— Y ese fue el último árbol. ¡al fin terminamos!- Grito Clara exhausta luego de haber recogido hasta el último fruto de los manzanos.
— Sí, ya tenemos manzanas para todo el invierno.- contestó su hermano Francis.- Lastima que sean agrias…
— Bueno pero podemos conseguir algo de miel y hacer dulce,- lo codeó para animarlo.- Todo tiene solución.
— Si tú lo dices…. – se quedaron contemplando los 6 cajones de manzanas que tenían frente a sí.
— No quiero hacer dos viajes.
— Ni yo.
— ¿Yo llevo 4 y tú 2?
— Me parece bien.
Con ayuda de su hermanito Clara cargo 2 cajones en cada hombro, luego él tomo los dos que quedaban y emprendieron camino al granero en el que su padre y su primo estaban faenando a uno de los cerdos.
Era pleno otoño y debían prepararse para el invierno y este año particularmente no habían sido buenas las cosechas: heladas que quemaron plantas, topos que arruinaron verduras, incluso unos hongos habían arruinado un par de bolsas de centeno que estaban almacenadas. Clara tenia esperanza de poder vender algunas de las manzanas que cosecharon para reunir dinero y afrontar mejor el invierno.
Cuando llegaron vieron como los dos hombres ya casi terminaban, estaban colgando los últimos cortes en las barras de madera del techo con la ayuda de unas sogas. Cuando lo hicieron su padre se sentó sobre un fardo de heno para descansar y mientras se acariciaba el muñón de la pierna izquierda gruñía y murmuraba.
— Maldita lagartija…- siempre maldecía al monstruo que lo hirió cuando le dolía el muñón. Su padre era un hombre tosco y mal hablado producto de sus bastos años en el ejército de Athenas, pero poseía también un corazón bueno y generoso.
— Esta noche te daré un té de valeriana.- dijo Clara a lo que el padre asintió y comenzó a dar indicaciones.
— Estos trozos serán para secar, señalo los más grandes.- estos para hacer chorizos y este estos se los llevas a tu madre, Rob.
— Solo somos dos en la casa, no es necesario que me des tanto tío Ernest.
— ¿No quieres volverte soldado, mocoso? Pues empieza a comer carne, los músculos no te crecerán si no comes carne.
— De acuerdo.- Su primo Robert era un buen chico que creció con las historias de las aventuras de su tío y anhelaba seguir sus pasos y volverse un soldado de Athenas para ayudar a los demás.
— A mí también me gustaría unirme al ejercito de Athenas.- comento Francis entusiasta.
— Sí, pero tu aun eres pequeño, solo tienes 10 años.- Dijo mientras le frotaba la cabeza.- cuando crezcas más de seguro serás un gran mago.- El pequeño formo un puchero con la boca y dijo.
— ¡No me trates como un niño!- Y cruzándose de brazos se sentó sobre el heno mientras los demás continuaban trabajando.
— Clara, pásame el tarro de sal.- dijo su padre dispuesto a preparar la carne para conservarla.
— Si.- La joven dejo lo que estaba haciendo para buscar el frasco con sal, pero al abrirlo se encontró con que quedaba muy poco.- Ya casi no nos queda sal.- Avisó. El padre se frotaba la pierna adolorida mientras meditaba, Clara sabía que le dolía y no aguantaría una larga caminata por la ciudad para comprar, pero no decía nada.
— ¡Mierda!- escupió el padre.
— Si quieres,- se arriesgó a decir,- podría ir yo.- Su padre la miró fijo unos segundos que le parecieron eternos, y finalmente decretó.
— Está bien. Mañana en la mañana vas al mercado a comprar sin falta.-La sonrisa de Clara se hizo presente y no pudo evitar festejar dando saltitos.
— Pero vas con Rob.- añadió en seguida, y mirando a su primo añadio.- tienes que cuidarla, muchacho.
— Papá!- Reclamó clara. –Yo soy mayor que él. Yo soy la que lo cuida.
— No importa, - dijo poniéndose en pie.- No dejaré que una hermosa muchacha como tu ande sola por la ciudad.- a su primo se le escapo una risa burlona al oir la palabra hermosa. Clara le dedico una mirada asesina a lo que el muchacho poco le importó y continuo riendo.
— ¿Yo puedo ir también?- preguntó Francis
— No, tú te quedarás a ayudarme.- y añadió.-Usa tu fuego, Francis, para reavivar la fogata, hoy cenaremos chuletas.
Al muchacho se le esfumo el puchero, cualquier oportunidad que tuviera de usar magia le ponía de buen humor, sin perder un segundo corrió al interior de la casa a hacer lo que ordenó su padre.
Mientras terminaban de ordenar todo Rob hablo con su prima.
— Ya que vamos a la ciudad mañana podríamos tomar un desvío ¿no?
— ¿a la carnicería?- el joven asintió. Clara revoleo los ojos y suspiró.- Vivianne no se fijará en ti solo porque lleves un trozo de cerdo a su padre, ya te lo digo.
— Solo busco tener una oportunidad para charlar, ademas no le llevaré esto… cazaré alguna liebre para llevar.
— Es lo mismo, Rob.
— No puedo saberlo si no lo intentó.- Clara suspiró y contesto.
— Está bien, ve tras ella, Baboso.
— Cállate, Fea.
— Tonto.
— Fea.
— ¿Es que no te sabes otro insulto?
— No, fea.
— ¡Ya cállate!
Al día siguiente Clara se trenzo el cabello rebelde como de costumbre, tomo el poco dinero que le dio su padre y caminó por el sendero al este, Rob la encontró por el camino, le presumió como la liebre que había cazado estaba casi intacto solo tenía dañado el ojo donde le había dado el flechazo, era un gran logro, pero la forma en que se vanagloriaba le daba rabia a Clara y comenzó a burlarse de él mientras seguían el camino a Southville. No tardaron muchos en llegar con sus pasos rápidos.
Visitar la ciudad era algo que le gustaba mucho, no solo porque así se libraba de las tareas de la granja, sino porque veía gente, podía visitar al mercado y encontrar novedades de los comerciantes itinerantes que iban y venían constantemente de la ciudad principal de Athenas. Pocas veces tenia oportunidad de salir, su padre casi nunca la dejaba. Clara creía que la cuidaba en exceso.
Luego de pasar el puesto de guardia de la entrada en la que interrogaban a todo mundo pudieron atravesar la muralla de la ciudad de Southville.
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Editado: 02.03.2026