Clara se despertó cuando el gallo cantó y los primeros rayos de sol comenzaron a bañar la granja con su luz. De cierta manera ver aquel paisaje de su hogar la hacía feliz, aunque era un sitio humilde la llenaba de nostalgia de su niñez y le daba paz.
Suspiró con una sonrisa en el rostro.
Luego noto que en sus hombros llevaba una manta abrigada, de seguro su padre se la puso mientras dormía. Un pensamiento cariñoso sobre su padre afloró en su pecho. Se arropó más con ella y al hacerlo la cadena tintineó, automáticamente la sonrisa se le borro del rostro y el cariño a su padre también.
El día anterior se la pasaron discutiendo desde la Abadía hasta la casa, aunque discutir es una forma de decir, en realidad fue sermoneada por su padre todo el rato. Cada vez que Clara quería defenderse la regañaba diciendo que él es su padre y sabía lo que es mejor para ella. Al parecer su estúpido primo redactó una carta para su tío diciendo que unos huargos la atacaron dejándola al borde de la muerte, eso bastó para que Ernest Harding desempolvara sus viejos y oxidados guanteletes, se subiera a la carreta y azotara los caballos hasta llegar a la Abadía. Tumbara la puerta y la trajese a la fuerza de nuevo a la granja sin mediar explicaciones.
Como estuvieron forcejeando todo el rato, en un intento para evitar que se escape, su padre le ató una cadena al tobillo derecho y el otro extremo lo ató a una de las columnas de la casa. Esto la puso en un aprieto porque si bien quería marcharse no quería tumbar la casa entera en el proceso.
Al ver que no sería escuchada optó por sentarse afuera, hasta el límite de cuanto la cadena podía alejarse, apenas unos metros de la galería, y se hizo un bollo metiendo la cabeza entre los brazos. Su padre uso a su hermano como intermediario: le llevó comida y le pidió que entrase numerosas veces, pero se negó rotundamente. Lo lamentaba por el pequeño Francis, pero si su padre era testarudo y no quería escucharla, ella lo sería aún más. Para colmo se había traído la chaqueta del Capitán y la dejó en la carreta ¿qué pensara él cuando se entere que se marchó con ella? No quería que pensara que era una ladrona, debía coserla y devolvérsela cuanto antes… pero en esta situación no podría ser pronto.
Mientras pensaba en ello la puerta de la casa se abrió y escuchó la clásica pisada de la pata de madera de su padre. Al parecer el gallo también lo despertó.
— Buenos días.- Dijo con voz de recién levantado. Ella le giro la cara y no respondió.- Con que sigues en esa postura…- Murmuró.- Pues bien, entonces hazte amiga de esa cadena porque no te la quitaré en un buen tiempo.
— Pues al menos la cadena puede oír lo que tengo para decir.- Ernest torció la boca.
— ¿Qué vas a decirme? ¿Qué nunca estuviste en riesgo? ¡Pues claro! Si lo que tú quieres es seguir trabajando y no te preocupas de tu bienestar. Pero yo soy tu padre y me aseguraré de que nunca más te hagas daño, aunque me odies…
— ¡Pues eso lo estas lográndolo de maravilla, padre!
— ¡Ya paren los dos de una vez!- quien intervino fue Francis.- Apenas amaneció y ya están peleando de nuevo.
— Díselo a la cabeza dura de tu hermana.
— ¡Mira quién habla de cabeza dura! ¡Las murallas de Athenas son un chiste junto a tu cabeza!
Mientras seguían intercambiando insultos dos caballos comenzaron a acercarse en la lejanía. Francis identifico de inmediato a su primo, al otro no lo conocía. Intentó advertírselos a su padre y hermana tironeando de sus ropas pero lo ignoraron. No fue hasta que estuvieron frente a ellos y bajaron del caballo que detuvieron su discusión.
— Buenos días, señor Harding.- Quien habló fue el Capitán O´Conell, su voz tenía una mezcla de entusiasmo con formalidad.
— ¿Quién demonios es usted?- dijo enfadado de tener a un desconocido en sus tierras.
— ¿Capitán?- preguntó Clara totalmente extrañada, de todas las personas era la que menos esperaba.- ¿qué está haciendo aquí?- Miro a su primo Rob y este solo se encogió de hombros, tomo las riendas de los caballos y los llevó hasta el establo para amarrarlos allí.
— He venido a hablar con tu padre.- Respondió y volvió la vista al hombre mayor.- Señor, es un gusto al fin conocerlo…- Hizo una leve reverencia.- Mi nombre es Ethan O´Conell, soldado de Elite que sirvió junto a usted en el Infra durante un breve tiempo y actualmente soy el Capitán del Centro de entrenamiento de reclutas en la Abadía y he venido a presentarle mis respetos…
— Ohhh…- dijo el hombre caminando hasta la puerta de la casa nuevamente,- temía que este día llegaría...
— Lo mismo digo señor Harding,- dijo O´Conell con ímpetu.- He oído tantas hazañas de usted, debo decirle que lo admiro profundamente.- el pecho se inflaba de orgullo y su voz parecía reprimir la euforia creciente.
Mientras aun hablaba Ernest entro a la casa y salió en seguida con una escopeta en mano. Clara abrió enorme los ojos.
— ¡Capitán, Cúbrase!- llego a gritarle.
El veterano soldado apunto y realizo un disparo. Afortunadamente Ethan logro esquivarlo a tiempo.
— Y pensar que vendría tan descaradamente este mocoso,- realizo otro tiro,- a mi casa,- con tal confianza!- otro tiro más.
— ¡Papá! ¡Detente!- grito Clara y comenzó a forcejear con él por la escopeta.
— ¡Maravilloso!- Dijo Ethan incorporándose del suelo luego de haber esquivado todos.- Asumí que era un guerrero cuerpo a cuerpo, señor, no sabía que también era diestro con las armas de fuego. Déjeme decirle que lo admiro aún más.- Tanto Clara como Ernest se lo quedaron mirando.
— ¿Qué demonios dice?
— No sé, pero al menos sabe reconocer lo bueno cuando lo ve.- Dijo orgulloso su padre. Luego giro la vista al interior de la casa.- ¡Francis, tráeme “eso”!- El niño asintió y se metió a la casa rápido.
— ¿Qué cosa le pediste?
— Ahora veras.- dijo con una sonrisa.
Francis apareció con los pesados guanteletes entre los brazos. Solo así soltó la escopeta, tomo uno de ellos y se lo puso, movió los dedos para calzarlo bien y cerro el puño.
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Editado: 17.08.2026