Me enamoré del Capitán gruñón

Capítulo 20: Despertar

Clara despertó y abrió los ojos lentamente, sentía el cuerpo pesado y con poca energía, hacía años que no se sentía así, desde que había pescado esa gripe fuerte en invierno cuando era adolescente. Lo primero que vio fue un techo de madera pulida y brillante, bajo la vista y se encontró a si misma arropada con unas mantas color carmín y a un lado se encontraba Rebecca, tejiendo una nueva muñeca muy concentrada.

— ¿Qué estas cosiendo esta vez?- Le preguntó como si nada y la pobre brincó en su asiento del susto. Agitada se llevó la mano al pecho pero al verla con los ojos abiertos quito la cara de susto y le sonrió.

— ¡Por los dioses, no me des esos sustos!

— Lo siento.- Dijo y mientras Rebecca seguía hablando de lo preocupada que había estado ella miraba más a su alrededor: la habitación era amplia, había mesa, sillas un florero con unas pequeñas flores silvestres, una ventana con cortinas coloridas y hasta una alfombra. Claramente no era la rudimentaria habitación de sirvientas.- ¿Dónde estamos?

— En una habitación para invitados, nuestro cuarto no era adecuado para ti en estas condiciones.

— Ya veo…- Clara recordó todo lo que paso esa noche: la discusión con el Capitán, como se internó en el bosque y la lucha con los huargos… de inmediato llevo su mano al cuello, donde recordaba que la mordió el alfa, pero no encontró cicatriz, ni vendaje ni nada que se le pareciera, se miró y solo pudo hallar dos pequeños puntos en los lugares en los que estuvieron enterrados los colmillos del animal, cerca de su pecho. – ¿Cómo es que…

— La seño…. – se corrigió.- La Abadesa Connors te sanó. Dijo que era un milagro que aun sigas con vida luego de haber perdido tanta sangre.

— Ya veo…- Le llamo la atención que la llamase por su antiguo título pero no dijo nada. De pronto recordó al capitán, en cómo la cargo cuando estaba herida, le dio algo de vergüenza pensar en lo pesada que debía estar y en las tonterías que había dicho estando herida.- ¿Y el Capitán?- Rebeca hizo na mueca y miro hacia otro sitio.

— Actualmente no se encuentra en la Abadía. - Clara alzo las cejas.- La que está a cargo actualmente es la Abadesa Connors.

— Ah ya veo… - Clara pensó que algún asunto urgente de la capital requirió su presencia y que se marchó sin más. En cierto modo la entristeció la idea de que no se preocupara por su bienestar luego de haber luchado codo a codo contra aquellas bestias, pero tenía sentido que no se preocupara por una mera sirvienta, él mismo le había dicho que solo la seguía porque su mero sentido de la responsabilidad.

Ella trató de incorporarse y para su sorpresa le costó muchísimo, era como si la manta estuviera hecha de piedras.

— Espera, deja y te ayudo.- Su amiga la ayudo a sentarse y puso unas almohadas en su espalda. Solo ahí noto que no llevaba su ropa sino un delicado camisón blanco y su cabello estaba suelto sin su clásica trenza.- La jovencita Petrov vino verte, ella también estaba preocupada y un tal Martins también pregunto por ti pero no quiso entrar.

— Ya veo… ¿parece que dormí mucho, no?- dijo mientras se desperezaba estirando los brazos por sobre su cabeza. Tras no recibir respuesta inmediata dirigió la vista a su amiga, esta parecía dubitativa pero finalmente hablo.

— Clara…- dijo en tono serio sus ojos negros estaban fijos en los suyos,- Has estado inconsciente cuatro días.

— ¡¿Qu… qué dijiste?!- dijo casi gritando.

— Que lo de los huargos fue hace 4 días, perdiste tanta sangre que quedaste inconsciente hasta ahora, de hecho no sabíamos si despertarías.

Ahí fue cuando cayó en cuenta de todo. Había estado al borde de la muerte de verdad. De pronto como un vendaval sorpresivo las palabras de su padre revolotearon en su mente. “una sola vez que tu vida esté en peligro y volverás a casa”. Clara comenzó a negar con la cabeza.

— No, no puede ser. Yo soy fuerte, - de un movimiento aparto esa manta tan pesada y trato de ponerse de pie.- yo no pude haber caído incons… - en cuanto apoyo un pie fuera de la cama y trato de pararse el peso del cuerpo se fue de costado y casi se cae, si no fuera porque Rebeca la sostuvo ya estaría en el suelo.

— Amiga, cálmate, no pasa nada, nadie está molesto contigo…

— No lo entiendes, si mi padre se entera me hará volver a casa.- dijo aferrándose al vestido de su amiga.- No quiero volver a casa, no ahora que por fin estoy tan a gusto…

— ¿Y porque se enteraría tu padre?- pregunto Rebecca.- ¿Él vive cerca de la Abadía?

— Por mi primo… miro por la ventana, las cortinas estaban levemente corridas y entraba un fino hilo de luz por ella.- ¿Sabes si el grupo de los cazadores ya volvió?

— Sí, ellos volvieron hace 3 días. Justamente uno de los cazadores preguntó por ti nada más llegar. – El rostro de Clara se volvió pálido como un papel.

— Mi primo Robert. Demonios…

— Descuida, todos en la Abadía creen que contrajiste un resfriado por salir en la noche sin abrigo. Eso nos ordenó decir Arthur a Dorothy y a mí que te vimos y cuidamos.- Clara libero un suspiro.

— Gracias a los dioses que se le ocurrió esa mentira.- Dijo aliviada.- solo me queda hacer como si no hubiese pasado nada y listo.- Trato de ponerse de pie nuevamente y su amiga volvió a detenerla.

— Espera. No puedes hacer nada aun.- Clara alzo una ceja.- Tienes que hablar con la abadesa… ¿podrías esperar un momento a que la traiga?

— ¿De acuerdo?- No parecía tener muchas opciones.

— Perfecto.- Rebeca se puso de pie, le acomodo la almohada, le dio un vaso de agua con la orden de que se hidrate bien y se marchó cerrando la puerta con llave tras de sí.

Al quedarse sola Clara se dio cuenta que nunca había estado tanto tiempo acostada en una cama, se sentía cómoda pero en su pecho tenia culpa. Siempre estaba de aquí para allá ayudando en la granja y ahora en la Abadía, nunca paraba desde el amanecer hasta el anochecer cuando caía exhausta y se dormía. Tener que guardar reposo sin hacer nada la hacía sentirse inútil.




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