Despierto otra vez en la misma cama. La misma ropa me sigue esperando en la silla de al frente, como regañándome por mi insuficiente tiempo para poder doblarla y guardarla.
Es lo que pasa cuando eres un adulto responsable, imagino: aplazar todo y creer que de un día a otro el problema desaparecerá, aunque siempre sigue ahí. Ya no es como cuando estaba con mamá, que al día siguiente podía contar con tener un problema menos.
Tal vez deba visitarla. Ha estado sola desde que papá decidió abandonarla por andar con una chica de mi edad. Solo tomó el dinero que habían reunido juntos y, hasta el día de hoy, nadie sabe dónde puede estar. La última vez que lo vieron fue con aquella chica, saliendo del motel en el que me concibieron con mamá. Lo sé porque esa noche ella lloraba mientras recordaba eso y lo gritaba, obviamente indignada.
La vida se ha vuelto más dura desde aquel día. Mis hermanos se fueron y comenzaron familias, todos. Ya nadie escribe, ni en Navidad. Y bueno, ¿quién quisiera escribirle a un niño de veinte que apenas comienza en la rutina de la vida? ¿Quién escribiría sabiendo que, a partir de ese mensaje, tendrán que comenzar a enviar dinero para que mamá pueda continuar su tratamiento contra el cáncer de páncreas?
Tal vez la vida no es dura ni rutinaria, sino que apago el cerebro para olvidar estas cosas...
—Marco, otra vez te vieron viéndole a Mónica. Deberías dejar de hacerlo o...
—Marco, a la oficina de recursos humanos —sonó una voz cruzando el pasillo.
La oficina de cristal permitía observar a todos, y en la puerta se encontraba la vieja obesa con cara de no haber cogido en más de cuarenta años. Tras ella estaba Mónica, sollozando y tapándose los ojos con las manos, los codos apoyados en las rodillas y el cabello cubriéndole el rostro. Mónica, cuyo único pecado fue que la ubicaran donde tengo mi punto fijo para perderme del mundo.
—Oye, en serio deberías dejar de ver a la gente así. Es muy raro y dudo que tu excusa de siempre funcione —añadió Ronald, mi "amigo" del costado, el mismo que me impidió ascender porque él se sintió con más derecho. Así que al final no nos consideraron a ninguno de los dos, pero esa es otra historia.
—¿Es ese loquito?
—Sí, dicen que siempre la mira fijamente. Así son los hombres ahora, todos son enfermos. Por eso estamos como estamos.
—¿Pero no tenía pareja?
—También Carlo tiene esposa, y míralo ahí, junto a Julia, que su esposo le trae la comida todos los días.
Comentarios de las pinky amigas.
—¡Marco! —volvió a gritar la cisterna rosada con cubierta de lana.
No tuve más opción, así que me levanté y caminé por el pasillo en medio de los comentarios mediocres de oficinistas sin vida...
Como yo.
—Sabes que en esta empresa no está tolerado el acoso. El año pasado fuimos los que motivaron la marcha en contra del acoso laboral, lo cual, orgullosamente, nos ha concedido el enorme placer de financiar a un sector de mujeres que luchan para que esto no siga sucediendo en todo el país. Así que ya no vamos a permitir más esto. Es la cuarta vez que tienes este problema con Mónica y no creo que se pueda resolver. Así que hemos decidido despedirte.
La música alrededor comenzó a sonar como si fuese el final de temporada de Friends.