Las semanas siguientes transcurrieron con una facilidad que a Alejandro, acostumbrado a que la vida le cobrara cada momento de felicidad con una factura proporcional de complicaciones, le resultaba casi sospechosa.
El proyecto Costa Azul avanzaba mejor que nunca, con la alianza estratégica de la empresa de Camila funcionando sin sobresaltos adicionales después de la cena inaugural. Valeria y él habían encontrado un ritmo que combinaba, de manera casi milagrosa, la pasión profesional que los había unido desde el principio con una ternura que ninguno de los dos, especialmente Alejandro, hubiera creído posible unas semanas atrás.
-Estás pensando demasiado -dijo Valeria una noche, tumbada junto a él en el sofá de su apartamento, con los planos del proyecto olvidados sobre la mesa de centro y una película que ninguno de los dos seguía con atención real-. Lo noto. Tienes esa arruga en la frente que aparece cuando tu cerebro decide arruinar un buen momento con preocupaciones innecesarias.
-No estoy pensando demasiado.
-Alejandro. Llevamos veinte minutos viendo la misma escena porque ninguno de los dos ha tocado el control remoto. Algo te ronda la cabeza.
Él suspiró, rindiéndose ante la perspicacia que ya había aprendido a no cuestionar.
-Es solo que... todo esto va demasiado bien. Y en mi experiencia, cuando las cosas van demasiado bien, generalmente es porque algo está a punto de derrumbarse.
-Eso es una manera bastante pesimista de ver la felicidad.
-Es una manera realista, basada en experiencia previa.
Valeria se incorporó, mirándolo con esa expresión seria que reservaba para las conversaciones que de verdad importaban.
-Alejandro, no todas las historias terminan como la tuya con Camila. Yo no soy Camila.
-Lo sé.
-¿Lo sabes de verdad, o simplemente lo dices porque sabes que es lo que se supone que debes decir?
La pregunta lo tomó desprevenido, precisamente porque tocaba algo que él mismo no había terminado de examinar del todo. Se quedó en silencio, buscando una respuesta honesta en lugar de una tranquilizadora.
-Creo que una parte de mí todavía está esperando el momento en que algo salga mal. No porque piense que tú vayas a hacer lo mismo que hizo ella, sino porque llevo cinco años entrenándome para esperar lo peor. Es un hábito difícil de romper, aunque quiera hacerlo.
-Está bien. Es honesto, al menos. -Valeria le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de él-. Pero necesito que sepas algo, y necesito que me creas quiero decir de verdad. Yo también tengo miedo, Alejandro. No del tipo que tú tienes, pero sí un miedo real.
-¿De qué?
-De ser demasiado. De que en algún momento te canses de mi manera de ser, de mi terquedad, de mi necesidad de tener siempre la razón, de todo lo que hace que la gente antes que tú saliera corriendo. Llevo toda mi vida adulta escuchando, de una forma u otra, que soy demasiado intensa, demasiado directa, demasiado independiente para que un hombre se quede. Y aunque contigo ha sido distinto, aunque pareces genuinamente disfrutar de esas cosas en lugar de sentirte amenazado por ellas, todavía hay una parte de mí esperando el día en que tú también decidas que es demasiado.
Alejandro se quedó mirándola, comprendiendo con una claridad dolorosa que ambos cargaban el mismo tipo de miedo, solo que vestido con ropas distintas. Él temía la traición; ella temía el abandono disfrazado de cansancio. Dos heridas diferentes que, sin embargo, apuntaban exactamente al mismo lugar: el terror compartido de volver a confiar en alguien y que esa confianza resultara, otra vez, en pérdida.
-Valeria, mírame. -Le tomó el rostro entre las manos, con una ternura que contrastaba profundamente con la seriedad de sus palabras-. Nunca vas a ser demasiado para mí. Lo que otros llamaron "intensidad excesiva" o "terquedad insoportable" es exactamente lo que me hizo enamorarme de ti. No quiero una versión suavizada, ni una versión que se calle sus opiniones para hacerme sentir cómodo. Te quiero completa, con toda tu terquedad y todo tu sarcasmo incluidos.
-Eso suena demasiado bonito para ser cierto.
-Es cierto de todas formas. -Sonrió, con esa arruguita que ella había señalado desde el primer día-. Además, ya perdí una apuesta contigo. Firmé, técnicamente, un compromiso de admitir públicamente cuando estoy equivocado. Considera esto una extensión de ese compromiso.
Ella se rió, aunque sus ojos brillaban con algo más profundo que la diversión, algo que se parecía peligrosamente a las lágrimas contenidas.
-Eres insufrible, ¿sabías?
-Me lo dicen con frecuencia. Generalmente tú.
Se besaron con la calma tranquila de dos personas que acababan de compartir algo verdadero, algo mucho más significativo que cualquier declaración romántica improvisada. Pero el momento de paz, como suele suceder en las historias que valen la pena contar, no duró demasiado.
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La llamada llegó un martes por la tarde, mientras Alejandro revisaba los últimos ajustes del cronograma en su oficina.
-Señor Duarte -dijo Marcos, entrando con una expresión que Alejandro ya había aprendido a temer, la misma que precedía siempre a alguna complicación mayor-. Tenemos un problema con el permiso de construcción. La municipalidad está exigiendo una revisión completa del estudio de impacto ambiental antes de aprobar la siguiente fase.
-¿Cuánto tiempo significa eso?
-Podría ser un mes. Podría ser tres, dependiendo de cuántas objeciones presenten.
Alejandro sintió que el estómago se le tensaba con la familiar sensación de una crisis inminente, pero esta vez había algo más, algo que se sumaba a la presión del cronograma: la certeza incómoda de que las siguientes semanas de estrés extremo iban a poner a prueba exactamente el tipo de convivencia bajo presión que él, en el fondo, todavía temía no saber manejar sin repetir viejos patrones destructivos.
Los días siguientes fueron un torbellino de reuniones de emergencia, revisiones legales y ajustes de última hora. Alejandro, bajo la presión acumulada, empezó a recaer gradualmente en los hábitos que había cultivado durante años como director: control excesivo, exigencias desmedidas, una necesidad casi obsesiva de supervisar cada detalle personalmente, incluidos aquellos que pertenecían, estrictamente, al territorio profesional de Valeria.