Me Enamoré De Una Bruja.

5) Hombre Atractivo +Crisis Familiar.

Pov Grecia Del Valle.

Odiaba profundamente sentirme vulnerable.

Lo odiaba.

Porque la vulnerabilidad era peligrosa. La vulnerabilidad hacía que la gente viera partes tuyas que normalmente escondías detrás de chistes y sarcasmo.

Y yo llevaba años perfeccionando el arte de parecer invencible.
Pero ahora estaba sentada sola en una cama medio vacía…
mirando una carta que no tenía sentido.

Mi madre no desaparecía.

Mi madre era el tipo de mujer que dejaba notas incluso para salir a comprar pan.

No hacía esto.

Algo estaba mal.

Muy mal.

Volví a marcar su número.

Buzón.

Otra vez.

—Vamos, mamá…

Mi voz sonó rota.

Y eso me asustó más que todo lo demás.

Porque yo no lloraba fácilmente.
Había aprendido hacía mucho tiempo que llorar no solucionaba nada.
Respiré profundo intentando pensar como adulta funcional.

Primero: no entrar en pánico.

Segundo: buscar explicaciones lógicas.

Tercero: evitar colapsar emocionalmente como protagonista de drama coreano.

Perfecto
.
Ya tenía un plan.

Me levanté rápidamente y revisé el armario otra vez.

Faltaban algunas cosas. Pero no todas.
Su cartera favorita seguía ahí.
Y eso empeoró todo.

Mi madre jamás salía sin esa cartera.
Nunca.

El miedo empezó a subir lentamente por mi pecho.

Agarré el celular otra vez.
Y sin pensar demasiado…
llamé a Sinaí.

Contestó al segundo timbre.

—Grecia.

Solo escuchar su voz tranquila hizo algo horrible dentro de mí.
Algo que casi parecía alivio.

—Hola.

Silencio.
Después habló más serio.

—¿Qué pasó?

Porque sí.

Él ya me conocía lo suficiente para notar cuando algo iba mal.

Y honestamente eso daba muchísimo miedo.

Me apoyé contra la pared intentando sonar normal.

—Nada grave.

—Grecia.

Maldito tono suave.

Tragué saliva.

—Mi mamá no está.

Silencio inmediato al otro lado.

—¿Qué quieres decir con no está?

Miré la carta otra vez.

Y por primera vez desde que llegué…
sentí ganas reales de llorar.

—Se fue.

Mi voz se quebró apenas en la última palabra.

Odié eso. Muchísimo.

Pero Sinaí no hizo comentarios.

No intentó suavizarlo.

Solo preguntó calmadamente:

—¿Estás sola?

Asentí por reflejo antes de recordar que estaba al teléfono.

—Sí.

—Voy para allá.

Abrí los ojos.

—No tienes que—
—Grecia.

Y ahí estaba otra vez esa voz.

La voz que hacía que mi cerebro dejara de pelear.

—Dame la dirección.

Quince minutos después…
estaba sentada en el sofá abrazando una almohada como persona emocionalmente inestable.

Federico el esqueleto me observaba desde la esquina como testigo incómodo de mi tragedia.

—No me juzgues —le murmuré.
Sonó el timbre.

Corrí a abrir demasiado rápido.
Y ahí estaba Sinaí.

Con ropa casual. Cabello desordenado. Cara de preocupación.

Dios mío.

¿Por qué incluso preocupado seguía viéndose así?

—Hola —dijo suave.

Y no sé qué pasó exactamente.

Tal vez el estrés. El miedo. El cansancio acumulado.
Pero apenas lo vi…
sentí que ya no tenía que fingir estar bien.

Y eso fue suficiente para destruirme emocionalmente.

Porque mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas antes de poder evitarlo.

—Oh, no —murmuré horrorizada—. Esto es humillante.
Sinaí entró inmediatamente.

—Hey.
Intenté reírme.

—Qué vergüenza… literalmente sobreviví un incendio hoy y voy a perder contra mis sentimientos.

Él cerró la puerta detrás de sí.
Y después hizo algo todavía peor.
Mucho peor.




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