, sorprendido por la honestidad inesperada de la confesión, y sintió, por primera vez en cinco años, que aquella herida vieja finalmente empezaba a cerrarse del todo.
-Ya quedó en el pasado, Camila. Los dos seguimos adelante.
-Me alegra escuchar eso. -Recogió sus documentos, dirigiéndose hacia la puerta-. Nos vemos en la cena, entonces. Y Alejandro... cuida bien a esa arquitecta tuya. Se nota que le importas de verdad. No es común encontrar a alguien que te mire así.
Se marchó dejando a Alejandro solo en la sala de juntas, procesando una conversación que había resultado completamente distinta a la que había temido durante todo el fin de semana. Pero la calma que sintió duró apenas el tiempo que le tomó salir al pasillo y encontrarse con Valeria, esperándolo con los brazos cruzados y una expresión que no auguraba nada bueno.